viernes, 22 de mayo de 2026

Disciplina

 

Siempre ha sido para mí una palabra asociada a las obligaciones. Algo que tus mayores tratan de inculcarte, predicando sus virtudes. Yo era una niña, como decía mi abuelo, un poco rebelde a la educación. Hacía las cosas porque me apetecía o porque no tenía más remedio.

Sin embargo con el paso del tiempo he ido domando mi carácter y aprendido la importancia de crear hábitos, de autoimponerte algo que sabes que te compensará. He constatado sus beneficios, por lo que he ido incorporando la disciplina a mi vida de motu propio. No pretendo ser ejemplo de nada ni mucho menos aconsejarle a nadie cómo tiene que vivir. Me limito a compartir lo que a mí me funciona.

Creo que hay que tener un propósito. Metas, ilusiones. Son el combustible que nos impulsa a lograr objetivos, a convertirnos en las personas que deseamos ser. Un compromiso con lo que consideras que vale la pena. Pequeñas conquistas que suman y contribuyen a la realización personal. La fuerza que suplanta a la motivación cuando falta. El tan necesario autocontrol. A menudo pesa más que el talento o la inteligencia. Implica enfrentarte a lo que te cuesta, superarte. Invertir en ti, en tu calidad de vida.

En los últimos años me he vuelto bastante disciplinada. Supongo que tiene que ver con el hecho de vivir sola. Cuando tu hogar depende de ti al cien por cien sabes que si no pones una lavadora no tendrás ropa limpia, si no ordenas vivirás en una leonera, si no compras y cocinas no tendrás qué comer. Esas certezas requieren una inevitable dedicación. No soy ninguna obsesa de la limpieza, pero el orden me genera paz. El caos me incomoda bastante, necesito vivir en un espacio en el que me sienta a gusto.

La gestión del tiempo cuando no estás acompañada también recae sobre ti. Me gusta aprovechar mi ocio para leer, escribir... Y por supuesto ver cine o series, pero solo a determinadas horas. Me obligo a salir porque me rentan sus efectos. Así valoro más la sensación de llegar a casa y el descanso posterior. Ese modus operandi demanda una cuota de disciplina, pues lo fácil es caer en las garras de la pereza.

Cuando trabajo en un libro, un artículo o una ponencia, también implica disciplina. En ocasiones hay fechas de entrega o actos a los que debo adaptarme, pero en otras el ritmo lo marco yo. Y ahí es cuando más disfruto. Es maravilloso hacer las cosas por placer, pero no deja de ser un ejercicio de voluntad. Cuando vas creando costumbres llega un momento en el que las automatizas, como lavarte los dientes después de comer. No te lo cuestionas, simplemente lo haces.

El aspecto al que más aplico la disciplina es mi cuidado personal. Aunque suene inmodesto, en ese sentido tengo una voluntad de hierro. Lo que busco es la salud física y mental. Todos deseamos vivir más y mejor. Me niego a llegar a los 70 años ahogándome al subir una cuesta o dependiendo de un andador. Quiero sentirme ágil, sin dolores de espalda. Pero también estar conforme cuando me miro al espejo. No se trata de vanidad, sino de que te guste tu aspecto. Discrepo de los cánones de belleza que impone la sociedad, y soy consciente de que esa dictadura de la imagen es mucho más feroz con las mujeres. No me preocupa la opinión ajena (aunque a todos nos gusta gustar), sino verme bien yo. Estar a gusto en mi propia piel.

Ese mens sana in corpore sano que preconizaba el poeta romano Juvenal es una cuestión de sinergia. Cuando estás a gusto con tu físico, te sientes mejor, con más energía.

Admiro a los que luchan por un objetivo. Al que saca tiempo entre sus obligaciones para ir al gimnasio o salir a correr, al que huye de la comodidad y el sedentarismo en pos de una vida más saludable, al que decide comer de forma equilibrada. A quien no sucumbe a la vagancia, se preocupa por su bienestar, por su aspecto.

Siempre he sido muy selectiva para comer. Las verduras y yo no nos llevamos bien. Ya se sabe que todo lo rico es ilegal, inmoral o engorda. Como casi todas las mujeres (pues solemos ser más juzgadas y autoexigentes) he ido oscilando de peso según las circunstancias. Somatizamos las emociones. Adelgazas cuando lo pasas mal: una ruptura, la pérdida de un ser querido, una situación estresante prolongada... Engordas en cuanto te descuidas y cometes excesos. No soy de atracones, pero sí de darme vía libre en festivos y vacaciones. Además, las hormonas juegan malas pasadas y el cuerpo va cambiando con la edad.

Nunca he sido deportista (en el colegio suspendía gimnasia, con eso lo digo todo), pero hace un par de décadas me di cuenta de que debía incorporar algún deporte a mi vida. Muchas mañanas he salido a correr físicamente agotada, resfriada, lloviendo o con un frío siberiano, pero la recompensa es directamente proporcional al esfuerzo. Y mentalmente es una terapia insuperable. A solas con mis pensamientos, ordeno ideas y tomo decisiones con más fluidez.


