jueves, 18 de junio de 2026

La escritura como terapia

 

Cada maestrillo tiene su librillo, especialmente cuando la vida te pone piedras en el camino. Hay quien se lo guarda todo, quien necesita compartirlo con alguien (un psicólogo, un familiar, una amiga...), y quien lo plasma por escrito. Es decir, contándoselo a sí mismo. Todas las formas son válidas, no deja de ser una autoterapia subjetiva. La fórmula que te funciona a ti no tiene por qué funcionarle a otro. Somos dueños de nuestras emociones y estamos en el derecho de exteriorizarlas o no.

Aunque existe la creencia generalizada de que hablar sobre lo que te hace daño ayuda a superarlo, no todo el mundo experimenta ese deseo. Los sentimientos pertenecen a una parcela muy íntima, en ocasiones ponerlos en palabras duele más que silenciarlos o el pudor te impide hacerlo. A lo mejor, pasado un tiempo, los has digerido y puedes verlos con perspectiva. Entonces quizás te apetezca hablar de ello. Compartir las alegrías es casi inevitable, te sale por los poros. Sin embargo cuando algo duele cuesta mucho más manifestarlo. Al menos a mí. No me gusta mostrarme vulnerable, hay aspectos que prefiero mantener en privado o en un ámbito de mi total confianza.

Cuando escribes sobre lo que sientes, lo que te perturba o te hace sufrir, de alguna manera liberas parte de la carga. El cerebro se relaja, segrega endorfinas como analgésicos naturales. El hecho de expresarlo aunque sea para ti misma produce cierta calma aunque carezcas de interlocutor. Para mí es un asidero en medio de la tempestad, una auténtica catarsis. Ordenar pensamientos me permite asimilarlos. Escribirlos (si es a mano mejor) facilita el proceso de interiorización. Diseccionándolos soy capaz de contemplarlos con mayor nitidez. Al igual que aceptando que tienes un problema empiezas a solucionarlo, “vomitar” lo que te incomoda es un primer paso para expulsar parte del veneno.


En algún momento de mi vida he escrito un diario, y aunque hace mucho tiempo que no siento el deseo de hacerlo, busco formas de escribir sobre lo que me afecta porque me ayuda a superarlo. Esos pensamientos y sensaciones que se me atragantan tienen que salir de algún modo. Sin aspiraciones literarias, tan solo exponiendo lo que me carcome con la mayor claridad. Buceando en mis recovecos para redactar lo que me trastorna o un día me trastornó y sigue clavado como una espina. Para mí es una forma de sanación. Un autopsicoanálisis que me da herramientas. Noto que el cortisol empieza a bajar, aportándome una dosis de serenidad. La herida comienza a cauterizarse.

La escritora más leída en español, mi querida y admirada Isabel Allende, ha confesado que durante toda la vida mantuvo correspondencia con su madre. Cientos de cartas en las que se contaban su día a día y que constituyeron un reconfortante refugio ante las adversidades. El género epistolar es uno de mis favoritos por su autenticidad y aire coloquial, motivado por el mero afán de comunicación. Me vienen a la mente “Drácula” de Bram Stoker, “Las amistades peligrosas” de Chordelos de Laclos, la maravillosa “84, Charington Road” de Helen Hanff, la conmovedora “De profundis” de Wilde o las cartas de Edith Wharton a Morton Fullerton.

Cuando Isabel Allende atravesó el peor momento de su vida y sufrió un inevitable colapso emocional, su madre le aconsejó que escribiera lo que estaba sintiendo. Afortunadamente le hizo caso y sobrellevó el duelo por la muerte de su hija Paula materializándolo en una carta que se convirtió en uno de los libros más emotivos que he leído nunca. Así exorcizó sus demonios y comenzó a superar esa pena tan devastadora. En realidad ese tipo de dolor no se supera nunca, se aprende a vivir a con él. También “La casa de los espíritus”, su más exitosa novela, empezó como una carta de despedida a su abuelo cuando estaba a punto de morir. En ambas ocasiones surgieron como un desahogo, tratando de conectar con un ser querido que abandona este mundo.

Casi siempre que he atravesado un momento difícil he recurrido a la escritura. El cuerpo me pedía dejar constancia escrita de lo que me amargaba la existencia. A veces lo hice a posteriori, pero lo más efectivo es escribirlo de forma paralela. Cuando necesitas entender la realidad para procesarla, expresar tu postura aunque sea ante ti misma resulta terapéutico.

Cualquier psicólogo sabe que es una de las técnicas más útiles para gestionar el estrés, una especie de justicia reparadora. En mi caso nació de forma espontánea hace muchos años. Simplemente me apremiaba escribir sobre lo que se me hacía bola en la garganta, por puro instinto de supervivencia. Con el tiempo he ido entendiendo por qué es tan eficaz, pero sigo haciéndolo por los mismos motivos que la primera vez. Nunca subestimes el valor de los pequeños gestos. Algo tan sencillo como garabatear sobre el papel lo que te escuece puede ser un bálsamo que cura o cuando menos alivia.

