viernes, 28 de agosto de 2026

Un dulce olor a flores

 

El ocaso de Agosto está invariablemente impregnado de aires de transición. Vivimos entre cimas y valles, a menudo de forma cíclica. Y cada etapa del trayecto es necesaria. El cambio te confiere perspectiva, una mirada más lúcida sobre el pasado. Te retroalimentas evocando momentos en los que el mundo era más bonito, la savia del espíritu. Regalan esperanza, dejan una reconfortante impronta. Son cápsulas energéticas para afrontar los tramos escarpados.

La expectativa de que algo ilusionante flota en aire exacerba las ganas de vivir. Te permites fantasear con lo que promete alegrías.  Los proyectos dan sentido a las cotidianidades, estímulos que edulcoran las realidades ingratas. Constatas que el tiempo sentencia, situando todo en su correcta dimensión. 

La ruptura es cada vez menos abrupta. El retorno a “la normalidad” poco tiene que ver con esos veranos en los que la reentrada en la atmósfera era casi traumática. La expulsión del paraíso, aunque trataras de encontrarle alicientes. La vida adulta es más lineal, la interrupción de las ocupaciones es tan efímera que se revaloriza como un bien escaso. Y este año llegó como agua de Mayo.

De nada sirve anhelar tiempos mejores o quejarse de que ese delicioso tiempo sin horarios dura lo que un suspiro. Fue maravillosamente reparador. La mente encontró la calma. Su recuerdo permanece como la estela de un buen perfume. Además, la certeza de que aún quedan algunas dosis de ambrosía subyace en la dinámica de cotidianidades que te atrapa como una planta carnívora.

Aunque tu vida continúe sin demasiados vaivenes, la sociedad se empeña en recordarte que estás transitando hacia otro escenario en el que el ocio está dosificado. Que durará como un invierno en Groenlandia. Afortunadamente no siento el vértigo ni la pereza que me solía inspirar. Aunque prefiera el clima cálido y luminoso, entregarme al breve goce de las maravillas estivales, no me preocupa adentrarme en el ecosistema otoñal. Incluye nuevos alicientes, antídotos contra el desencanto.

Y si la nostalgia acecha no tengo más que cerrar los ojos y evocar momentos recientes en los que las sonrisas fluían como agua de manantial. Aunque no fueran más que unas pocas semanas, saboreé cada segundo, coleccionando recuerdos preciosos.

Mi pueblecito blanco, las cenas en una terraza viendo la vida pasar. El Jerez bodeguero, la Basílica de El Puerto de Santa María, atestada de tesoros como la cueva de Alí Babá. Una fritura de pescado en la Cádiz marinera y trimilenaria, el Sanlúcar antiguo con un helado de limón en la mano. El agua prístina de una piscina, las olas acariciándome los pies. Esa playa de El Palmar que obsequia años de vida. Las risas con mis niños queridos, una procesión ancestral. Una fideuá, una barbacoa. “Pasión india”, “La necesidad de amar”, el reencuentro con “Una habitación propia”. La mágica “Noche de luz y color”. Un mollete con jamón en ruta, unas zamburiñas, un Godello fresquito, las mantecadas de Astorga que se deshacen en el paladar.


Observar el cielo a la caza de las Perseidas, un eclipse memorable en las montañas leonesas. Tardes de cine en familia. La muralla romana de Lugo, el sonido de una gaita, volver a la Plaza del Obradoiro. Carmiña, “Los hijos del buen pulpo”, la Casa de la Troya, una pulsera de plata. O Cebreiro y su ermita románica, el Valle de Ancares. El castillo medieval de Ponferrada, el núcleo monumental de Cáceres. Un aluvión de imágenes que me cuentan lo privilegiada que fui y soy.

Y por encima de todo ello, compartirlo con personas que me quieren. Honestas, generosas, inspiradoras. Bálsamos para el alma, antídotos contra la desesperanza. Rayitos de luz que iluminan mi camino.

Esa alquimia de ingredientes portentosos que como en el cuento “El mar del tiempo perdido” de García Márquez inunda los pulmones de un inconfundible olor a rosas. Según Gabo “no puede ser sino un aviso de Dios”. Un Dios que todo lo ve y conspira a tu favor. Efluvios que perduran pintando el mundo de colores bonitos.

