Uno de los mejores regalos que ofrece cumplir años es que te vas conociendo mejor. Además, la alternativa no suena tentadora. Desde niña me inculcaron las costumbres de mi tierra. Vengo de una familia que sin ser especialmente convencional (padres microbiólogos, muy viajeros, de mente abierta), ha celebrado siempre las fiestas enmarcadas en la tradición judeocristiana (sobre todo Semana Santa y Navidad). Quiero decir, otorgándoles su sentido religioso además del folclórico que en ocasiones enmascara su auténtico trasfondo.
Me interesan las raíces, la cultura. La historia de los pueblos, su patrimonio material e inmaterial. Me siento más andaluza que española y más española que europea. Y por encima de todo, granadina. Me encanta formar parte de esas festividades, no quiero que pasen sin pena ni gloria. Tengo mucho arraigo local, estoy muy orgullosa de donde vengo. Nuestras tradiciones me conectan con mi esencia, con mis antepasados y con mis paisanos. Forman parte de la idiosincrasia que me define. Como creyente que soy, les encuentro un profundo significado. Además, atesoro una bonita colección de recuerdos de todas ellas.
Una de las que más disfruto es la semana del Corpus Christi, cuya celebración se remonta al siglo XVI. Fue instaurada por los Reyes Católicos en honor del sacramento de la Eucaristía (By the way, qué joyita “Isabel la Gatólica. Reina de Catstilla”, escrito por mi amigo Antonio Callejón). Son las fiestas de Granada y caen en mi época favorita del año. Justo dos meses después de la luna llena del Jueves Santo, por lo general en Junio. En plena primavera, coincidiendo con el inicio del buen tiempo. Cuando te vas desprendiendo de capas de ropa, los días son largos y luminosos. El aire huele a flores, las calles vibran con una alegría diferente. Dan ganas de salir, de sacudirse la modorra invernal y disfrutar de las terracitas.
No negaré que los cinco días de vacaciones que obtengo esa semana son un reclamo irresistible. Sobre todo bajo circunstancias que los convierten en una terapia que mi cuerpo y mi mente necesitan. Además, se inaugura la feria a la que me encanta asistir al menos un día. Tomar un rebujito escuchando sevillanas, recorrer su zona lúdica y admirar su alumbrado. No tenemos “feria de día” como nuestros vecinos malagueños, pero el centro se llena de puestos, actividades festivas y culturales. En la Plaza Bibrambla colocan las típicas carocas, haciendo rimas sobre asuntos de actualidad. Y tienen lugar las mejores corridas de toros, aunque no soy taurina como mi bisabuelo Miguel.
Lo más bonito y solemne es la procesión de la Custodia de la Catedral, que recorre el centro urbano la mañana del jueves de Corpus. Mi abuela decía: “Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol. Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Según cuentan en otros tiempos era habitual estrenar ropa ese día tan señalado. Pero la gente más mayor se sigue arreglando para ver la procesión en señal de respeto.
Cuando estaba en el colegio, el miércoles de Corpus nos dejaban ir “con ropa de calle” y salir a media mañana para ver la Tarasca. Un desfile en el que una maniquí vestida a la moda sobre un dragón mitológico que simboliza el triunfo del bien sobre el mal (como en las pinturas de la Inmaculada Concepción) recorre las calles del centro junto a un cortejo de Gigantes y Cabezudos. La manifestación profana que precede a la religiosa.
Hace unos años mi editorial me invitó a firmar en la feria del libro de Madrid. El día del Corpus, de camino a la estación, pasé por las calles engalanadas con flores, mantones y altaritos que instalan en el recorrido de la procesión. Con una sensación ambivalente: de ilusión porque iba a hacer un sueño realidad, y de tristeza por perderme todo aquello. Pero de momento no somos omnipresentes.
Cuando viví en México lindo añoré el Corpus Christi granadino, pero tuve la suerte de que un buen samaritano me enviara magníficas fotos que consiguieron paliar mi nostalgia y hacerme partícipe de ese día tan nuestro. Es curioso cómo la distancia te incita a idealizar y a poner en valor lo que antes dabas por hecho. Tu ciudad, tus afectos, esos días que siempre has celebrado.
Otros años he ido a mi Medina, donde también tienen una preciosa Custodia que procesiona el domingo en lugar del jueves. Y la primavera allí es tan maravillosa como tuve la gran fortuna de constatar recientemente el pasado mes de Abril cuando fui a dar una conferencia.
Este Corpus (la semana que viene) me escaparé a la playa con mi novio, no sin antes haber visitado el ferial. Nos vendrá genial un poco de solecito, que estamos aclorofílicos. Anhelo esos días de paz junto al mar, de horas libres, de microcosmos sedante en el que no soy rehén de las obligaciones. Una deliciosa desconexión que en honor a la verdad me he ganado. Porque no está siendo un año fácil, pero esa es otra historia. Ahora toca gozar un poquito de la parte bonita de la vida para no olvidar que existe.