También encuentro bienestar en escribir ficción e incluso textos académicos. Son aguas en las que me siento cómoda, me sienta bien nadar en ellas. En el primer caso es posible introducir elementos personales que además dotan a la historia de verosimilitud. A través de la escritura se pueden canalizar amarguras, anhelos o pequeños traumas. Cuanto más directamente los abordes mayor será el beneficio. La deliciosa y tan necesaria paz mental. Y cuando adviertes que esa medicina te hace bien, recurres a ella cada vez que el alma lo demanda.


jueves, 11 de junio de 2026

Las dos caras de la moneda

 

Cada vez soy más consciente de la incontestable verdad que encierran los refranes. Aunque no formen parte omnipresente de mi vocabulario como en el caso de Sancho Panza, el devenir de los acontecimientos me ha ido revelando que son perlas de sabiduría. Releyendo “El Quijote” he constatado que la mayoría de los que empleamos asiduamente proceden de las letras cervantinas.

Siempre había pensado que eso de que “no hay mal que por bien no venga” era una especie de falacia consoladora. Una tentativa de antídoto para paliar las adversidades con algún tipo de beneficio. Aunque ya sabemos que lo que no te mata te hace más fuerte y que de los problemas se extraen las más valiosas enseñanzas, esas certezas no siempre consiguen evitar el dolor, la decepción, las injusticias, la pérdida... La resiliencia ayuda a transformar los problemas en oportunidades, pero no es una varita mágica.

No creo que todo lo que te sucede te conviene, sin embargo en algunas ocasiones he experimentado que cuando algo falló trajo un regalo de la mano. Que quizás no compensó los sinsabores, pero que en cierto modo logró edulcorarlos. Cuando contemplas la situación con perspectiva, a veces vislumbras alguna pepita de oro que en su día te pasó desapercibida. A menudo un mal recuerdo desencadena uno bueno, y viceversa. Será por eso de que cuando Dios cierra una puerta abre una ventana. Al final va a ser verdad que todo forma parte de un plan y nada sucede por casualidad.

Reconozco que soy bastante escéptica en cuanto al destino, tengo más fe en el libre albedrío. Quiero creer que somos los arquitectos de nuestro destino. Que son nuestros actos los que definen nuestro recorrido, con una mayor o menor influencia de factores externos. Lo que llamamos suerte cuando el viento sopla a tu favor. Según Woody Allen en “Match point” (para mí, su mejor película), mucho más determinante de lo que pensamos. La magnífica serie “La suerte: una serie de casualidades” también defiende esa tesis aunque ligada a la superstición (de la cual carezco). La psiquiatra Marian Rojas la define como el lugar donde confluyen la preparación y la oportunidad. Coincido bastante con su planteamiento. Diría que aunque el azar intervenga en la ecuación, tiene más peso lo que se propicia de alguna manera.


Hay casos que te la muestran la otra cara de la moneda aunque tardes en entenderlo. Cuando alguien no te quiere a su lado, en realidad te está haciendo un favor porque sin duda estás mejor sin esa persona aunque esa consciencia suele aflorar a toro pasado. De los “noes” emergen los “síes”. A veces ese cambio da lugar a posibilidades que ni contemplabas. Muchas veces lo que te parece una maldición se convierte en una bendición. El karma, la justicia divina o cósmica, acaban poniendo todo en su lugar.

Algún “Brexit” me ha permitido dedicarle más tiempo a mi familia, a mis amistades, reconectar conmigo misma. Descansar más en un momento vital en el que lo necesitaba y hallar cierta serenidad. Sin dejar de sentir nostalgia o tristeza, con la incertidumbre a cuestas, fui capaz de gozar de libertades que mi alma añoraba. Con la sensación de que la vida me ofrecía una píldora sanadora en el momento idóneo.

Me vienen a la mente vivencias en las que mis planes se frustraron. Yo que soy tanto de disfrutar fantaseando con lo que vendrá, organizando, teniendo todo bajo control, me llevo decepciones constantemente. Como si el universo me dijera: entérate de una puñetera vez que no está en tus manos. Adáptate a las circunstancias, que es una de las formas más eficaces de inteligencia. Aprende a improvisar, a cambiar de rumbo. A desmontar tu cuento de la lechera y reinventarte si hace falta.

En una ocasión diseñé una maravillosa escapada con el que entonces era mi novio a mi lugar favorito. Me hacía bastante ilusión compartir mi paraíso particular con la persona que ocupaba mi corazón. Todo estaba trazado en mi mente cuando surgió un imprevisto ajeno a mi voluntad que impedía el viaje a ese destino. Tras la rabia inicial por tan inoportuna fatalidad, mi mente comenzó a perpetrar un plan B que de alguna manera resarciera o al menos atenuara el jarro de agua fría. A una velocidad supersónica busqué un destino atractivo, localicé un hotelito agradable y rediseñé un premio de consolación. Pasamos unos días fantásticos en un precioso pueblecito del litoral andaluz que aliviaron mi descontento y casi me hicieron olvidar el chasco inicial.

Años después fui consciente de hasta qué punto ese obstáculo que había desviado la trayectoria había sido providencial. Cuando la relación terminó agradecí inmensamente no tener recuerdos con esa persona en ese sitio tan especial para mí. Supe entonces que lo que surgió como un inconveniente fue lo mejor que podía haber pasado. A veces el plan B puede superar al A.

Nunca sabrás si el avión al que no subiste se habría accidentado, si hubieras elegido otra ruta te habría atropellado un coche o si el lugar al que no fuiste te habría hecho infeliz. Acumulas convicciones, pero las incertidumbres implican un mundo de posibilidades.