Aunque las circunstancias cambien, en mi recorrido hay parámetros inmutables. Algunos ligados a disciplina que como dice Carmen Posadas tiene más fuerza que la voluntad. Remansos de paz en los días más turbulentos. Vías de escape. Confianza en lo que vendrá.

“Mano que da nunca se queda vacía”. Atesoro esa frase como todo lo que me aporta paz. Cuando actúas con integridad no te equivocas. Un antepasado mío escribió un libro destinado a sus descendientes en el que les trasmitía enseñanzas vitales con objeto de hacerles la vida más fácil. Mi manual de instrucciones es el ejemplo de quienes me precedieron. Voy corrigiendo el rumbo sin perder de vista el horizonte, sorteando las corrientes, llenando la mochila de recuerdos dulces como el almíbar. Cada día más selectiva con mi tiempo y mis compañías. Anhelando puertos en los que me apetezca fondear.

martes, 28 de julio de 2026

Veraneo


Cuando llega alguna de las sucesivas olas de calor (por no decir tsunamis) se alzan voces proclamando: “¿No queríais veranito? Aquí lo tenéis”. Obviamente a nadie le gusta que la calle se convierta en el infierno de Dante. Ni esas asfixiantes noches tropicales en el sur de esta España mía, esta España nuestra. Pero si ese es el peaje que hay que pagar, lo pago. No negaré que ir a trabajar con 40º a la sombra es la muerte a escobazos. La ducha cuando regreso a casa cobra unas dimensiones taumatúrgicas.

Supongo que la mayoría lo anhelamos todo el año, aunque también es cierto que genera unas expectativas que no siempre se ven cubiertas. Es una época envuelta en idealización. Toca viajar, salir, disfrutar... Y por lo general solo se consigue parcialmente. Aún así mis veranos incluyen dosis revitalizantes. Al menos la plácida sensación de que puedes permitirte bajar un poco el ritmo.

El verano me huele a crema Nivea, a cloro de piscina, a casa antigua. Lo asocio al sonido de las chicharras y grillos nocturnos. A siestas largas, charlas bajo un manto de estrellas, una cervecita en una terraza. Un helado. Un cucurucho de camarones. Sandalias, piel bronceada.

Me vienen a la mente los divertidos artículos que publicaba Elvira Lindo titulados “Tinto de verano”, narrando las andanzas con “su santo” en el chalet de El Escorial. Y esos magistrales textos que escribía Almudena Grandes desde su atalaya roteña. También “Los barcos se pierden en tierra” de Pérez-Reverte, que no me canso de releer. O su “Carta esférica”. “Son de mar” de Manuel Vicent, “El jardín del Edén” o “El viejo y el mar” de Hemingway. Stevenson, Melville, Conrad. No me decanto por los bestsellers en verano, pero me tientan las historias ambientadas en el mar. Y películas preciosas como “La vida de Pi”, “La joven y el mar” , “Mediterráneo”. O las más vetustas “Capri”, “Atrapa a un ladrón”. Sin olvidar esos estremecedores acordes del maestro John Williams en “Tiburón”.

Me fascina el espejismo psicológico que te hace creer que el día es más largo. El airecillo matutino en las antípodas de la oscuridad y el frío siberiano invernales. Las noches a la intemperie cuando la canícula no se ceba con los pobres mortales. Esos benditos ratos que se pueden disfrutar sin la tiranía del reloj. Las terrazas, los transeúntes paseando a la caída del sol. El ánimo colectivo. Vestirse con menos capas, las ganas de acicalarse. Las ciudades semi desiertas, la vida en pausa.

En el verano andaluz, quien tiene una piscina tiene un tesoro. Por suerte pertenezco al grupo de los privilegiados. Además de su cometido obvio, involucra una liturgia que incluye tomar el sol, socializar, relajarte. Y ese frescor que se infiltra bajo la piel.

La joya de la corona son las vacaciones, evidentemente. Estudiantes y trabajadores necesitamos un descanso como el respirar. Además, con las altas temperaturas cuesta hasta pensar. Cuando se acercan voy tachando días como los presos. Ya te he tenido degustación, pero demasiado efímera.

