Un mes lloviendo te va desgastando, robándote la energía gota a gota. El invierno parece perpetuo. La meteorosensibilidad no es ningún invento... Pero como he comentado alguna vez, los días lluviosos favorecen mi actividad intelectual. No hay mal que por bien no venga, el que no se consuela es porque no quiere. Con las neuronas activadas por la cafeína y la inspiración lluviosa, andaba yo preparando una conferencia cuando me topé con un personaje que me pareció fascinante: fray Andrés de San Miguel.
Descubrí su figura allá por el año 2009 escribiendo un artículo de temática similar a la que ahora me ocupa. Me llamó la atención, pero no profundicé demasiado. Sin embargo el destino tenía prevista la jugada de reencontrarnos.
Andrés de Segura de la Alcuña nació en Medina Sidonia (Cádiz) a finales del siglo XVI en el seno de una familia de escasos recursos. Los que me conocen saben de buena tinta los lazos afectivos y genealógicos que me unen a ese pueblo. Si además se trata de un personaje histórico atractivo e íntimamente vinculado con México, mi intriga se dispara. El universo me gritaba que tal conjunción de factores no podía ser ignorada.
Pues el joven Andrés poseía una especial capacidad para las matemáticas. Guiado por su inquietud, en 1592 se trasladó a Sevilla en busca de fortuna. Un año después embarcó en Cádiz rumbo al Virreinato de Nueva España (actual México).
Esas travesías marítimas eran largas, inciertas y expuestas a peligros varios. Al salir de La Habana lo sorprendió una virulenta tempestad. “Treinta tripulantes, entre ellos Andrés de Segura, se echaran a la mar en una frágil chalupa que construyeron, en la que apenas cabían. En ella, sin ver más que cielo y agua, padeciendo un hambre terrible y una sed rabiosa y rodeados de tiburones ansiosos de hacer presa en sus cuerpos, pasaron doce días hasta que llegaron a la costa de La Florida, tan flacos y consumidos que apenas llevaban la piel sobre los huesos”. Durante ese duro trance, el joven Andrés hizo la promesa de ingresar en la orden carmelita si se salvaba.
Dios así lo quiso y tomó los votos en el Convento de Nuestra Señora del Carmen de Puebla de los Ángeles. Una de las ciudades mexicanas más bellas, famosa por su “Talavera” (cerámica vidriada según la técnica de Talavera de la Reina, Toledo) y por el delicioso mole poblano, salsa elaborada con chile y chocolate entre otros ingredientes.
En esa época los conventos eran centros de cultura que ofrecían acceso al conocimiento, lo que probablemente influyó en su decisión. De ser así me parecería lícito y hasta encomiable. Hace poco escribí un texto para un podcast en el que reivindicaba el papel de ciertas mujeres cultas a lo largo de la Historia, muchas de las cuales habían elegido la vida religiosa en parte motivadas por sus inquietudes culturales. Buscando un espacio en el que gozar de libertad y el derecho de pensar, leer, escribir... que la sociedad les negaba, “condenándolas” al papel de esposas y madres. Entre ellas, personalidades destacadas como la reina del misticismo Santa Teresa de Jesús y Sor Juana Inés de la Cruz, la poetisa criolla más importante de América. En su caso parece que las razones intelectuales pesaron más que las devocionales. Su objetivo era poder dedicarse al estudio y la escritura, una independencia de la que no habría gozado de otro modo.
Desde que la Biblioteca de Alejandría ardió como un ninot, pocos lugares (la mayoría del mundo islámico) reunían tal cantidad de obras. Hasta que en la Edad Media los monasterios se convirtieron en focos de difusión del saber. Con inmensas bibliotecas y scriptoriums al más puro estilo de “El nombre de la rosa” (pero sin asesinatos) en los que se copiaban manuscritos y códices decorados con preciosistas miniaturas. En el Renacimiento los studiolos fueron la versión laica, estancias de residencias nobles utilizadas como gabinetes de estudio.
Las órdenes religiosas desempeñaron un papel esencial en la culturización (además de en la evangelización) de los virreinatos americanos. Pero es que fray Andrés era un auténtico diletante renacentista, humanista y polifacético erudito: arquitecto (construyó varios conventos carmelitas), astrónomo, matemático e ingeniero hidráulico. Escribió tratados sobre construcción, carpintería, geometría y música. Además de sermones, poemas... También se movió en círculos políticos, pues fue confesor del virrey Duque de Linares.
Me admira que alguien de procedencia humilde se convirtiera en una eminencia. Y me recuerda que independientemente del origen o las trabas, cuando confluyen la inteligencia, las inquietudes y la voluntad, el cielo es el límite. Y no puedo evitar sentir cierto orgullo como el que siento de que Lorca sea granadino, pues Medina es mi segundo hogar y fray Andrés de San Miguel un incuestionable genio.






