Siempre me ha fascinado la cultura milenaria del antiguo Egipto. Esas tumbas faraónicas en forma de pirámides, hipogeos y mastabas. Los monumentales templos. Su peculiar forma de entender la muerte. Sin duda influyó en mi decisión de escoger la carrera de Historia, aunque no me especialicé en arqueología.
La cuna de la civilización es Mesopotamia, pero el nivel de desarrollo de la egipcia la supera con creces. Sentó las bases milenios antes que el mundo grecolatino. Elevó la momificación al nivel de arte, basándose en la creencia de que el cuerpo humano debía preservarse para la vida eterna. Guardando los órganos internos en los vasos canopos como narran Herodoto y el “Libro de los muertos”. Los suntuosos ajuares funerarios, un culto al “más allá” del que bebe la tradición judeocristiana. Veían la muerte como un tránsito hacia otra etapa. En el Juicio de Osiris se pesaba el corazón del difunto en una balanza junto a una pluma que simbolizaba la verdad. Si era más liviano, accedía al paraíso (los Elíseos para los romanos o el cielo para los cristianos).
Su vida se regía por las crecidas del Nilo. Idearon innovadores sistemas de irrigación. La escritura jeroglífica, el arado, el papel de papiro, el preservativo o el calendario solar. Aportaron avances en astronomía, medicina e ingeniería.
Mostraron un alto refinamiento en el cuidado personal, con cosméticos para maquillarse y perfumarse. Desodorantes, cepillos y pastas de dientes, pelucas de pelo natural... Hasta practicaban la depilación y la manicura. La higiene me parece un indicativo del nivel de desarrollo, y estos se llevan la palma de la sofisticación.
La biblioteca de Alejandría era el epicentro del saber de la antigüedad. Y su faro, una de las maravillas del mundo antiguo igual que las pirámides de Giza.
Muy joven encontré una revista que incluía un reportaje sobre el descubrimiento de la tumba de Tutankamon. La pregunta de Lord Carnarvon: “¿Ve usted algo?” a Howard Carter en 1922 cuando se asomó a una abertura iluminada por una vela y su respuesta: “¡Sí, cosas maravillosas!” me parece uno de los momentos estelares de la Historia. La Tutmanía estaba servida.
Confieso que me intrigó la “maldición de los faraones” que supuestamente se llevó por delante a varios de los involucrados en el hallazgo arqueológico. Escritores como Sir Arthur Conan Doyle difundieron que en las tumbas había inscripciones que amenazaban a los profanadores. Carter sin embargo se mostró escéptico. Mito o realidad, las historias de saqueadores de tumbas están indisolublemente unidas a la cultura egipcia. La novelista Marie Corelli publicó en el New York Times que se había encontrado una pieza de cerámica en la cámara funeraria de Tutankamon con la inscripción: “La muerte tocará con sus alas a todo aquel que ose despertar del sueño eterno al faraón”. Una excelente estrategia disuasoria. La versión más empírica atribuye las muertes al hongo Aspergillus.
Abundan los enigmas sobre las pirámides y sus cámaras ocultas. Su alineación astronómica y precisión geométrica parecen de otro mundo. Ignoro donde termina la ciencia y empieza la magia.
Una amiga me prestó “La esfinge” de Robin Cook en mi adolescencia. Me enganchó de principio a fin reavivando mi pasión por la egiptología. Y lo más importante, fue el detonante para convertirme en lectora compulsiva. Posteriormente leí a Terenci Moix, “Marco Antonio y Cleopatra” de Shakespeare, “Muerte en el Nilo” de Agatha Christie, “Sinuhé el egipcio” y “La momia” de Anne Rice. Titulé mi primera novela “El ojo de Anubis”, con eso lo digo todo.
En el pabellón de Egipto de la Expo de Sevilla adquirí varios papiros y un libro. Después tuve en mi poder otro aún más espectacular, pero se lo presté a la persona inadecuada, perdiéndolo para siempre.
Mi sueño de viajar a Egipto por fin se ha convertido en realidad. Cuatro días de crucero por el Nilo y tres en El Cairo. He vuelto más enamorada de lo que ya estaba. Aunque conocer una civilización de más de 5.000 años en una semana es una quimera, he visto maravillas como Carter: Luxor, el Valle de los Reyes (con la momia del “Rey Niño”), los templos de Karnak, Kom Ombo, Abu Simbel, Hatshepsut, el poblado nubio... Además de la esfinge y las pirámides de Giza.
El remate fue el Gran Museo Egipcio, una obra faraónica con más de 100.000 piezas incluyendo los tesoros encontrados en el enterramiento de Tutankamon. Una deslumbrante cápsula del tiempo con cantidades ingentes de oro macizo y la máscara funeraria más famosa del mundo. Sigo con el Síndrome de Stendhal y sonrío al pensar que lo que han visto estos ojos permanecerá por siempre en sus retinas.