La democratización del turismo y los retiros estivales constituyen la esencia vacacional. El concepto “veranear” implica trasladarse. No basta con dejar de trabajar. Para desconectar el cambio de escenario es fundamental, romper con ciertas rutinas. La época de los grandes viajes quedó en el recuerdo, pero a veces cae alguno. Afortunadamente cuento con dos baluartes de felicidad: la costa y mi pueblecito blanco.


El mar es el paradigma del deleite estival, el mejor escenario para resetearte. Fuente de bienestar como los balnearios decimonónicos. Aunque mi litoral favorito es el gaditano, frecuento más el granadino. Adoro el olor marino, la serenidad y la buena energía tras una jornada playera. Conocí a alguien que conducía a diario más de dos horas para disfrutar de una tarde de la playa. En ese entonces me costaba entenderlo, sin embargo hoy a mí también me compensaría.

Medina Sidonia es un precioso pueblo bañado por la luz de Cádiz del proceden parte de mis ancestros. Tiene algo que atrapa, además de un pasado fascinante. Cada mes de Agosto acudo ilusionada a la casa dieciochesca distribuida entorno a un patio andaluz. Una residencia de verano con un microclima privilegiado gracias a su arquitectura encalada y muros gruesos. Mi mente novelera recuerda la lorquiana Huerta de San Vicente o la del Gatopardo en Donnafugata. La mía está cargada de entrañables recuerdos, tradición y familiaridad. Es una atalaya de paz a media hora de las mejores playas.

Las lecturas vacacionales están impregnadas de una calma inusual, lo que enfatiza su disfrute. Como las largas siestas sin alarma. En la cama, dulce refugio durante las tardes soporíferas en las que sucumbo a los tentadores brazos de Morfeo. Y las noches al aire libre, la quintaesencia estival.

Agosto promete descanso y desconexión. Confirmando una vez más que el verano es (incomodidades aparte) el tiempo de la felicidad (como la inolvidable película de Manuel Iborra). Un reparador interludio para sacudirse el agotamiento de todo un año y entregarse a los mayores placeres de la vida.

 

viernes, 17 de julio de 2026

La buena vida

 

Lo confieso, soy bastante sibaritilla. Me explico, porque esto tiene un enfoque subjetivo. Obviamente a todos nos gusta lo mejor, a nadie le amarga un dulce. Gozamos de la abundancia y el divertimento (a quién no le va a gustar un imperio romano...), pero me refiero más bien a pequeños placeres, no siempre ligados al valor material.

Disfruto intensamente situaciones más asequibles como un atardecer en la playa, el café de la mañana,  escuchar llover estando en la cama o una siesta sin poner la alarma. Me inyectan una dosis concentrada de bienestar, a veces perentoria. Contribuyen a equilibrar la balanza, aunque diría que el atractivo radica en su componente efímero y excepcional.

Nadie duda que la buena vida es la octava maravilla, pero está llena de matices personales. Yo puedo ser más feliz unos días en un pueblo andaluz que viajando a un destino exótico. Aunque no reniego de la semana que pasé en un resort “todo incluido” caribeño, a cuerpo de rey. Quiero decir que prefiero un huevo frito con patatas a supuestas “delicatessen” como las ostras o el caviar. Lo selecto no me cautiva por sistema.

Podría afirmar sin faltar a la verdad que los verdaderos lujos son la salud, la familia, tener un techo, un trabajo, comida en la nevera, permitirte un capricho de vez en cuando... Pero tópicos aparte, tampoco van por ahí los tiros.

A menudo la clave está en la compañía. A veces se trata de una conjunción de factores. Los planetas se alinean, el viento sopla a favor, y hay que aprovechar esas coyunturas como un faro durante la tormenta.

Cuando estoy totalmente a gusto, feliz y relajada le llamo “Vida Malibú”. Se sustenta en un estado de relax en el que el cortisol baja, puedo permitirme ignorar el reloj y el ambiente que me rodea es una delicia para los sentidos. No implica yates ni restaurantes con Estrella Michelin, sino algo menos opulento: el placer de no madrugar, disponer de días libres e invertirlos donde me apetece, con quien deseo. En esas circunstancias me encantaría detener el tiempo, aunque soy consciente de su naturaleza fugaz.