Las tragedias a menudo propician lo mejor del ser humano: la solidaridad, la cooperación, la empatía. Esa sensibilidad colectiva que hemos constatado recientemente ante circunstancias devastadoras. También está el que saca rendimiento de la desgracia propia o la ajena, de todo hay en la viña del Señor.

He comprobado cómo han aparecido oportunidades en mi camino que me han inducido a plantearme que no era el correcto. Un proverbio japonés dice algo así como “si subes al tren equivocado, cuanto antes te bajes de él menos camino de vuelta tendrás que recorrer”. Si es para ti, aunque te quites. Y si no lo es, aunque te pongas. Si mi realidad hubiera sido otra esas opciones no habrían existido. Lo mejor es enemigo de lo bueno.

Puede que creas que lo que tienes no es exactamente lo que anhelabas, que se te escapó un sueño. Y no te das cuenta de que quizás eres más feliz con una alternativa que ni te imaginabas, pues conlleva ventajas que vas valorando en su justa dimensión. Como estar cerca de la familia, vivir en tu ciudad, disponer de cierto tiempo para dedicarle a lo que amas... mejor que el tesoro de Montecristo. O estaba de Dios o era tu auténtico ikigai. En cualquier caso esa trayectoria la has ido definiendo tú. Asumes las consecuencias de tus actos con una mirada indulgente y tratas de ver la cara oculta de la luna según los valores que te inculcaron. 

viernes, 29 de mayo de 2026

Corpus Christi

 

Uno de los mejores regalos que ofrece cumplir años es que te vas conociendo mejor. Además, la alternativa no suena tentadora. Desde niña me inculcaron las costumbres de mi tierra. Vengo de una familia que sin ser especialmente convencional (padres microbiólogos, muy viajeros, de mente abierta), ha celebrado siempre las fiestas enmarcadas en la tradición judeocristiana (sobre todo Semana Santa y Navidad). Quiero decir, otorgándoles su sentido religioso además del folclórico que en ocasiones enmascara su auténtico trasfondo.

Me interesan las raíces, la cultura. La historia de los pueblos, su patrimonio material e inmaterial. Me siento más andaluza que española y más española que europea. Y por encima de todo, granadina. Me encanta formar parte de esas festividades, no quiero que pasen sin pena ni gloria. Tengo mucho arraigo local, estoy muy orgullosa de donde vengo. Nuestras tradiciones me conectan con mi esencia, con mis antepasados y con mis paisanos. Forman parte de la idiosincrasia que me define. Como creyente que soy, les encuentro un profundo significado. Además, atesoro una bonita colección de recuerdos de todas ellas.

Una de las que más disfruto es la semana del Corpus Christi, cuya celebración se remonta al siglo XVI. Fue instaurada por los Reyes Católicos en honor del sacramento de la Eucaristía (By the way, qué joyita “Isabel la Gatólica. Reina de Catstilla”, escrito por mi amigo Antonio Callejón). Son las fiestas de Granada y caen en mi época favorita del año. Justo dos meses después de la luna llena del Jueves Santo, por lo general en Junio. En plena primavera, coincidiendo con el inicio del buen tiempo. Cuando te vas desprendiendo de capas de ropa, los días son largos y luminosos. El aire huele a flores, las calles vibran con una alegría diferente. Dan ganas de salir, de sacudirse la modorra invernal y disfrutar de las terracitas.

No negaré que los cinco días de vacaciones que obtengo esa semana son un reclamo irresistible. Sobre todo bajo circunstancias que los convierten en una terapia que mi cuerpo y mi mente necesitan. Además, se inaugura la feria a la que me encanta asistir al menos un día. Tomar un rebujito escuchando sevillanas, recorrer su zona lúdica y admirar su alumbrado. No tenemos “feria de día” como nuestros vecinos malagueños, pero el centro se llena de puestos, actividades festivas y culturales. En la Plaza Bibrambla colocan las típicas carocas, haciendo rimas sobre asuntos de actualidad. Y tienen lugar las mejores corridas de toros, aunque no soy taurina como mi bisabuelo Miguel.

Lo más bonito y solemne es la procesión de la Custodia de la Catedral, que recorre el centro urbano la mañana del jueves de Corpus. Mi abuela decía: “Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol. Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Según cuentan en otros tiempos era habitual estrenar ropa ese día tan señalado. Pero la gente más mayor se sigue arreglando para ver la procesión en señal de respeto.


Cuando estaba en el colegio, el miércoles de Corpus nos dejaban ir “con ropa de calle” y salir a media mañana para ver la Tarasca. Un desfile en el que una maniquí vestida a la moda sobre un dragón mitológico que simboliza el triunfo del bien sobre el mal (como en las pinturas de la Inmaculada Concepción) recorre las calles del centro junto a un cortejo de Gigantes y Cabezudos. La manifestación profana que precede a la religiosa.

Hace unos años mi editorial me invitó a firmar en la feria del libro de Madrid. El día del Corpus, de camino a la estación, pasé por las calles engalanadas con flores, mantones y altaritos que instalan en el recorrido de la procesión. Con una sensación ambivalente: de ilusión porque iba a hacer un sueño realidad, y de tristeza por perderme todo aquello. Pero de momento no somos omnipresentes.