Siempre me había resistido a hacer dieta, pero pasados los cuarenta decidí probar. Es una decisión cargada de renuncias que requiere constancia y tenacidad. Comer lo que toca y no lo que te pide el cuerpo. También cierta flexibilidad, porque si es demasiado restrictiva no es sostenible. Tampoco tengo espíritu de mártir.

Ahora dispongo de más información que utilizo a mi favor. Sé que el estado anímico, el cortisol o las horas de sueño influyen. Que las proteínas son esenciales. Que no hay que demonizar comidas, porque el secreto está en la dosis. Lo que importa es el estilo de vida.

Además, es necesario moverse. Hace un año y pico sentí que necesitaba incorporar cambios. Opté por no utilizar el ascensor, hacer una pequeña rutina de ejercicios y 12.000 pasos diarios. Respeto a los que optan por los “atajos” y se pinchan el elixir mágico, pero yo prefiero hábitos saludables. Lo que rápido viene, rápido se va. Para mí la clave está en el equilibrio y la perseverancia.

No hay rosas sin espinas. Estar en forma entraña el riesgo de hacerte su rehén. Te acostumbras tanto a esas rutinas, que cuesta romperlas. Es necesario disfrutar de una salida, una celebración, un capricho... para que no se te quiten las ganas de vivir.

Además, suele haber víctimas colaterales. Los que te proponen tomar una cerveza entre semana y les dices que mejor otro día, la reunión familiar a la que no asistes para no saltarte la dieta... O tu pareja cuando te empeñas en caminar. A veces tus intereses y prioridades chocan con los de tu entorno. Y no debes permitir que arruine tu vida social ni perderte momentos bonitos.

Los que te rodean, en ocasiones, además de “víctimas” son obstáculos. Te tientan, ofreciéndote lo que saben que no quieres comer, se lo zampan despiadadamente en tu cara, te proponen planes que van en contra de tu determinación o se quejan porque no entienden lo importante que es para ti. Y en eso consiste la disciplina. En hacer lo que crees que debes hacer, pagando el peaje necesario. La zanahoria que mueve al burro es la recompensa al final del camino. Vas constatándola y te proporciona una satisfacción personal que justifica todo esfuerzo. Sin bajar la guardia más que cuando te propones bajarla, porque la carne es débil y a veces el diablo anda suelto...

lunes, 11 de mayo de 2026

Lo que la pandemia me enseñó

 

 

Será que el maldito hantavirus me ha removido los recuerdos. Ya han pasado seis años, pero como canta Carlos Cano en sus “Habaneras de Cádiz”, “no se me puede olvidar”. Ni a mí ni a nadie. Juraría que hay sentimientos universales que experimentamos todos, porque los seres humanos nos parecemos bastante en los aspectos básicos (“si nos pinchan, ¿acaso no sangramos?”): miedo, incertidumbre, angustia... lo que derivó en ansiedad e insomnio. Y una espada de Damocles que vino para quedarse: la constatación de nuestra propia vulnerabilidad. Dejamos de sentirnos a salvo, nuestro mundo se tambaleó como nunca antes.

Mi mayor temor era mi madre. Aunque está más sana que una manzana, al ser mayor de 70 se encontraba en un grupo de riesgo. Afortunadamente pasó el confinamiento junto con uno de mis hermanos, lo que me tranquilizó mucho. Decidí no verla para no exponerla, porque yo formaba parte de esa minoría de personas que no dejó de trabajar por pertenecer al ámbito sanitario. Cara al público, reutilizando la misma mascarilla durante dos meses (porque no había) y desinfectándola diariamente con alcohol. Una ruleta rusa, porque según dijeron después era precisamente lo que no se debía hacer.

Nos dimos cuenta de que la vida puede cambiar radicalmente de la noche a la mañana. Supimos lo que es estar bajo un “estado de alarma”, lo que significa “toque de queda”. Nadie imaginaba ese escenario postapocalíptico que parecía de ciencia ficción y se cobró millones de víctimas. Yo asociaba el término “cuarentena” con la peste negra que asoló Europa en la Edad Media. Con “El amor en los tiempos del cólera”, el confinamiento en los barcos por tifus, fiebre amarilla o malaria. Y “pandemia” con la injustamente llamada “gripe española” de 1918.

Cada cual la vivió según sus circunstancias. Los confinados, agobiados y anhelando salir. Los que teníamos que ir a trabajar todos los días, envidiando a los que se quedaban en casa. Así es el ser humano, siempre anhelando lo que no tiene.

Aprendimos lo que es el desabastecimiento, el acopio, el desasosiego a una escala inédita. Eso de “racionalicemos el miedo” sonaba muy sensato pero la realidad era un infierno en la tierra.

Puedo considerarme afortunada, pues no sufrí pérdidas personales. Experimenté la lejanía física de mis seres queridos como casi todos, pero agradecí profundamente las facilidades de comunicación de las que disponemos hoy día.