La magia de lo cotidiano es a veces la mejor. El encanto de las cosas simples está subestimado. Estar en mi destino favorito contemplando la puesta de sol. Las risas, una conversación profunda. Una chimenea en invierno, un jacuzzi o una piscina de aguas cristalinas cuando el calor sofoca. El rumor de las olas, el sonido del riachuelo mientras siento el aire fresco de la mañana.  Una terraza en una noche de verano. Dormir sobre sábanas recién lavadas, ver las Perseidas y pedir un deseo cada vez que una atraviesa el cielo. Escribir algo tal y como lo tenía en mi cabeza. Que caiga un diluvio estando en casa. El primer helado de la temporada. El día antes de un viaje. Despertar y darme cuenta de que es sábado. El abrazo de un ser querido. Viajar en coche escuchando una música que me gusta. Estrenar algo. Un chocolate caliente cuando necesito calentarme, un objetivo cumplido, un cava frío como aperitivo. La visita anual a un hammam con mi mejor amiga. Una ducha después de hacer deporte... Podría seguir eternamente.

En ocasiones disfruto más planificando algo que realizándolo. Aprecio los detalles y soy capaz de gozar con poco. Puedo ser la más feliz del mundo viendo una de mis películas favoritas tumbada en el sofá de mi casa.

Tengo algo de hedonista. Bien entendida, me parece una postura inteligente. Trato de buscar la felicidad, de paladear momentos que me hacen sonreír el alma. Como cuando te comes algo rico muy despacito para que dure más. De ser consciente de ellos cuando se producen y vivirlos con los cinco sentidos. En el caso de Oscar Wilde era una filosofía de vida. Coincido con él en la búsqueda de la belleza, sin llegar al paroxismo como Dorian Gray. Más bien en la línea del Síndrome de Stendhal y en el marco de unos principios morales.

Valoro profundamente lo que tiene un componente puramente estético o sensorial. La presentación, la conjunción de factores que hace que un acto o un lugar sea sublime. Me compensa tomarme un café en un parador aunque me cueste el doble, porque soy consciente de que el lugar también se paga y lo hago con gusto.

En la antigüedad clásica lo tenían cristalino. Los egipcios se maquillaban, los griegos inventaron la calefacción, los romanos las termas como espacio de relax y socialización o el triclinium para comer tumbados. El filósofo griego Epicuro propugnaba buscar el placer y evitar el dolor de una forma racional, sin excesos. Por no hablar del lujo asiático. Los jardines llenos de fuentes en los que siempre se escuchaba el murmullo del agua y al anochecer se respiraban los efluvios de flores y plantas aromáticas.

Vivimos tiempos de satisfacción inmediata. Y esa ansiedad nos roba parte del disfrute, pues en gran medida se encuentra en la espera de algo bueno que sabes que va a suceder o en la expectativa de que suceda. Como todo, el secreto está en el balance.

He tenido la suerte de conocer de cerca a personas disfrutonas. No “bon vivant”, ni frívolas, ni mucho menos vagas. Sino con una extraordinaria capacidad de disfrutar de una escapada, una reunión familiar, una comida... Dotadas de un entusiasmo especial, agradecidas y muy generosas en todos los sentidos. Dueñas de un entusiasmo contagioso. Eso sí que son “personas vitamina”, cuya cercanía es sanadora.

A menudo estamos tan sometidos a las rutinas y el agobio, que no somos conscientes de esos sencillos gestos que podrían hacernos sentir mucho mejor. Esperas aires de cambio, cumplir sueños, y mientras tanto el tiempo se escapa como agua entre los dedos. El futuro es lo que haces hoy.

Momentos que podrían haber sido maravillosos se vieron empañados por las circunstancias (unas veces propias y otras ajenas). Vistos con perspectiva lamento que un determinado estado de ánimo me impidiera apreciar lo bonitos que eran. Esas vivencias enseñan. Hay que disfrutar de los instantes en los que fluye la magia, porque la felicidad es una brisa que te acaricia el rostro de vez en cuando. Y como la suerte, hay que buscarla. No existe una vida libre de preocupaciones, pero el mayor lujo es estar en paz. Con un poquito de hedonismo, que arroje luz sobre las sombras.

jueves, 2 de julio de 2026

Pasiones


Al igual que la piel, el alma también tiene memoria. Diría que la más profunda y selectiva de todas. Tendemos a recordar más lo bueno como estrategia inconsciente de supervivencia. García Márquez lo expresó de maravilla: "la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado".