Cuando viví en México lindo añoré el Corpus Christi granadino, pero tuve la suerte de que un buen samaritano me enviara magníficas fotos que consiguieron paliar mi nostalgia y hacerme partícipe de ese día tan nuestro. Es curioso cómo la distancia te incita a idealizar y a poner en valor lo que antes dabas por hecho. Tu ciudad, tus afectos, esos días que siempre has celebrado.

Otros años he ido a mi Medina, donde también tienen una preciosa Custodia que procesiona el domingo en lugar del jueves. Y la primavera allí es tan maravillosa como tuve la gran fortuna de constatar recientemente el pasado mes de Abril cuando fui a dar una conferencia.

Este Corpus (la semana que viene) me escaparé a la playa con mi novio, no sin antes haber visitado el ferial. Nos vendrá genial un poco de solecito, que estamos aclorofílicos. Anhelo esos días de paz junto al mar, de horas libres, de microcosmos sedante en el que no soy rehén de las obligaciones. Una deliciosa desconexión que en honor a la verdad me he ganado. Porque no está siendo un año fácil, pero esa es otra historia. Ahora toca gozar un poquito de la parte bonita de la vida para no olvidar que existe.

 

 

viernes, 22 de mayo de 2026

Disciplina

 

Siempre ha sido para mí una palabra asociada a las obligaciones. Algo que tus mayores tratan de inculcarte, predicando sus virtudes. Yo era una niña, como decía mi abuelo, un poco rebelde a la educación. Hacía las cosas porque me apetecía o porque no tenía más remedio.

Sin embargo con el paso del tiempo he ido domando mi carácter y aprendido la importancia de crear hábitos, de autoimponerte algo que sabes que te compensará. He constatado sus beneficios, por lo que he ido incorporando la disciplina a mi vida de motu propio. No pretendo ser ejemplo de nada ni mucho menos aconsejarle a nadie cómo tiene que vivir. Me limito a compartir lo que a mí me funciona.

Creo que hay que tener un propósito. Metas, ilusiones. Son el combustible que nos impulsa a lograr objetivos, a convertirnos en las personas que deseamos ser. Un compromiso con lo que consideras que vale la pena. Pequeñas conquistas que suman y contribuyen a la realización personal. La fuerza que suplanta a la motivación cuando falta. El tan necesario autocontrol. A menudo pesa más que el talento o la inteligencia. Implica enfrentarte a lo que te cuesta, superarte. Invertir en ti, en tu calidad de vida.

En los últimos años me he vuelto bastante disciplinada. Supongo que tiene que ver con el hecho de vivir sola. Cuando tu hogar depende de ti al cien por cien sabes que si no pones una lavadora no tendrás ropa limpia, si no ordenas vivirás en una leonera, si no compras y cocinas no tendrás qué comer. Esas certezas requieren una inevitable dedicación. No soy ninguna obsesa de la limpieza, pero el orden me genera paz. El caos me incomoda bastante, necesito vivir en un espacio en el que me sienta a gusto.

La gestión del tiempo cuando no estás acompañada también recae sobre ti. Me gusta aprovechar mi ocio para leer, escribir... Y por supuesto ver cine o series, pero solo a determinadas horas. Me obligo a salir porque me rentan sus efectos. Así valoro más la sensación de llegar a casa y el descanso posterior. Ese modus operandi demanda una cuota de disciplina, pues lo fácil es caer en las garras de la pereza.

Cuando trabajo en un libro, un artículo o una ponencia, también implica disciplina. En ocasiones hay fechas de entrega o actos a los que debo adaptarme, pero en otras el ritmo lo marco yo. Y ahí es cuando más disfruto. Es maravilloso hacer las cosas por placer, pero no deja de ser un ejercicio de voluntad. Cuando vas creando costumbres llega un momento en el que las automatizas, como lavarte los dientes después de comer. No te lo cuestionas, simplemente lo haces.

El aspecto al que más aplico la disciplina es mi cuidado personal. Aunque suene inmodesto, en ese sentido tengo una voluntad de hierro. Lo que busco es la salud física y mental. Todos deseamos vivir más y mejor. Me niego a llegar a los 70 años ahogándome al subir una cuesta o dependiendo de un andador. Quiero sentirme ágil, sin dolores de espalda. Pero también estar conforme cuando me miro al espejo. No se trata de vanidad, sino de que te guste tu aspecto. Discrepo de los cánones de belleza que impone la sociedad, y soy consciente de que esa dictadura de la imagen es mucho más feroz con las mujeres. No me preocupa la opinión ajena (aunque a todos nos gusta gustar), sino verme bien yo. Estar a gusto en mi propia piel.

Ese mens sana in corpore sano que preconizaba el poeta romano Juvenal es una cuestión de sinergia. Cuando estás a gusto con tu físico, te sientes mejor, con más energía.

Admiro a los que luchan por un objetivo. Al que saca tiempo entre sus obligaciones para ir al gimnasio o salir a correr, al que huye de la comodidad y el sedentarismo en pos de una vida más saludable, al que decide comer de forma equilibrada. A quien no sucumbe a la vagancia, se preocupa por su bienestar, por su aspecto.

