Algunas circunstancias me han hecho evocar mis fines de semana durante el año que viví en México. Solía pasarlos completamente sola, con total libertad de movimientos. Para mí era una experiencia nueva, pues hasta ese momento había vivido con mi familia.
Trabajar a jornada completa comiendo en mi centro de trabajo también era novedoso. Como lo fue el poder dedicarme a la investigación histórica, aunque ya había sido becaria de algún proyecto. Disponer de mi propio despacho y elaborar un catálogo de pintura, en un país al otro lado del Atlántico, constituían estimulantes alicientes.
Vivía sola a más de 9.000 kilómetros de España. Evidentemente echaba de menos a mi gente, mi tierra, ciertos hábitos... pero estaba encantada y aproveché esa maravillosa oportunidad todo lo que pude. Profesionalmente era un regalo, y personalmente aún más.
Nunca había viajado sola, ni tan lejos, ni por un periodo tan largo. Aunque tuve que enfrentarme a asuntos desconocidos, sentí un apoyo constante de mi entorno. Mis compañeros me recibieron con los brazos abiertos, convirtiéndose en amigos. Además tenía contactos en el país, lo que me proporcionaba una gran tranquilidad. Encontrarme con una cultura parecida a la mía, con gente extremadamente cálida y afable hizo que me sintiera cómoda e integrada. Estoy convencida de que tenemos más en común con un hispanoamericano que con un alemán.
Desde el viernes por la tarde hasta el lunes por la mañana era dueña absoluta de mi tiempo, lo que resultaba muy reconfortante. Al salir del trabajo compraba algún capricho apetitoso para el desayuno. Cuando llegaba a casa limpiaba para no tener que hacerlo el fin de semana. Tanto el sábado como el domingo iba a correr por la mañana temprano. Allí amanecía antes y la vida se adaptaba a las horas de luz como dicta el sentido común.
Zamora (Michoacán) era una ciudad pequeña, agrícola, con un centro histórico colonial lleno de puestecitos y comercios. Tenía un parque con una bonita catedral y un faraónico santuario neogótico que según las malas lenguas había sido financiado con dinero del “narco”.
Ocasionalmente se escuchaban noticias perturbadoras, pero siempre me sentí arropada y segura. Al anochecer la calle se quedaba casi vacía, por lo que no era recomendable salir sola. Además, no había muchos lugares a dónde ir. Por eso mis noches, exceptuando alguna reunión de sábado con amigos, eran caseras. Tenía lecturas y películas de sobra, Internet y televisión por cable. Una despensa llena y un apartamento mucho más grande que mi vivienda actual. En verano eché en falta esa vida nocturna de terrazas y gente paseando al fresco a la que estaba acostumbrada, pero me sentía tan a gusto en mi refugio que lo asumí con normalidad.
Pronto establecí una rutina de fin de semana no premeditada. Los sábados, tras ir a correr y ducharme, desayunaba sin prisa. Un capuccino, un zumo de naranja y tostadas hechas en sartén, pues no tenía tostador. Después salía a pasear y tiendear. Cada dos semanas llevaba mi ropa a la lavandería, ya que no tenía lavadora. En un par de horas la recogía limpia y doblada por un precio muy asequible.
Había multitud de puestos callejeros, de alimentación y mil cosas más: camisetas, discos, películas, artículos de cosmética... Incluso alguno que vendía objetos de plata (la plata mexicana es de la máxima pureza, 9.25, y bastante más barata que en España). Aquello estaba lleno de joyerías, que según se rumoreaba eran centros de lavado de dinero.
Tenía un mercado precioso, comercios donde vendían aguas de frutas o “paletas” (lo que aquí llamamos polos). Una quesería excelente, un puesto de churros similares a los españoles, y otro donde mi amigo Nacho (q.e.p.d.) vendía chicharrón (corteza de cerdo). Además tortillerías, tiendas “de abarrotes” (ultramarinos) en las que compraba rompope (un ponche que se solía tomar con gelatina de frutas). Lo había probado antes, pues lo elaboran las monjitas mexicanas de un convento de clausura del pueblecito blanco. En las calles se escuchaba música ranchera o “de bandas”, había una animación increíble.
Rara vez salía de casa los sábados por la tarde. Me echaba una buena siesta, veía películas... descansaba. Confirmé cuánto me gustaba la soledad y pensé que mi situación ideal sería vivir sola pero cerca de mi gente. La vida me concedió ese deseo.
Los domingos eran aún más tranquilos. Con frecuencia iba a un centro comercial y en ocasiones a una lechería que vendía helados y yogures artesanos deliciosos. A veces, sobretodo durante el primer mes en el que me alojé en un hotelito, me sentaba a tomarme una cerveza en algún bar agradable. Siempre llevaba conmigo algún libro o mi cuadernito para escribir mis impresiones, que no eran pocas. Enseguida advertí que no era habitual que una mujer entrara a un bar sola, pero poco me importaba.
Un fin de semana al mes iba a Guadalajara (Jalisco), a casa de mi amiga Alma. Su círculo me acogió como una más. Me llevaron a conocer lugares bonitos, a comer en restaurantes típicos. A librerías, museos... El sábado por la noche asistíamos las reuniones culturales del “Ateneo” en el patio de la casa de su hermano. Acudían varios amigos y todos llevábamos algo de beber o picar, una costumbre muy mexicana. Escuchábamos música, poemas, pequeñas ponencias acerca de algún tema interesante... Y lo pasábamos genial.
Esporádicamente tengo algún fin de semana que me trae a la mente aquellos, salvando las distancias. Ya han pasado casi veinte años, pero tengo esa etapa muy presente porque significó mucho para mí. Adoro México. Su comida, su música, su cultura, pero sobre todo su gente. Y al escribir estas líneas me invade la nostalgia. Aprendí (entre otras muchas lecciones) que te puedes sentir en casa a muchos kilómetros de tu país. Y que me encanta vivir sola, en mi pequeño oasis de paz.