Entendí lo importante que es tu espacio, tu casa. Un refugio que en ocasiones se convierte en búnker. Quien tenía una terraza, como yo, tenía un tesoro. Con cantidad de libros, películas, series, Internet y provisiones, solo echaba de menos el calor humano. Mi ático es pequeñito, pero luminoso y confortable. Entiendo que a quien tuvo que convivir con varias personas en un espacio reducido 24/7 le resultara incómodo.

Mi confinamiento total se limitaba a los fines de semana, y tengo que admitir que disfruté de ese tiempo a solas. Era regenerador, pues el desgaste psicológico fue brutal. Atrincherada en mi lugar seguro, con dos días a mi entera disposición. Retomé la escritura. Necesitaba plasmar lo que sentía para exorcizar demonios, así que escribí un ensayo titulado “Catálogo de pequeños (y grandes) placeres” para recordarme lo bonito de la vida, como en la canción “My favourite things” de Julie Andrews. Mi particular válvula de escape que me ayudó a no colapsar.

Reafirmé lo a gusto que estoy sola. Que tengo un amplio mundo interior y recursos de sobra para no aburrirme. Me llevo de maravilla conmigo misma, lo que me facilita la vida porque me convierte en autónoma e independiente. De hecho requiero la soledad para encontrar la calma y recargar baterías. Pero no soy anacoreta, me hace falta el contacto con mi gente. Tuve que conformarme con saber que estaban bien, sin verlos durante tres meses.

Evidentemente, lo que ocurría de puertas para fuera era lo peor. Como daño colateral sufrí una pesadilla en mi pequeño mundo que multiplicó mi ansiedad, robándome la escasa paz que me quedaba. Mi infierno particular lo personificaron tres chicas que vivían de alquiler en el piso situado bajo el mío. No podían salir como la mayor parte de la gente y cada noche montaban follón durante horas: risas, gritos, palmas... lo que me impedía pegar ojo hasta las cuatro de la mañana, vulnerando el derecho elemental de cualquier persona al descanso. Y más en circunstancias tan excepcionales. Yo sí tenía que madrugar, yo sí tenía que trabajar. De nada les valieron mis peticiones (siempre amables) ni mis ruegos desesperados a la dueña del piso (amiga mía), que antepuso su interés a mi sueño. Esa impotencia, sumada a mi cansancio y al estrés al que estábamos sometidos, me produjo un desgaste emocional devastador.

Me daba pavor que llegara la noche. Cuando conseguía dormir soñaba que entraban en mi casa, pues me sentía absolutamente invadida. La privación de sueño te va desmoronando piedra a piedra. Lo tengo ligero, y los tapones no conseguían aislarme del ruido. Años después adquirí un bendito artefacto que reproduce sonidos naturales y me habría salvado la vida en esos momentos. Cuando en el mes de Julio se largaron para no volver, me retornó el alma al cuerpo. Pero tardé mucho más en recuperarme de ese trauma y dormir bien.

Éramos felices y no lo sabíamos. Todo se revalorizó. Hasta ir a la vuelta de la esquina o salir a boca descubierta. Actividades como tomarte un café con alguien cobraron una nueva dimensión. 

Me di cuenta de que lo de la salud es lo primero es una realidad como la catedral de Burgos. Y de que el bienestar de mis seres queridos es lo que más me importa. Reordenamos nuestra lista de prioridades, aunque yo tenía clarísimo que la familia ocupaba la primera posición a mucha distancia de todo lo demás.

Somos “la generación de cristal”, que no hemos vivido guerras como nuestros abuelos, pero comprobamos que el tsunami puede llegar cuando menos lo esperas. Y que somos capaces de aguantar más de lo que creemos. Que en los peores momentos la solidaridad aflora, atenuando el horror y devolviéndote la fe en el ser humano. Las desgracias enseñan, y esta nos hizo más empáticos, más humanos. Dios aprieta pero no ahoga. No hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista. Lo que no te mata te hace más fuerte. Tópicos con más razón que un santo.

Constaté el auténtico valor de un beso, de un abrazo. Que soy una mimada del destino, como dice mi madre. Confirmé lo a gusto que estoy sola, lo feliz que me siento en mi casa. Que no hay que dar nada por sentado. Lo importante que es saber estar sola, no depender de la validación ajena. Gestionar tus emociones, ser fuerte cuando llegan las nubes negras. Que infinidad de acontecimientos no están en tu mano, sólo puedes controlar la forma como los enfrentas. Aprendí a valorar el presente, porque el futuro es incierto. Haz ese viaje, cómprate esos zapatos, no postergues ese encuentro, di ese “te quiero”. Y parafraseando a Hannah Arendt, “espera lo mejor pero prepárate para lo peor”. La resiliencia es el mejor salvavidas.

martes, 5 de mayo de 2026

Cerezos en flor

 

Cada primavera, los cerezos del Valle del Jerte son los primeros en florecer de toda España, convirtiendo los campos extremeños en poesía visual. Aunque los mundialmente célebres son los japoneses con su flor de sakura, los nuestros no se quedan atrás aunque estén más circunscritos a zonas concretas. Suelen ser de un rosa más pálido, cercano al blanco. 