Siempre he sido muy selectiva para comer. Las verduras y yo no nos llevamos bien. Ya se sabe que todo lo rico es ilegal, inmoral o engorda. Como casi todas las mujeres (pues solemos ser más juzgadas y autoexigentes) he ido oscilando de peso según las circunstancias. Somatizamos las emociones. Adelgazas cuando lo pasas mal: una ruptura, la pérdida de un ser querido, una situación estresante prolongada... Engordas en cuanto te descuidas y cometes excesos. No soy de atracones, pero sí de darme vía libre en festivos y vacaciones. Además, las hormonas juegan malas pasadas y el cuerpo va cambiando con la edad.

Nunca he sido deportista (en el colegio suspendía gimnasia, con eso lo digo todo), pero hace un par de décadas me di cuenta de que debía incorporar algún deporte a mi vida. Muchas mañanas he salido a correr físicamente agotada, resfriada, lloviendo o con un frío siberiano, pero la recompensa es directamente proporcional al esfuerzo. Y mentalmente es una terapia insuperable. A solas con mis pensamientos, ordeno ideas y tomo decisiones con más fluidez.


Siempre me había resistido a hacer dieta, pero pasados los cuarenta decidí probar. Es una decisión cargada de renuncias que requiere constancia y tenacidad. Comer lo que toca y no lo que te pide el cuerpo. También cierta flexibilidad, porque si es demasiado restrictiva no es sostenible. Tampoco tengo espíritu de mártir.

Ahora dispongo de más información que utilizo a mi favor. Sé que el estado anímico, el cortisol o las horas de sueño influyen. Que las proteínas son esenciales. Que no hay que demonizar comidas, porque el secreto está en la dosis. Lo que importa es el estilo de vida.

Además, es necesario moverse. Hace un año y pico sentí que necesitaba incorporar cambios. Opté por no utilizar el ascensor, hacer una pequeña rutina de ejercicios y 12.000 pasos diarios. Respeto a los que optan por los “atajos” y se pinchan el elixir mágico, pero yo prefiero hábitos saludables. Lo que rápido viene, rápido se va. Para mí la clave está en el equilibrio y la perseverancia.

No hay rosas sin espinas. Estar en forma entraña el riesgo de hacerte su rehén. Te acostumbras tanto a esas rutinas, que cuesta romperlas. Es necesario disfrutar de una salida, una celebración, un capricho... para que no se te quiten las ganas de vivir.

Además, suele haber víctimas colaterales. Los que te proponen tomar una cerveza entre semana y les dices que mejor otro día, la reunión familiar a la que no asistes para no saltarte la dieta... O tu pareja cuando te empeñas en caminar. A veces tus intereses y prioridades chocan con los de tu entorno. Y no debes permitir que arruine tu vida social ni perderte momentos bonitos.

Los que te rodean, en ocasiones, además de “víctimas” son obstáculos. Te tientan, ofreciéndote lo que saben que no quieres comer, se lo zampan despiadadamente en tu cara, te proponen planes que van en contra de tu determinación o se quejan porque no entienden lo importante que es para ti. Y en eso consiste la disciplina. En hacer lo que crees que debes hacer, pagando el peaje necesario. La zanahoria que mueve al burro es la recompensa al final del camino. Vas constatándola y te proporciona una satisfacción personal que justifica todo esfuerzo. Sin bajar la guardia más que cuando te propones bajarla, porque la carne es débil y a veces el diablo anda suelto...

lunes, 11 de mayo de 2026

Lo que la pandemia me enseñó

 

 

Será que el maldito hantavirus me ha removido los recuerdos. Ya han pasado seis años, pero como canta Carlos Cano en sus “Habaneras de Cádiz”, “no se me puede olvidar”. Ni a mí ni a nadie. Juraría que hay sentimientos universales que experimentamos todos, porque los seres humanos nos parecemos bastante en los aspectos básicos (“si nos pinchan, ¿acaso no sangramos?”): miedo, incertidumbre, angustia... lo que derivó en ansiedad e insomnio. Y una espada de Damocles que vino para quedarse: la constatación de nuestra propia vulnerabilidad. Dejamos de sentirnos a salvo, nuestro mundo se tambaleó como nunca antes.

Mi mayor temor era mi madre. Aunque está más sana que una manzana, al ser mayor de 70 se encontraba en un grupo de riesgo. Afortunadamente pasó el confinamiento junto con uno de mis hermanos, lo que me tranquilizó mucho. Decidí no verla para no exponerla, porque yo formaba parte de esa minoría de personas que no dejó de trabajar por pertenecer al ámbito sanitario. Cara al público, reutilizando la misma mascarilla durante dos meses (porque no había) y desinfectándola diariamente con alcohol. Una ruleta rusa, porque según dijeron después era precisamente lo que no se debía hacer.

Nos dimos cuenta de que la vida puede cambiar radicalmente de la noche a la mañana. Supimos lo que es estar bajo un “estado de alarma”, lo que significa “toque de queda”. Nadie imaginaba ese escenario postapocalíptico que parecía de ciencia ficción y se cobró millones de víctimas. Yo asociaba el término “cuarentena” con la peste negra que asoló Europa en la Edad Media. Con “El amor en los tiempos del cólera”, el confinamiento en los barcos por tifus, fiebre amarilla o malaria. Y “pandemia” con la injustamente llamada “gripe española” de 1918.

Cada cual la vivió según sus circunstancias. Los confinados, agobiados y anhelando salir. Los que teníamos que ir a trabajar todos los días, envidiando a los que se quedaban en casa. Así es el ser humano, siempre anhelando lo que no tiene.

