En estos tiempos convulsos en los que presenciamos oleadas de odio, me vienen a la memoria épocas en las que la convivencia entre diferentes culturas fue relativamente armónica. la palabra clave es “Respeto”, un derecho elemental a menudo pisoteado por la xenofobia y la intolerancia.
No mencionaré a los oligarcas ni los intereses que subyacen bajo los conflictos babilónicos. Me limitaré a recordar que no siempre el color de la piel o el credo religioso fueron motivo de discriminación.
Así sucedió en ciudades como Toledo o Granada antes de la Reconquista. Una especie de Arcadia idílica como la “Utopía” de Tomás Moro, en la que cohabitaban cristianos, judíos y musulmanes de forma pacífica.
Toledo, capital del reino visigodo, era conocida como “La ciudad de las tres culturas”. En su Escuela de Traductores, eruditos cristianos, judíos y musulmanes trabajaron codo con codo traduciendo textos latinos. Durante siglos adeptos a los tres cultos religiosos convivieron respetando sus creencias y costumbres.
Bajo el reinado Nazarí de Granada, último reducto árabe de España, los musulmanes compartieron cordialmente el espacio con cristianos y judíos hasta 1492. Novelas como “A la sombra del Granado” de Tariq Alí o “El manuscrito carmesí” de Antonio Gala retratan ese periodo. Algunos historiadores afirman que la convivencia no fue tan pacífica, sin embargo me sigue pareciendo un logro en la oscurantista Edad Media.
Juan Latino fue el primer catedrático universitario de raza negra en el siglo XVI. Lo conocí a través de una novela de José Vicente Pascual. Era hijo de una esclava negra africana. Siendo muy joven su familia se instaló en Granada y fue comprado por la hija del Gran Capitán, (Gonzalo Fernández de Córdova) y su marido el Duque de Sessa. Estableció una gran amistad con el hijo de sus señores, Gonzalo, participando de las lecciones que éste recibía. Cuando “su amo” iba a la Universidad Juan escuchaba las clases fuera del aula, pues no le estaba permitida la entrada.
Protegido por varios arzobispos, don Juan de Austria y el presidente de la Real Chancillería Pedro de Deza, obtuvo el título de bachiller en Filosofía. Acabó casándose con una de sus alumnas, la joven noble Ana de Carleval, y obteniendo la libertad como regalo de bodas.
Poeta y humanista, mantuvo contacto con San Juan de la Cruz y Garcilaso de la Vega. Durante veinte años desempeñó la Cátedra de Gramática y Lengua latina en la Universidad de Granada, siendo respetado y admirado por la sociedad granadina. Evidenciando que con el deseo de aprender, los contactos adecuados y una dosis de suerte, se pueden romper los techos de cristal y alterar el orden establecido.
También tenemos a Juan de Pareja, esclavo morisco y mestizo ayudante del pintor Diego Velázquez. Aprendió a pintar a escondidas, hasta que casualmente Felipe IV descubrió una de sus pinturas y le pidió a su pintor de cámara a que le concediera la libertad. En Roma Velázquez pintó su magistral retrato, que se exhibe en el Metropolitan Museum de Nueva York. Ese mismo año (1649) firmó su carta de libertad. Entonces Juan pudo dedicarse a la pintura, siguiendo la estela de su maestro aunque con mayor barroquismo y luminosidad.
Recordemos que España no estableció en América colonias sino virreinatos. Los indígenas eran ciudadanos libres súbditos de la Corona de Castilla como dictaminó Isabel la Católica (ese “tanto monta, monta tanto” me parece un prodigio de equidad). El mestizaje constituyó los pilares de la nueva sociedad. Se dieron casos de ascenso social como los de los afamados pintores Juan Correa (mulato) y Miguel Cabrera (mestizo). Como refleja la “Pintura de castas”, las distintas etnias del reino se mezclaban dando lugar a una variopinta interracialidad.
La diversidad enriquece, todos somos iguales a los ojos de Dios. Como cantaba Antonio Machín, “que también van al cielo, todos los negritos buenos”. La intolerancia étnica o religiosa revela mentes retrógradas y corazones insensibles. Me parece una prepotencia absurda creer que una raza es mejor que otra.
Líderes como Mandela, Martin Luther King, Gandhi o Obama desafiaron al racismo, demostrando que la valía de una persona no radica en el color de su piel. Más mérito tuvo Rigoberta Menchú, activista indígena galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 1992.
“Contamíname, mézclate conmigo. Que bajo mi rama tendrás abrigo”, cantaban Víctor Manuel y Ana Belén elogiando el mestizaje cultural. Una oda a la tolerancia que habría evitado grandes genocidios. Si escarbamos entre nuestros ancestros, nos sorprenderíamos. “Sólo le pido a Dios que lo injusto no me sea indiferente”... Ojalá que la paz y el respeto fueran siempre prioritarios. Que se antepusiera el alma del ser humano a su apariencia o procedencia.