No se encuentra entre mis géneros favoritos, pero hace años vi una película de anime japonesa titulada “Cinco centímetros por segundo”, que es lo que tarda en caer una flor de cerezo desde el árbol. Era una historia bonita, pero lo que me parece exquisito es el trasfondo del título. Una sutileza propia del país del sol naciente impregnada de ese componente lírico que encierran las palabras con las que describen emociones y sensaciones: el relax de bañarse en el bosque, el anhelo de la felicidad pasada, la luz del sol que se filtra a través de las hojas de los árboles, la belleza de las imperfecciones...


Retornando a Extremadura, como sabemos a menudo una imagen encierra mucho más que una imagen. Es el momento en que la viviste, el lugar, la compañía, los recuerdos que lleva asociados y evocas inevitablemente. Fui a ver la floración de los cerezos en el mes de Marzo en varias ocasiones, allá por el Pleistoceno. Visitando lugares preciosos como Cabezuela del Valle, Piornal, Tornavacas... Y la comarca de la Vera, de donde es famoso el pimentón. En la mejor época del año para viajar, con buen tiempo y sin aglomeraciones turísticas. De esas escapadas familiares, rememoro una con especial cariño. Según mi experiencia, el éxito de un viaje depende más de la compañía que del lugar.

Es frecuente que un recuerdo te conduzca a otro. En este caso me traslada al mes que pasé en Jarandilla de la Vera en un internado de verano para estudiar inglés cuando tenía 16 años. Me encontraba en el límite de edad permitida, así que aproveché mi última oportunidad.

La residencia era espectacular, con piscina olímpica, bar y sala de cine.  Aunque teníamos clase con profesores nativos mañana y tarde, sobraban horas de asueto. Compartía habitación con tres chicas. Nos hicimos amigas y mantuvimos correspondencia durante un tiempo. Secretamente nos reíamos de una de ellas que no se integraba demasiado, una actitud que ahora lamento. Le pusimos un mote relacionado con su pueblo natal, por el que nos referíamos a ella entre nosotras. Paradójicamente, años después lo visité y me pareció precioso. Deseé encontrármela para saludarla con cariño y limpiar un poco mi conciencia.

Más que las clases recuerdo las risas, las amistades, alguna gamberrada como incursiones a la despensa para coger comida... Tanto va el cántaro a la fuente que un día nos pillaron. La directora, que era un poco Señorita Rottenmeier, nos llamó a capítulo, obligándonos a telefonear a nuestros padres para contárselo. Los míos estaban en Praga, así que “su gozo en un pozo”. Sé que lo que hicimos no fue correcto, pero estábamos acostumbrados a merendar y pasábamos hambre a media tarde.

Lo mejor eran las noches en las que nos permitían ir al pueblo, acompañados siempre de algún tutor. Había un bar de copas con música y un jardín interior que nos encantaba. No teníamos edad para beber alcohol, pero nos tomábamos un helado “soft” de máquina y éramos felices.

Había un chico que me gustaba, hermano de una de mis compañeras de habitación, aunque no pasó de la categoría de amigo. Supongo que se interpuso la timidez o el hecho de que vivir en ciudades diferentes era una barrera infranqueable.

Uno de mis recuerdos más bonitos es que presenté, junto con mi primo, la función de despedida. A pesar del pánico escénico que he tenido siempre, lo disfruté. Mis amigas me prestaron un vestido y unos zapatos acordes con el evento.

Jarandilla pasó a formar parte de las vivencias que más marcaron mi adolescencia. Volví muchas veces a Extremadura, tierra de conquistadores, paso de la Vía de la Plata y gran desconocida. Rebosante de encantos que quedaron impresos en mis retinas como la judería de Hervás, Trujillo, el meandro del Guadiana en Las Hurdes, el Arco romano de Caparra, el Parador de Plasencia, el teatro romano de Mérida, el Puente de Alcántara, el Parque Natural de Monfragüe, el licor de cerezas, las placitas de Zafra... Allí siempre me he sentido como en casa, pues es la comunidad que más se parece a Andalucía.

Esos tiempos pasaron, pero permanecen intactos en mi memoria. Cuando llega la primavera y florecen los cerezos, recuerdo esa tierra extremeña donde tantas veces fui feliz.

jueves, 9 de abril de 2026

Fines de semana mexicanos

 

Algunas circunstancias me han hecho evocar mis fines de semana durante el año que viví en México. Solía pasarlos completamente sola, con total libertad de movimientos. Para mí era una experiencia nueva, pues hasta ese momento había vivido con mi familia.

Trabajar a jornada completa comiendo en mi centro de trabajo también era novedoso. Como lo fue el poder dedicarme a la investigación histórica, aunque ya había sido becaria de algún proyecto. Disponer de mi propio despacho y elaborar un catálogo de pintura, en un país al otro lado del Atlántico, constituían estimulantes alicientes.  