Aprendimos lo que es el desabastecimiento, el acopio, el desasosiego a una escala inédita. Eso de “racionalicemos el miedo” sonaba muy sensato pero la realidad era un infierno en la tierra.

Puedo considerarme afortunada, pues no sufrí pérdidas personales. Experimenté la lejanía física de mis seres queridos como casi todos, pero agradecí profundamente las facilidades de comunicación de las que disponemos hoy día.

Entendí lo importante que es tu espacio, tu casa. Un refugio que en ocasiones se convierte en búnker. Quien tenía una terraza, como yo, tenía un tesoro. Con cantidad de libros, películas, series, Internet y provisiones, solo echaba de menos el calor humano. Mi ático es pequeñito, pero luminoso y confortable. Entiendo que a quien tuvo que convivir con varias personas en un espacio reducido 24/7 le resultara incómodo.

Mi confinamiento total se limitaba a los fines de semana, y tengo que admitir que disfruté de ese tiempo a solas. Era regenerador, pues el desgaste psicológico fue brutal. Atrincherada en mi lugar seguro, con dos días a mi entera disposición. Retomé la escritura. Necesitaba plasmar lo que sentía para exorcizar demonios, así que escribí un ensayo titulado “Catálogo de pequeños (y grandes) placeres” para recordarme lo bonito de la vida, como en la canción “My favourite things” de Julie Andrews. Mi particular válvula de escape que me ayudó a no colapsar.

Reafirmé lo a gusto que estoy sola. Que tengo un amplio mundo interior y recursos de sobra para no aburrirme. Me llevo de maravilla conmigo misma, lo que me facilita la vida porque me convierte en autónoma e independiente. De hecho requiero la soledad para encontrar la calma y recargar baterías. Pero no soy anacoreta, me hace falta el contacto con mi gente. Tuve que conformarme con saber que estaban bien, sin verlos durante tres meses.

Evidentemente, lo que ocurría de puertas para fuera era lo peor. Como daño colateral sufrí una pesadilla en mi pequeño mundo que multiplicó mi ansiedad, robándome la escasa paz que me quedaba. Mi infierno particular lo personificaron tres chicas que vivían de alquiler en el piso situado bajo el mío. No podían salir como la mayor parte de la gente y cada noche montaban follón durante horas: risas, gritos, palmas... lo que me impedía pegar ojo hasta las cuatro de la mañana, vulnerando el derecho elemental de cualquier persona al descanso. Y más en circunstancias tan excepcionales. Yo sí tenía que madrugar, yo sí tenía que trabajar. De nada les valieron mis peticiones (siempre amables) ni mis ruegos desesperados a la dueña del piso (amiga mía), que antepuso su interés a mi sueño. Esa impotencia, sumada a mi cansancio y al estrés al que estábamos sometidos, me produjo un desgaste emocional devastador.

Me daba pavor que llegara la noche. Cuando conseguía dormir soñaba que entraban en mi casa, pues me sentía absolutamente invadida. La privación de sueño te va desmoronando piedra a piedra. Lo tengo ligero, y los tapones no conseguían aislarme del ruido. Años después adquirí un bendito artefacto que reproduce sonidos naturales y me habría salvado la vida en esos momentos. Cuando en el mes de Julio se largaron para no volver, me retornó el alma al cuerpo. Pero tardé mucho más en recuperarme de ese trauma y dormir bien.

Éramos felices y no lo sabíamos. Todo se revalorizó. Hasta ir a la vuelta de la esquina o salir a boca descubierta. Actividades como tomarte un café con alguien cobraron una nueva dimensión. 

Me di cuenta de que lo de la salud es lo primero es una realidad como la catedral de Burgos. Y de que el bienestar de mis seres queridos es lo que más me importa. Reordenamos nuestra lista de prioridades, aunque yo tenía clarísimo que la familia ocupaba la primera posición a mucha distancia de todo lo demás.

Somos “la generación de cristal”, que no hemos vivido guerras como nuestros abuelos, pero comprobamos que el tsunami puede llegar cuando menos lo esperas. Y que somos capaces de aguantar más de lo que creemos. Que en los peores momentos la solidaridad aflora, atenuando el horror y devolviéndote la fe en el ser humano. Las desgracias enseñan, y esta nos hizo más empáticos, más humanos. Dios aprieta pero no ahoga. No hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista. Lo que no te mata te hace más fuerte. Tópicos con más razón que un santo.

Constaté el auténtico valor de un beso, de un abrazo. Que soy una mimada del destino, como dice mi madre. Confirmé lo a gusto que estoy sola, lo feliz que me siento en mi casa. Que no hay que dar nada por sentado. Lo importante que es saber estar sola, no depender de la validación ajena. Gestionar tus emociones, ser fuerte cuando llegan las nubes negras. Que infinidad de acontecimientos no están en tu mano, sólo puedes controlar la forma como los enfrentas. Aprendí a valorar el presente, porque el futuro es incierto. Haz ese viaje, cómprate esos zapatos, no postergues ese encuentro, di ese “te quiero”. Y parafraseando a Hannah Arendt, “espera lo mejor pero prepárate para lo peor”. La resiliencia es el mejor salvavidas.

martes, 5 de mayo de 2026

Cerezos en flor

 

Cada primavera, los cerezos del Valle del Jerte son los primeros en florecer de toda España, convirtiendo los campos extremeños en poesía visual. Aunque los mundialmente célebres son los japoneses con su flor de sakura, los nuestros no se quedan atrás aunque estén más circunscritos a zonas concretas. Suelen ser de un rosa más pálido, cercano al blanco. 