A veces el olvido es salvación. No siempre se logra, pero el tiempo concede una perspectiva relativizadora para que las adversidades no se conviertan en un lastre ponzoñoso.

Lo que se hace deja una impronta. Imprime carácter, como los sacramentos. Vas descubriendo lo que te acelera los latidos del corazón, cuales son tus cápsulas de felicidad. La vida nos conduce por caminos inesperados, sin embargo acabamos retornando a lo que conforma nuestra esencia. Como el hilo invisible que te une a las personas que quieres, a los lugares donde fuiste feliz o a los recuerdos que se escribieron en el corazón con tinta indeleble.

Cuando haces algo que te motiva tu cerebro se inunda de dopamina, indicándote que es la vía correcta. El entusiasmo lo reviste de magia. Al igual que un río, esa vocación discurre por sinuosos vericuetos pero busca su cauce.

Si disfrutas con una actividad, probablemente cuando la añoranza pese más que las circunstancias busques la forma de retomarla. Siempre encontramos la forma de hacer lo que amamos. Acumulas un bagaje que te define. Eres lo que eres por las vivencias, la genética y las decisiones tomadas. Lo que un día te cautivó sembró una semilla que con un poquito de agua germinará.

Como dicen en la magistral película “El secreto de sus ojos”, uno puede cambiar de casa, de familia, de religión, pero nunca de pasión. Cuando descubres mundos deslumbrantes renunciar a ellos sería traicionarte a ti misma. El tiempo se pierde, se gasta o se invierte. La vida es demasiado breve para dedicarla a lo que no te importa. Y esa certeza se afianza con el paso de los años, porque sabes que te quedan menos.

Entregarte a tus pasiones es un ingrediente esencial de la receta de la felicidad. Son las luces que contrarrestan las sombras. Vivimos sometidos a obligaciones, el tiempo libre es un bien escaso. Pero  siempre se puede encontrar si te compensa.

Amo viajar, el cine, leer y escribir. Todo lo que me supone un estímulo intelectual y/o estético atrapa mi atención. Dicen que la cultura es lo que queda cuando olvidas lo que has aprendido. Ese barniz que te aportan las lecturas, los viajes, las experiencias y las relaciones personales cuando te enriquecen. Aquello que estimula tu intelecto deja un poso. Te va moldeando en alguien con mayor amplitud de miras y capacidad de criterio. Cuanto más sabes más consciente eres de lo que ignoras. La inquietud de aprender te acompaña de por vida.


El psiquiatra Enrique Rojas afirma que si un joven es capaz de dejar el móvil y leer un libro es un aristócrata del conocimiento. A mí me costó descubrir los encantos de la literatura, sin embargo ahora no puedo ni quiero vivir sin ella.

Soy muy selectiva en ese sentido (como en otros). Hace tiempo aprendí que libro que no merece una segunda lectura no merece una primera. Y que si no te engancha es mejor dejarlo. Aunque lo ideal sería saber un poco de todo, si me hablas de física molecular o del planeta Marte mi cerebro no es tan receptivo como si me explicas la técnica de Caravaggio o en qué consiste el Realismo Mágico.

En el contexto académico mi ámbito es la Historia, más concretamente la del Arte. Haciendo lo que te ilusiona eres más tú que nunca. No siempre se puede vivir de lo que se ama, pero sí dedicarle un espacio en tu día a día. Además, suele ser lo que mejor se te da. Como explica la parábola de los talentos, estamos moralmente obligados a hacer buen uso de los dones que hemos recibido.

Disfruto escribiendo tanto textos históricos como novelas. Ambos requieren una labor de documentación, especialmente en el primer caso. Me encanta esa fase previa, pero me quedo con la redacción. Es como ensamblar todas las piezas elaborando un discurso, un entramado que tenga sentido y tu sello personal.

Me gustaría definirme como una “contadora de historias”, pero me limito a fabular por escrito lo mejor que puedo, en los ratos de los que dispongo, sobre temas que me interesan. La escritura de ficción exige un componente creativo que te otorga una inmensa libertad. Son tus vivencias, anhelos e inventiva lo que le insufla vida. Debe ser una narración amena, con voz propia y verosimilitud. Para mí el reto está en intentar escribir la historia que me gustaría leer.  