Vivía sola a más de 9.000 kilómetros de España. Evidentemente echaba de menos a mi gente, mi tierra, ciertos hábitos... pero estaba encantada y aproveché esa maravillosa oportunidad todo lo que pude. Profesionalmente era un regalo, y personalmente aún más.

Nunca había viajado sola, ni tan lejos, ni por un periodo tan largo. Aunque tuve que enfrentarme a asuntos desconocidos, sentí un apoyo constante de mi entorno. Mis compañeros me recibieron con los brazos abiertos, convirtiéndose en amigos. Además tenía contactos en el país, lo que me proporcionaba una gran tranquilidad. Encontrarme con una cultura parecida a la mía, con gente extremadamente cálida y afable hizo que me sintiera cómoda e integrada. Estoy convencida de que tenemos más en común con un hispanoamericano que con un alemán.

Desde el viernes por la tarde hasta el lunes por la mañana era dueña absoluta de mi tiempo, lo que resultaba muy reconfortante. Al salir del trabajo compraba algún capricho apetitoso para el desayuno. Cuando llegaba a casa limpiaba para no tener que hacerlo el fin de semana. Tanto el sábado como el domingo iba a correr por la mañana temprano. Allí amanecía antes y la vida se adaptaba a las horas de luz como dicta el sentido común.

Zamora (Michoacán) era una ciudad pequeña, agrícola, con un centro histórico colonial lleno de puestecitos y comercios. Tenía un parque con una bonita catedral y un faraónico santuario neogótico que según las malas lenguas había sido financiado con dinero del “narco”.

Ocasionalmente se escuchaban noticias perturbadoras, pero siempre me sentí arropada y segura. Al anochecer la calle se quedaba casi vacía, por lo que no era recomendable salir sola. Además, no había muchos lugares a dónde ir. Por eso mis noches, exceptuando alguna reunión de sábado con amigos, eran caseras. Tenía lecturas y películas de sobra, Internet y televisión por cable. Una despensa llena y un apartamento mucho más grande que mi vivienda actual. En verano eché en falta esa vida nocturna de terrazas y gente paseando al fresco a la que estaba acostumbrada, pero me sentía tan a gusto en mi refugio que lo asumí con normalidad.

Pronto establecí una rutina de fin de semana no premeditada. Los sábados, tras ir a correr y ducharme, desayunaba sin prisa. Un capuccino, un zumo de naranja y tostadas hechas en sartén, pues no tenía tostador. Después salía a pasear y tiendear. Cada dos semanas llevaba mi ropa a la lavandería, ya que no tenía lavadora. En un par de horas la recogía limpia y doblada por un precio muy asequible.

Había multitud de puestos callejeros, de alimentación y mil cosas más: camisetas, discos, películas, artículos de cosmética... Incluso alguno que vendía objetos de plata (la plata mexicana es de la máxima pureza, 9.25, y bastante más barata que en España). Aquello estaba lleno de joyerías, que según se rumoreaba eran centros de lavado de dinero.

Tenía un mercado precioso, comercios donde vendían aguas de frutas o “paletas” (lo que aquí llamamos polos). Una quesería excelente, un puesto de churros similares a los españoles, y otro donde mi amigo Nacho (q.e.p.d.) vendía chicharrón (corteza de cerdo). Además tortillerías, tiendas “de abarrotes” (ultramarinos) en las que compraba rompope (un ponche que se solía tomar con gelatina de frutas). Lo había probado antes, pues lo elaboran las monjitas mexicanas de un convento de clausura del pueblecito blanco. En las calles se escuchaba música ranchera o “de bandas”, había una animación increíble.

Rara vez salía de casa los sábados por la tarde. Me echaba una buena siesta, veía películas... descansaba. Confirmé cuánto me gustaba la soledad y pensé que mi situación ideal sería vivir sola pero cerca de mi gente. La vida me concedió ese deseo.

Los domingos eran aún más tranquilos. Con frecuencia iba a un centro comercial y en ocasiones a una lechería que vendía helados y yogures artesanos deliciosos. A veces, sobretodo durante el primer mes en el que me alojé en un hotelito, me sentaba a tomarme una cerveza en algún bar agradable. Siempre llevaba conmigo algún libro o mi cuadernito para escribir mis impresiones, que no eran pocas. Enseguida advertí que no era habitual que una mujer entrara a un bar sola, pero poco me importaba.  

Un fin de semana al mes iba a Guadalajara (Jalisco), a casa de mi amiga Alma. Su círculo me acogió como una más. Me llevaron a conocer lugares bonitos, a comer en restaurantes típicos. A librerías, museos... El sábado por la noche asistíamos las reuniones culturales del “Ateneo” en el patio de la casa de su hermano. Acudían varios amigos y todos llevábamos algo de beber o picar, una costumbre muy mexicana. Escuchábamos música, poemas, pequeñas ponencias acerca de algún tema interesante... Y lo pasábamos genial.