No se encuentra entre mis géneros favoritos, pero hace años vi una película de anime japonesa titulada “Cinco centímetros por segundo”, que es lo que tarda en caer un pétalo de flor de cerezo desde el árbol. Era una historia bonita, pero lo que me parece exquisito es el trasfondo del título. Una sutileza propia del país del sol naciente impregnada de ese componente lírico que encierran las palabras con las que describen emociones y sensaciones: el relax de bañarse en el bosque, el anhelo de la felicidad pasada, la luz del sol que se filtra a través de las hojas de los árboles, la belleza de las imperfecciones...


Retornando a Extremadura, como sabemos a menudo una imagen encierra mucho más que una imagen. Es el momento en que la viviste, el lugar, la compañía, los recuerdos que lleva asociados y evocas inevitablemente. Fui a ver la floración de los cerezos en el mes de Marzo en varias ocasiones, allá por el Pleistoceno. Visitando lugares preciosos como Cabezuela del Valle, Piornal, Tornavacas... Y la comarca de la Vera, de donde es famoso el pimentón. En la mejor época del año para viajar, con buen tiempo y sin aglomeraciones turísticas. De esas escapadas familiares, rememoro una con especial cariño. Según mi experiencia, el éxito de un viaje depende más de la compañía que del lugar.

Es frecuente que un recuerdo te conduzca a otro. En este caso me traslada al mes que pasé en Jarandilla de la Vera en un internado de verano para estudiar inglés cuando tenía 16 años. Me encontraba en el límite de edad permitida, así que aproveché mi última oportunidad.

La residencia era espectacular, con piscina olímpica, bar y sala de cine.  Aunque teníamos clase con profesores nativos mañana y tarde, sobraban horas de asueto. Compartía habitación con tres chicas. Nos hicimos amigas y mantuvimos correspondencia durante un tiempo. Secretamente nos reíamos de una de ellas que no se integraba demasiado, una actitud que ahora lamento. Le pusimos un mote relacionado con su pueblo natal, por el que nos referíamos a ella entre nosotras. Paradójicamente, años después lo visité y me pareció precioso. Deseé encontrármela para saludarla con cariño y limpiar un poco mi conciencia.

Más que las clases recuerdo las risas, las amistades, alguna gamberrada como incursiones a la despensa para coger comida... Tanto va el cántaro a la fuente que un día nos pillaron. La directora, que era un poco Señorita Rottenmeier, nos llamó a capítulo, obligándonos a telefonear a nuestros padres para contárselo. Los míos estaban en Praga, así que “su gozo en un pozo”. Sé que lo que hicimos no fue correcto, pero estábamos acostumbrados a merendar y pasábamos hambre a media tarde.

Lo mejor eran las noches en las que nos permitían ir al pueblo, acompañados siempre de algún tutor. Había un bar de copas con música y un jardín interior que nos encantaba. No teníamos edad para beber alcohol, pero nos tomábamos un helado “soft” de máquina y éramos felices.

Había un chico que me gustaba, hermano de una de mis compañeras de habitación, aunque no pasó de la categoría de amigo. Supongo que se interpuso la timidez o el hecho de que vivir en ciudades diferentes era una barrera infranqueable.

Uno de mis recuerdos más bonitos es que presenté, junto con mi primo, la función de despedida. A pesar del pánico escénico que he tenido siempre, lo disfruté. Mis amigas me prestaron un vestido y unos zapatos acordes con el evento.

Jarandilla pasó a formar parte de las vivencias que más marcaron mi adolescencia. Volví muchas veces a Extremadura, tierra de conquistadores, paso de la Vía de la Plata y gran desconocida. Rebosante de encantos que quedaron impresos en mis retinas como la judería de Hervás, Trujillo, el meandro del Guadiana en Las Hurdes, el Arco romano de Caparra, el Parador de Plasencia, el teatro romano de Mérida, el Puente de Alcántara, el Parque Natural de Monfragüe, el licor de cerezas, las placitas de Zafra... Allí siempre me he sentido como en casa, pues es la comunidad que más se parece a Andalucía.

Esos tiempos pasaron, pero permanecen intactos en mi memoria. Cuando llega la primavera y florecen los cerezos, recuerdo esa tierra extremeña donde tantas veces fui feliz.

jueves, 9 de abril de 2026

Fines de semana mexicanos

 

Algunas circunstancias me han hecho evocar mis fines de semana durante el año que viví en México. Solía pasarlos completamente sola, con total libertad de movimientos. Para mí era una experiencia nueva, pues hasta ese momento había vivido con mi familia.

Trabajar a jornada completa comiendo en mi centro de trabajo también era novedoso. Como lo fue el poder dedicarme a la investigación histórica, aunque ya había sido becaria de algún proyecto. Disponer de mi propio despacho y elaborar un catálogo de pintura, en un país al otro lado del Atlántico, constituían estimulantes alicientes.  

Vivía sola a más de 9.000 kilómetros de España. Evidentemente echaba de menos a mi gente, mi tierra, ciertos hábitos... pero estaba encantada y aproveché esa maravillosa oportunidad todo lo que pude. Profesionalmente era un regalo, y personalmente aún más.

