Siempre me ha encantado la Semana Santa. No sólo por la razón obvia de tener vacaciones (aunque ya no son lo que eran), sino porque soy creyente y tengo muy claro lo que conmemora. Me han educado así, pero ahora que soy dueña de mis creencias entiendo con más profundidad su significado.
Partiendo de esa base que constituye su esencia, la he vivido de diferentes formas a lo largo de mi vida. A nivel “festivo” representa ese balón de oxígeno entre la Navidad y el verano. Con pocos días libres, pero que sirven para desconectar. Además, el inicio de la primavera es una época excelente aunque esté sujeta a la inestabilidad meteorológica.
Desde niña he sentido afición por las procesiones de mi tierra. Sin desmerecer otros lugares, en Andalucía se viven con una emoción especial. He visto encerrarse el Cristo de los Gitanos en la Abadía del Sacromonte de madrugada, salir “El Silencio” a las doce de la noche con penitentes descalzos o arrastrando cadenas por la Carrera del Darro. “La Borriquilla” el Domingo de Ramos, “El huerto de los Olivos” de las Comendadoras de Santiago. “La Concha”, “La Estrella” y “La Aurora” por las callejuelas del Albaicín, con la Alhambra enfrente iluminada por la luna llena. Los Cristos triunfantes del Domingo de Resurrección... El público emocionado a su paso, aplaudiendo cada “levantá”, sintiendo (cada cual a su manera, como el Camino de Santiago) lo que esas imágenes milenarias representan. Las saetas, los “¡Todos por igual, valientes!” y “¡Al cielo con ella!” que forman parte de la tradición cofrade andaluza.
Ya no tengo paciencia para estar dos horas de pie, pero me gusta verlas en algún punto de su itinerario. Me conmueve la liturgia de ese cortejo, los tronos engalanados con flores frescas, los penitentes portando velas (y los niños recogiendo la cera para hacer bolas), las mantillas de luto y la banda de música que los acompaña. Además, tengo un sobrino que me ha salido muy “capillita” y últimamente lo acompaño a ver algunas. Siendo pequeñito lo llevé a verlas al Albaicín un Jueves Santo y supongo que le marcó.
Durante esa Semana de Pasión suelo ver películas bíblicas acordes con el momento (mi favorita es Ben-Hur, aunque tenga menos contenido religioso que otras), al igual que en Navidad me apetece ver las de temática navideña. Pero cuando ha hecho buen tiempo, he aprovechado esos cuatro días para salir de la ciudad. Porque a menudo es sacar los Cristos a la calle e invocar la lluvia... Como digo en broma, la Semana Santa está mal puesta en el calendario (ya se sabe: Abril, aguas mil).
Mis recuerdos más remotos se remontan al Camping “Don Cactus”, junto a la playa de Carchuna, pues de niña era una escapada familiar recurrente. Siempre llevábamos las bicicletas, y nos volvíamos locos por dormir en tiendas de campaña. Paradójicamente décadas después volví en varias ocasiones muy cerca de esa zona durante esas fechas.
Recuerdo con mucho cariño Semanas Santas pasadas en el pueblecito blanco, desde el que los días claros se avista la bahía de Cádiz. La última, hace pocos años, la disfruté intensamente. Me entusiasmó ver las procesiones locales. Con una imaginería más modesta, compensada con una gran devoción popular y un tremendo encanto por su recorrido entre callejuelas encaladas.
En otros tiempos (más felices) mi abuela preparaba tortilla de patatas, bacalao y su delicioso arroz con leche cada Viernes Santo, respetando la vigilia que prohibía comer carne. Mi tía hacía unas deliciosas torrijas, y veíamos pasar la procesión del "Cristo de los Favores" desde el balcón de su casa. Desgraciadamente esas tradiciones van desapareciendo por ley de vida. Ya no suelo comer los roscos, torrijas, pestiños ni leche frita como los que mi abuela elaboraba cada Semana Santa. Recuerdo esos penitentes de caramelo que vendían cuando era pequeña, tentando a los niños desde los escaparates.
Recién llegada a México, mi querida amiga Alma me invitó esos días a “la Ciudad de las Rosas”. Tanto ella como su familia me acogieron con infinita generosidad y cariño durante mi primera Semana Santa lejos de casa. Con la perspectiva del tiempo revalorizas esos gestos y a las personas que han hecho o hacen tu vida más bonita. Cada vez creo más en la elocuencia de las actitudes, en cómo nos retratan. Leyendo “Mamá está dormida” de Máximo Huerta constato la entrega desinteresada de la que no todo el mundo es capaz.
En los últimos años, frecuentemente, he pasado esos días libres en la playa con mi novio. Este año los aprovecharé para descansar todo lo que pueda y ver algunas procesiones con “mi sobrino bonito” (así se autodenominó en su contacto de mi móvil muy acertadamente). Quiere que esté con él el Domingo de Ramos a las tres y media de la tarde para ver salir “La Santa Cena”. Qué horas son esas, chiquillo...
El otro día escuché “Los tiempos de Dios son perfectos”, y me hizo reflexionar. Sus designios son inescrutables, pero confío en que no arbitrarios. En algún momento todos diríamos “aparta de mí este cáliz”. Y en modo más sumiso, “pero hágase tu voluntad y no la mía”. Espero que las nubes permitan disfrutar esta semana cristiana en su esplendor, sobretodo a aquellos que se lo han ganado y llevan todo el año esperando para ver salir sus procesiones más queridas.