Esporádicamente tengo algún fin de semana que me trae a la mente aquellos, salvando las distancias. Ya han pasado casi veinte años, pero tengo esa etapa muy presente porque significó mucho para mí. Adoro México. Su comida, su música, su cultura, pero sobre todo su gente. Y al escribir estas líneas me invade la nostalgia. Aprendí (entre otras muchas lecciones) que te puedes sentir en casa a muchos kilómetros de tu país. Y que me encanta vivir sola, en mi pequeño oasis de paz.

 

viernes, 27 de marzo de 2026

Semana de Pasión


Siempre me ha encantado la Semana Santa. No sólo por la razón obvia de tener vacaciones (aunque ya no son lo que eran), sino porque soy creyente y tengo muy claro lo que conmemora. Me han educado así, pero ahora que soy dueña de mis creencias entiendo con más profundidad su significado.

Partiendo de esa base que constituye su esencia, la he vivido de diferentes formas a lo largo de mi vida. A nivel “festivo” representa ese balón de oxígeno entre la Navidad y el verano. Con pocos días libres, pero que sirven para desconectar. Además, el inicio de la primavera es una época excelente aunque esté sujeta a la inestabilidad meteorológica.

Desde niña he sentido afición por las procesiones de mi tierra. Sin desmerecer otros lugares, en Andalucía se viven con una emoción especial. He visto encerrarse el Cristo de los Gitanos en la Abadía del Sacromonte de madrugada, salir “El Silencio” a las doce de la noche con penitentes descalzos o arrastrando cadenas por la Carrera del Darro. “La Borriquilla” el Domingo de Ramos, “El huerto de los Olivos” de las Comendadoras de Santiago. “La Concha”, “La Estrella” y “La Aurora” por las callejuelas del Albaicín, con la Alhambra enfrente iluminada por la luna llena. Los Cristos triunfantes del Domingo de Resurrección... El público emocionado a su paso, aplaudiendo cada “levantá”, sintiendo (cada cual a su manera, como el Camino de Santiago) lo que esas imágenes centenarias representan. Las saetas, los “¡Todos por igual, valientes!” y “¡Al cielo con ella!” que forman parte de la tradición cofrade andaluza.

Ya no tengo paciencia para estar dos horas de pie, pero me gusta verlas en algún punto de su itinerario. Me conmueve la liturgia de ese cortejo, los tronos engalanados con flores frescas, los penitentes portando velas (y los niños recogiendo la cera para hacer bolas), las mantillas de luto y la banda de música que los acompaña. Además, tengo un sobrino que me ha salido muy “capillita” y últimamente lo acompaño a ver algunas. Siendo pequeñito lo llevé a verlas al Albaicín un Jueves Santo y supongo que le marcó.

Durante esa Semana de Pasión suelo ver películas bíblicas acordes con el momento (mi favorita es Ben-Hur, aunque tenga menos contenido religioso que otras), al igual que en Navidad me apetece ver las de temática navideña. Pero cuando ha hecho buen tiempo, he aprovechado esos cuatro días para salir de la ciudad. Porque a menudo es sacar los Cristos a la calle e invocar la lluvia... Como digo en broma, la Semana Santa está mal puesta en el calendario (ya se sabe: Abril, aguas mil).

Mis recuerdos más remotos se remontan al Camping “Don Cactus”, junto a la playa de Carchuna, pues de niña era una escapada familiar recurrente. Siempre llevábamos las bicicletas, y nos volvíamos locos por dormir en tiendas de campaña. Paradójicamente décadas después volví en varias ocasiones muy cerca de esa zona durante esas fechas.

Recuerdo con mucho cariño Semanas Santas pasadas en el pueblecito blanco, desde el que los días claros se avista la bahía de Cádiz. La última, hace pocos años, la disfruté intensamente. Me entusiasmó ver las procesiones locales. Con una imaginería más modesta, compensada con una gran devoción popular y un tremendo encanto por su recorrido entre callejuelas encaladas. 

En otros tiempos (más felices) mi abuela preparaba tortilla de patatas, bacalao y su delicioso arroz con leche cada Viernes Santo, respetando la vigilia que prohibía comer carne. Mi tía hacía unas deliciosas torrijas, y veíamos pasar la procesión del "Cristo de los Favores" desde el balcón de su casa. Desgraciadamente esas tradiciones van desapareciendo por ley de vida. Ya no suelo comer los roscos, torrijas, pestiños ni leche frita como los que mi abuela elaboraba cada Semana Santa. Recuerdo esos penitentes de caramelo que vendían cuando era pequeña, tentando a los niños desde los escaparates.

Recién llegada a México, mi querida amiga Alma me invitó esos días a “la Ciudad de las Rosas”. Tanto ella como su familia me acogieron con infinita generosidad y cariño durante mi primera Semana Santa lejos de casa. Con la perspectiva del tiempo revalorizas esos gestos y a las personas que han hecho o hacen tu vida más bonita. Cada vez creo más en la elocuencia de las actitudes, en cómo nos retratan. Leyendo “Mamá está dormida” de Máximo Huerta constato la entrega desinteresada de la que no todo el mundo es capaz.