Nunca había viajado sola, ni tan lejos, ni por un periodo tan largo. Aunque tuve que enfrentarme a asuntos desconocidos, sentí un apoyo constante de mi entorno. Mis compañeros me recibieron con los brazos abiertos, convirtiéndose en amigos. Además tenía contactos en el país, lo que me proporcionaba una gran tranquilidad. Encontrarme con una cultura parecida a la mía, con gente extremadamente cálida y afable hizo que me sintiera cómoda e integrada. Estoy convencida de que tenemos más en común con un hispanoamericano que con un alemán.

Desde el viernes por la tarde hasta el lunes por la mañana era dueña absoluta de mi tiempo, lo que resultaba muy reconfortante. Al salir del trabajo compraba algún capricho apetitoso para el desayuno. Cuando llegaba a casa limpiaba para no tener que hacerlo el fin de semana. Tanto el sábado como el domingo iba a correr por la mañana temprano. Allí amanecía antes y la vida se adaptaba a las horas de luz como dicta el sentido común.

Zamora (Michoacán) era una ciudad pequeña, agrícola, con un centro histórico colonial lleno de puestecitos y comercios. Tenía un parque con una bonita catedral y un faraónico santuario neogótico que según las malas lenguas había sido financiado con dinero del “narco”.

Ocasionalmente se escuchaban noticias perturbadoras, pero siempre me sentí arropada y segura. Al anochecer la calle se quedaba casi vacía, por lo que no era recomendable salir sola. Además, no había muchos lugares a dónde ir. Por eso mis noches, exceptuando alguna reunión de sábado con amigos, eran caseras. Tenía lecturas y películas de sobra, Internet y televisión por cable. Una despensa llena y un apartamento mucho más grande que mi vivienda actual. En verano eché en falta esa vida nocturna de terrazas y gente paseando al fresco a la que estaba acostumbrada, pero me sentía tan a gusto en mi refugio que lo asumí con normalidad.

Pronto establecí una rutina de fin de semana no premeditada. Los sábados, tras ir a correr y ducharme, desayunaba sin prisa. Un capuccino, un zumo de naranja y tostadas hechas en sartén, pues no tenía tostador. Después salía a pasear y tiendear. Cada dos semanas llevaba mi ropa a la lavandería, ya que no tenía lavadora. En un par de horas la recogía limpia y doblada por un precio muy asequible.

Había multitud de puestos callejeros, de alimentación y mil cosas más: camisetas, discos, películas, artículos de cosmética... Incluso alguno que vendía objetos de plata (la plata mexicana es de la máxima pureza, 9.25, y bastante más barata que en España). Aquello estaba lleno de joyerías, que según se rumoreaba eran centros de lavado de dinero.

Tenía un mercado precioso, comercios donde vendían aguas de frutas o “paletas” (lo que aquí llamamos polos). Una quesería excelente, un puesto de churros similares a los españoles, y otro donde mi amigo Nacho (q.e.p.d.) vendía chicharrón (corteza de cerdo). Además tortillerías, tiendas “de abarrotes” (ultramarinos) en las que compraba rompope (un ponche que se solía tomar con gelatina de frutas). Lo había probado antes, pues lo elaboran las monjitas mexicanas de un convento de clausura del pueblecito blanco. En las calles se escuchaba música ranchera o “de bandas”, había una animación increíble.

Rara vez salía de casa los sábados por la tarde. Me echaba una buena siesta, veía películas... descansaba. Confirmé cuánto me gustaba la soledad y pensé que mi situación ideal sería vivir sola pero cerca de mi gente. La vida me concedió ese deseo.

Los domingos eran aún más tranquilos. Con frecuencia iba a un centro comercial y en ocasiones a una lechería que vendía helados y yogures artesanos deliciosos. A veces, sobretodo durante el primer mes en el que me alojé en un hotelito, me sentaba a tomarme una cerveza en algún bar agradable. Siempre llevaba conmigo algún libro o mi cuadernito para escribir mis impresiones, que no eran pocas. Enseguida advertí que no era habitual que una mujer entrara a un bar sola, pero poco me importaba.  

Un fin de semana al mes iba a Guadalajara (Jalisco), a casa de mi amiga Alma. Su círculo me acogió como una más. Me llevaron a conocer lugares bonitos, a comer en restaurantes típicos. A librerías, museos... El sábado por la noche asistíamos las reuniones culturales del “Ateneo” en el patio de la casa de su hermano. Acudían varios amigos y todos llevábamos algo de beber o picar, una costumbre muy mexicana. Escuchábamos música, poemas, pequeñas ponencias acerca de algún tema interesante... Y lo pasábamos genial.

Esporádicamente tengo algún fin de semana que me trae a la mente aquellos, salvando las distancias. Ya han pasado casi veinte años, pero tengo esa etapa muy presente porque significó mucho para mí. Adoro México. Su comida, su música, su cultura, pero sobre todo su gente. Y al escribir estas líneas me invade la nostalgia. Aprendí (entre otras muchas lecciones) que te puedes sentir en casa a muchos kilómetros de tu país. Y que me encanta vivir sola, en mi pequeño oasis de paz.

 

La escritura como terapia

  Cada maestrillo tiene su librillo, especialmente cuando la vida te pone piedras en el camino. Hay quien se lo guarda todo, quien necesita ...