Las pasiones le dan sentido a la vida, equilibrando la balanza. Son remedios rescate, inhibidores del cortisol. Vitaminas para el alma, una inversión en bienestar. La vida son dos días y ya ha pasado uno.

jueves, 18 de junio de 2026

La escritura como terapia

 

Cada maestrillo tiene su librillo, especialmente cuando la vida te pone piedras en el camino. Hay quien se lo guarda todo, quien necesita compartirlo con alguien (un psicólogo, un familiar, una amiga...), y quien lo plasma por escrito. Es decir, contándoselo a sí mismo. Todas las formas son válidas, no deja de ser una autoterapia subjetiva. La fórmula que te funciona a ti no tiene por qué funcionarle a otro. Somos dueños de nuestras emociones y estamos en el derecho de exteriorizarlas o no.

Aunque existe la creencia generalizada de que hablar sobre lo que te hace daño ayuda a superarlo, no todo el mundo experimenta ese deseo. Los sentimientos pertenecen a una parcela muy íntima, en ocasiones ponerlos en palabras duele más que silenciarlos o el pudor te impide hacerlo. A lo mejor, pasado un tiempo, los has digerido y puedes verlos con perspectiva. Entonces quizás te apetezca hablar de ello. Compartir las alegrías es casi inevitable, te sale por los poros. Sin embargo cuando algo duele cuesta mucho más manifestarlo. Al menos a mí. No me gusta mostrarme vulnerable, hay aspectos que prefiero mantener en privado o en un ámbito de mi total confianza.

Cuando escribes sobre lo que sientes, lo que te perturba o te hace sufrir, de alguna manera liberas parte de la carga. El cerebro se relaja, segrega endorfinas como analgésicos naturales. El hecho de expresarlo aunque sea para ti misma produce cierta calma aunque carezcas de interlocutor. Para mí es un asidero en medio de la tempestad, una auténtica catarsis. Ordenar pensamientos me permite asimilarlos. Escribirlos (si es a mano mejor) facilita el proceso de interiorización. Diseccionándolos soy capaz de contemplarlos con mayor nitidez. Al igual que aceptando que tienes un problema empiezas a solucionarlo, “vomitar” lo que te incomoda es un primer paso para expulsar parte del veneno.


En algún momento de mi vida he escrito un diario, y aunque hace mucho tiempo que no siento el deseo de hacerlo, busco formas de escribir sobre lo que me afecta porque me ayuda a superarlo. Esos pensamientos y sensaciones que se me atragantan tienen que salir de algún modo. Sin aspiraciones literarias, tan solo exponiendo lo que me carcome con la mayor claridad. Buceando en mis recovecos para redactar lo que me trastorna o un día me trastornó y sigue clavado como una espina. Para mí es una forma de sanación. Un autopsicoanálisis que me da herramientas. Noto que el cortisol empieza a bajar, aportándome una dosis de serenidad. La herida comienza a cauterizarse.

La escritora más leída en español, mi querida y admirada Isabel Allende, ha confesado que durante toda la vida mantuvo correspondencia con su madre. Cientos de cartas en las que se contaban su día a día y que constituyeron un reconfortante refugio ante las adversidades. El género epistolar es uno de mis favoritos por su autenticidad y aire coloquial, motivado por el mero afán de comunicación. Me vienen a la mente “Drácula” de Bram Stoker, “Las amistades peligrosas” de Chordelos de Laclos, la maravillosa “84, Charington Road” de Helen Hanff, la conmovedora “De profundis” de Wilde o las cartas de Edith Wharton a Morton Fullerton.

Cuando Isabel Allende atravesó el peor momento de su vida y sufrió un inevitable colapso emocional, su madre le aconsejó que escribiera lo que estaba sintiendo. Afortunadamente le hizo caso y sobrellevó el duelo por la muerte de su hija Paula materializándolo en una carta que se convirtió en uno de los libros más emotivos que he leído nunca. Así exorcizó sus demonios y comenzó a superar esa pena tan devastadora. En realidad ese tipo de dolor no se supera nunca, se aprende a vivir a con él. También “La casa de los espíritus”, su más exitosa novela, empezó como una carta de despedida a su abuelo cuando estaba a punto de morir. En ambas ocasiones surgieron como un desahogo, tratando de conectar con un ser querido que abandona este mundo.