En los últimos años, frecuentemente, he pasado esos días libres en la playa con mi novio. Este año los aprovecharé para descansar todo lo que pueda y ver algunas procesiones con “mi sobrino bonito” (así se autodenominó en su contacto de mi móvil muy acertadamente). Quiere que esté con él el Domingo de Ramos a las tres y media de la tarde para ver salir “La Santa Cena”. Qué horas son esas, chiquillo...

El otro día escuché “Los tiempos de Dios son perfectos”, y me hizo reflexionar. Sus designios son inescrutables, pero confío en que no arbitrarios. En algún momento todos diríamos “aparta de mí este cáliz”. Y en modo más sumiso, “pero hágase tu voluntad y no la mía”. Espero que las nubes permitan disfrutar esta semana cristiana en su esplendor, sobretodo a aquellos que se lo han ganado y llevan todo el año esperando para ver salir sus procesiones más queridas.

viernes, 20 de marzo de 2026

Jardines donde fluyen los ríos

 

Ya huele a primavera y a incienso, un binomio que alegra el alma (al menos la mía). Aunque sé que quedan días fríos y grises, tienden a ser más esporádicos. El domingo gocé de un delicioso paseo con atisbo primaveral y el aire cargado de buenos presagios. Las abundantes lluvias de los meses previos (la Virgen de la Cueva se tomó en serio nuestras plegarias) ha convertido el bosque de La Alhambra en un vergel. La vegetación desempeña un papel esencial en la cultura islámica, con la omnipresencia del sedante murmullo del agua. Según el Corán es una metáfora del paraíso, constituido por “jardines donde fluyen los ríos”.

Ha sido un invierno ingrato en varios sentidos. Cuando el cielo se oscurece intento asumirlo con la mejor actitud que puedo y convertir los problemas en oportunidades (spoiler: a veces la voluntad no basta). Me aferro al dulce elixir que me ofrecen los pequeños placeres, me recreo en la expectativa de todo lo bueno que vendrá.

La primavera es renovación, florecimiento. Mi estación favorita excluyendo las dos semanas de Agosto en las que toco el cielo como Adán en la Capilla Sixtina. Me encantan los almendros en flor, tan sugerentes y evocadores.

La cafeína activa mi mente, pero cuando está más despejada es al comenzar el día, en movimiento y respirando aire puro. Ahí arreglo yo el mundo, o al menos mi mundo. Visualizo soluciones, relativizo la realidad, ordeno mis pensamientos. Fantaseo con momentos gratos como estar sentada en la terraza del pueblo blanco con una cervecita y una bolsa de pipas, viendo el atardecer. Dormir una siesta sin alarma, o pasear junto al mar. Lujos asequibles y necesarios. De ilusiones vive el hombre (y la mujer).

De momento mis alegrías están íntimamente vinculadas al descanso. El delicioso relax nocturno al llegar a casa. Un “por fin viernes”, la inminencia de la Semana Santa con cuatro días libres que me permiten escaparme de la ciudad. Las vacaciones (incluyendo días del año pasado). “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”, escribió Pablo Neruda. Creo que la paz se parece mucho a la felicidad o al menos es un requisito indispensable para ser feliz. Hay que buscarla por todos los medios, porque su ausencia es devastadora. Si algo te la roba debes desterrarlo de tu vida o al menos de tu cabeza. Encontrar momentos en los que la luz se imponga a las sombras.

Afortunadamente hay personas medicina que siempre están ahí y te aportan calma. Empáticas y generosas (en el más amplio sentido del término), rayitos de sol. Nuestros actos nos definen. La vida envía asideros cuando los necesitas. Me siento bendecida, protegida y afortunada.

Fantaseo con días más largos y cálidos, con una alquimia de elementos reparadores: desconexión, familia, una cita próxima que me entusiasma en mi lugar favorito.

No me defino como PAS (persona altamente sensible), sin embargo me identifico con algunas de sus características. Me agobia el exceso de ruido o gente. Será que me hago mayor. Tiendo a somatizar las tensiones, que se traducen en contracturas musculares o ansiedad. La soledad me regenera, la necesito para recargar baterías. El tiempo libre resulta analgésico cuando lo invierto en lo que me pide el cuerpo. Gestiono mal la incertidumbre, odio las sorpresas. Capto las energías que proyectan las personas. Y me afectan mucho las críticas. No porque no las acepte, sino porque me siento mal si defraudo a alguien que me importa.

Mi mente busca refugios reconfortantes. Vuela junto al mar, a mi paraíso particular... Espacios que despliegan su magia en los que siempre me siento a gusto. Sueña con esos días azules en los que tengo la sonrisa fácil y el corazón contento.  

viernes, 13 de marzo de 2026

Tolerancia

 

En estos tiempos convulsos en los que presenciamos oleadas de odio, me vienen a la memoria épocas en las que la convivencia entre diferentes culturas fue relativamente armónica. la palabra clave es “Respeto”, un derecho elemental a menudo pisoteado por la xenofobia y la intolerancia.

