No soy de leer más de un libro al mismo tiempo, y sin embargo las circunstancias me incitan a hacerlo. Supongo que en gran parte se debe a la cantidad de lecturas pendientes que tengo, un maravilloso privilegio en ocasiones abrumador. El tiempo libre es un bien escaso...
Empecé el año con las “Meditaciones” de Marco Aurelio, que adquirí en la librería más bonita de Granada, a la que no pretendo volver. Ahí lo dejo porque no es mi intención desprestigiar un negocio de libros, que bastante luchan por sobrevivir. Faltaría a la verdad si dijera que no lo estaba disfrutando, pero mi ansiedad lectora me impulsó a empezar una novela, que es mi género favorito. Cuando algo me gusta soy impaciente y voraz, así que le hinqué el diente a “El secreto de la asistenta”, pues la primera parte me había enganchado y estaba ávida por otra dosis. De sobra sé que carece de calidad literaria, pero de vez en cuando el cuerpo me pide bestsellers como me sucede con la “comida basura”.
Tomándole el gusto a la infidelidad, emprendí la lectura de “Érase una vez la taberna de Swan”, de Diane Setterfield. Se me antojó porque años atrás me había fascinado “El cuento número trece”. A mi juicio no está a la misma altura, pero es una historia bien escrita.
Además comencé a releer “¿De qué se ríe la Mona Lisa?”. También tengo a medias “El sabor del chocolate” y otro sobre la historia del perfume que adquirí en una tienda de segunda mano benéfica por un precio irrisorio.
Por otra parte, poseo miles (no exagero) de libros electrónicos que cubren sobradamente mis necesidades lectoras, pero que convierten en un gran dilema el hecho de escoger el siguiente. Como si entraras en la cueva de Alí Babá y pudieras llevarte lo que te diera la gana. O en la de Montecristo, que viene más al caso.
Tras pasearme por el París barroco de la mano de Alatriste, me sedujo “El verano de Cervantes” de Antonio Muñoz Molina (“el santo” de Elvira Lindo). Y como a veces un libro te conduce a otro, me hizo desembocar en “El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha”. Hacía tiempo que deseaba releerlo. Y lo estoy haciendo debutando en el mundo de los audiolibros por recomendación de una buena amiga. Aunque tenía mis reservas acerca de ese formato, me está resultando inesperadamente gratificante. Empiezo mis mañanas entre ventas, magos, galeotes, el yelmo de Mambrino, y el prodigioso bálsamo de Fierabrás. No cantaré sus excelencias por no caer en la obviedad, pero cuando el Caballero de la Triste Figura denomina a su amada: “Señora de mis pensamientos” lo siento suspirar.
Durante años me resistí al soporte electrónico, al que sucumbí alentada por mi media naranja. Y tengo que reconocer que es bastante más práctico. La pantalla retroiluminada me permite utilizarlo a oscuras y apenas pesa, por lo que es ideal para leer en la cama. A eso se une la ingente variedad de títulos de los que dispongo. Tales virtudes no impiden que cuando alguno de mis autores fetiche publica, la coleccionista bibliófila que habita en mí desee adquirirlo en papel. Nada puede sustituir el tacto y el aroma de la letra impresa.
Últimamente además me ha dado por hacerme con ediciones “bonitas” de mis libros favoritos. Muchos de ellos los tengo en formato de bolsillo, amarillentos por el tiempo (lo que no les resta encanto sino todo lo contrario), pero me apetece atesorarlos en pasta dura, con interesantes prólogos y un tamaño que facilite su lectura. Lo hice con “Canción de Navidad” de Dickens. Uno de los más recientes ha sido “Frankenstein” de Mary Shelley. La película de Guillermo del Toro ha resucitado en mi memoria la genial novela gótica que devoré en mi juventud, cuya autora escribió con la edad que yo tenía por ese entonces. Además, una querida amiga me comentó que la estaba leyendo y me dio envidia sana. Sólo el prólogo te atrapa como una tela de araña.
Tampoco he podido resistirme ante una de mis favoritas: “El retrato de Dorian Gray” aunque poseo más de un ejemplar (¿quién dice cuántos son suficientes?). Ahora que está de actualidad ansío volver a los páramos de “Cumbres borrascosas”. Y ya puestos, a la brumosa Manderley. Si es que la avidez lectora no tiene enmienda... Cuanto más tienes, más quieres.
También estoy anhelando sumergirme en el librito sobre el antiguo Egipto que “me encontró” en la Librería Picasso. Y en “La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio”, procedente de la tienda benéfica (y eso que no soy aficionada a comprar de segunda mano). De la feria del libro se vino conmigo “Las islas griegas” de Durrell y del rastro madrileño la narrativa completa de Hemingway.
Me esperan dos acertados regalos: “Hombre caído” de Fernando Aramburu y “Todo va a mejorar”, la obra póstuma de mi admirada Almudena Grandes (mi caótica afluencia de lecturas explica que aún no lo haya leído). Además, lo último de Foenkinos, Ken Follett, Murakami, Luis Landero, María Dueñas, Javier Castillo, Vargas Llosa, Jaime Bayly, Leonardo Padura, Arundhati Roy... El Premio Planeta, por muy comercial que sea (quiero tener mi propia opinión),“La península de las casas vacías”, que tanto me han recomendado, al igual que “Comerás flores”. Novedades a las que les tengo ganas como “Mamá está dormida” de Máximo Huerta (me encandiló su “pequeña librería”), “Bailando lo quitao” de Ana Milán. Me da igual si son más o menos mediáticos mientras me toquen el alma. Se me acumula el trabajo, pero que no falte.
Cada cual libra sus batallas e ilumina sus días como puede y quiere. Mis lecturas son mi ambrosía. El prodigioso manjar de los dioses que no me otorga la inmortalidad pero sí ingentes cantidades de felicidad.