Casi siempre que he atravesado un momento difícil he recurrido a la escritura. El cuerpo me pedía dejar constancia escrita de lo que me amargaba la existencia. A veces lo hice a posteriori, pero lo más efectivo es escribirlo de forma paralela. Cuando necesitas entender la realidad para procesarla, expresar tu postura aunque sea ante ti misma resulta terapéutico.

Cualquier psicólogo sabe que es una de las técnicas más útiles para gestionar el estrés, una especie de justicia reparadora. En mi caso nació de forma espontánea hace muchos años. Simplemente me apremiaba escribir sobre lo que se me hacía bola en la garganta, por puro instinto de supervivencia. Con el tiempo he ido entendiendo por qué es tan eficaz, pero sigo haciéndolo por los mismos motivos que la primera vez. Nunca subestimes el valor de los pequeños gestos. Algo tan sencillo como garabatear sobre el papel lo que te escuece puede ser un bálsamo que cura o cuando menos alivia.

También encuentro bienestar en escribir ficción e incluso textos académicos. Son aguas en las que me siento cómoda, me sienta bien nadar en ellas. En el primer caso es posible introducir elementos personales que además dotan a la historia de verosimilitud. A través de la escritura se pueden canalizar amarguras, anhelos o pequeños traumas. Cuanto más directamente los abordes mayor será el beneficio. La deliciosa y tan necesaria paz mental. Y cuando adviertes que esa medicina te hace bien, recurres a ella cada vez que el alma lo demanda.


jueves, 11 de junio de 2026

Las dos caras de la moneda

 

Cada vez soy más consciente de la incontestable verdad que encierran los refranes. Aunque no formen parte omnipresente de mi vocabulario como en el caso de Sancho Panza, el devenir de los acontecimientos me ha ido revelando que son perlas de sabiduría. Releyendo “El Quijote” he constatado que la mayoría de los que empleamos asiduamente proceden de las letras cervantinas.

Siempre había pensado que eso de que “no hay mal que por bien no venga” era una especie de falacia consoladora. Una tentativa de antídoto para paliar las adversidades con algún tipo de beneficio. Aunque ya sabemos que lo que no te mata te hace más fuerte y que de los problemas se extraen las más valiosas enseñanzas, esas certezas no siempre consiguen evitar el dolor, la decepción, las injusticias, la pérdida... La resiliencia ayuda a transformar los problemas en oportunidades, pero no es una varita mágica.

No creo que todo lo que te sucede te conviene, sin embargo en algunas ocasiones he experimentado que cuando algo falló trajo un regalo de la mano. Que quizás no compensó los sinsabores, pero que en cierto modo logró edulcorarlos. Cuando contemplas la situación con perspectiva, a veces vislumbras alguna pepita de oro que en su día te pasó desapercibida. A menudo un mal recuerdo desencadena uno bueno, y viceversa. Será por eso de que cuando Dios cierra una puerta abre una ventana. Al final va a ser verdad que todo forma parte de un plan y nada sucede por casualidad.

Reconozco que soy bastante escéptica en cuanto al destino, tengo más fe en el libre albedrío. Quiero creer que somos los arquitectos de nuestro destino. Que son nuestros actos los que definen nuestro recorrido, con una mayor o menor influencia de factores externos. Lo que llamamos suerte cuando el viento sopla a tu favor. Según Woody Allen en “Match point” (para mí, su mejor película), mucho más determinante de lo que pensamos. La magnífica serie “La suerte: una serie de casualidades” también defiende esa tesis aunque ligada a la superstición (de la cual carezco). La psiquiatra Marian Rojas la define como el lugar donde confluyen la preparación y la oportunidad. Coincido bastante con su planteamiento. Diría que aunque el azar intervenga en la ecuación, tiene más peso lo que se propicia de alguna manera.


Hay casos que te la muestran la otra cara de la moneda aunque tardes en entenderlo. Cuando alguien no te quiere a su lado, en realidad te está haciendo un favor porque sin duda estás mejor sin esa persona aunque esa consciencia suele aflorar a toro pasado. De los “noes” emergen los “síes”. A veces ese cambio da lugar a posibilidades que ni contemplabas. Muchas veces lo que te parece una maldición se convierte en una bendición. El karma, la justicia divina o cósmica, acaban poniendo todo en su lugar.