No mencionaré a los oligarcas ni los intereses que subyacen bajo los conflictos babilónicos. Me limitaré a recordar que no siempre el color de la piel o el credo religioso fueron motivo de discriminación.

Así sucedió en ciudades como Toledo o Granada antes de la Reconquista. Una especie de Arcadia idílica como la “Utopía” de Tomás Moro, en la que cohabitaban cristianos, judíos y musulmanes de forma pacífica.

Toledo, capital del reino visigodo, era conocida como “La ciudad de las tres culturas”. En su Escuela de Traductores, eruditos cristianos, judíos y musulmanes trabajaron codo con codo traduciendo textos latinos. Durante siglos adeptos a los tres cultos religiosos convivieron respetando sus creencias y costumbres.

Bajo el reinado Nazarí de Granada, último reducto árabe de España, los musulmanes compartieron cordialmente el espacio con cristianos y judíos hasta 1492. Novelas como “A la sombra del Granado” de Tariq Alí o “El manuscrito carmesí” de Antonio Gala retratan ese periodo. Algunos historiadores afirman que la convivencia no fue tan pacífica, sin embargo me sigue pareciendo un logro en la oscurantista Edad Media.

Juan Latino fue el primer catedrático universitario de raza negra en el siglo XVI. Lo conocí a través de una novela de José Vicente Pascual. Era hijo de una esclava negra africana. Siendo muy joven su familia se instaló en Granada y fue comprado por la hija del Gran Capitán, (Gonzalo Fernández de Córdova) y su marido el Duque de Sessa. Estableció una gran amistad con el hijo de sus señores, Gonzalo, participando de las lecciones que éste recibía. Cuando “su amo” iba a la Universidad Juan escuchaba las clases fuera del aula, pues no le estaba permitida la entrada.

Protegido por varios arzobispos, don Juan de Austria y el presidente de la Real Chancillería Pedro de Deza, obtuvo el título de bachiller en Filosofía. Acabó casándose con una de sus alumnas, la joven noble Ana de Carleval, y obteniendo la libertad como regalo de bodas.

Poeta y humanista, mantuvo contacto con San Juan de la Cruz y Garcilaso de la Vega. Durante veinte años desempeñó la Cátedra de Gramática y Lengua latina en la Universidad de Granada, siendo respetado y admirado por la sociedad granadina. Evidenciando que con el deseo de aprender, los contactos adecuados y una dosis de suerte, se pueden romper los techos de cristal y alterar el orden establecido.

También tenemos a Juan de Pareja, esclavo morisco y mestizo ayudante del pintor Diego Velázquez. Aprendió a pintar a escondidas, hasta que casualmente Felipe IV descubrió una de sus pinturas y le pidió a su pintor de cámara a que le concediera la libertad. En Roma Velázquez pintó su magistral retrato, que se exhibe en el Metropolitan Museum de Nueva York. Ese mismo año (1649) firmó su carta de libertad. Entonces Juan pudo dedicarse a la pintura, siguiendo la estela de su maestro aunque con mayor barroquismo y luminosidad.

Recordemos que España no estableció en América colonias sino virreinatos. Los indígenas eran ciudadanos libres súbditos de la Corona de Castilla como dictaminó Isabel la Católica (ese “tanto monta, monta tanto” me parece un prodigio de equidad). El mestizaje constituyó los pilares de la nueva sociedad. Se dieron casos de ascenso social como los de los afamados pintores Juan Correa (mulato) y Miguel Cabrera (mestizo). Como refleja la “Pintura de castas”, las distintas etnias del reino se mezclaban dando lugar a una variopinta interracialidad.

La diversidad enriquece, todos somos iguales a los ojos de Dios. Como cantaba Antonio Machín, “que también van al cielo, todos los negritos buenos”. La intolerancia étnica o religiosa revela mentes retrógradas y corazones insensibles. Me parece una prepotencia absurda creer que una raza es mejor que otra.

Líderes como Mandela, Martin Luther King, Gandhi o Obama desafiaron al racismo, demostrando que la valía de una persona no radica en el color de su piel. Más mérito tuvo Rigoberta Menchú, activista indígena galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 1992.

“Contamíname, mézclate conmigo. Que bajo mi rama tendrás abrigo”, cantaban Víctor Manuel y Ana Belén elogiando el mestizaje cultural. Una oda a la tolerancia que habría evitado grandes genocidios. Si escarbamos entre nuestros ancestros, nos sorprenderíamos. “Sólo le pido a Dios que lo injusto no me sea indiferente”... Ojalá que la paz y el respeto fueran siempre prioritarios. Que se antepusiera el alma del ser humano a su apariencia o procedencia.

Disciplina

  Siempre ha sido para mí una palabra asociada a las obligaciones. Algo que tus mayores tratan de inculcarte, predicando sus virtudes. Yo er...