Algún “Brexit” me ha permitido dedicarle más tiempo a mi familia, a mis amistades, reconectar conmigo misma. Descansar más en un momento vital en el que lo necesitaba y hallar cierta serenidad. Sin dejar de sentir nostalgia o tristeza, con la incertidumbre a cuestas, fui capaz de gozar de libertades que mi alma añoraba. Con la sensación de que la vida me ofrecía una píldora sanadora en el momento idóneo.

Me vienen a la mente vivencias en las que mis planes se frustraron. Yo que soy tanto de disfrutar fantaseando con lo que vendrá, organizando, teniendo todo bajo control, me llevo decepciones constantemente. Como si el universo me dijera: entérate de una puñetera vez que no está en tus manos. Adáptate a las circunstancias, que es una de las formas más eficaces de inteligencia. Aprende a improvisar, a cambiar de rumbo. A desmontar tu cuento de la lechera y reinventarte si hace falta.

En una ocasión diseñé una maravillosa escapada con el que entonces era mi novio a mi lugar favorito. Me hacía bastante ilusión compartir mi paraíso particular con la persona que ocupaba mi corazón. Todo estaba trazado en mi mente cuando surgió un imprevisto ajeno a mi voluntad que impedía el viaje a ese destino. Tras la rabia inicial por tan inoportuna fatalidad, mi mente comenzó a perpetrar un plan B que de alguna manera resarciera o al menos atenuara el jarro de agua fría. A una velocidad supersónica busqué un destino atractivo, localicé un hotelito agradable y rediseñé un premio de consolación. Pasamos unos días fantásticos en un precioso pueblecito del litoral andaluz que aliviaron mi descontento y casi me hicieron olvidar el chasco inicial.

Años después fui consciente de hasta qué punto ese obstáculo que había desviado la trayectoria había sido providencial. Cuando la relación terminó agradecí inmensamente no tener recuerdos con esa persona en ese sitio tan especial para mí. Supe entonces que lo que surgió como un inconveniente fue lo mejor que podía haber pasado. A veces el plan B puede superar al A.

Nunca sabrás si el avión al que no subiste se habría accidentado, si hubieras elegido otra ruta te habría atropellado un coche o si el lugar al que no fuiste te habría hecho infeliz. Acumulas convicciones, pero las incertidumbres implican un mundo de posibilidades.

Las tragedias a menudo propician lo mejor del ser humano: la solidaridad, la cooperación, la empatía. Esa sensibilidad colectiva que hemos constatado recientemente ante circunstancias devastadoras. También está el que saca rendimiento de la desgracia propia o la ajena, de todo hay en la viña del Señor.

He comprobado cómo han aparecido oportunidades en mi camino que me han inducido a plantearme que no era el correcto. Un proverbio japonés dice algo así como “si subes al tren equivocado, cuanto antes te bajes de él menos camino de vuelta tendrás que recorrer”. Si es para ti, aunque te quites. Y si no lo es, aunque te pongas. Si mi realidad hubiera sido otra esas opciones no habrían existido. Lo mejor es enemigo de lo bueno.

Puede que creas que lo que tienes no es exactamente lo que anhelabas, que se te escapó un sueño. Y no te das cuenta de que quizás eres más feliz con una alternativa que ni te imaginabas, pues conlleva ventajas que vas valorando en su justa dimensión. Como estar cerca de la familia, vivir en tu ciudad, disponer de cierto tiempo para dedicarle a lo que amas... mejor que el tesoro de Montecristo. O estaba de Dios o era tu auténtico ikigai. En cualquier caso esa trayectoria la has ido definiendo tú. Asumes las consecuencias de tus actos con una mirada indulgente y tratas de ver la cara oculta de la luna según los valores que te inculcaron. 

viernes, 29 de mayo de 2026

Corpus Christi

 

Uno de los mejores regalos que ofrece cumplir años es que te vas conociendo mejor. Además, la alternativa no suena tentadora. Desde niña me inculcaron las costumbres de mi tierra. Vengo de una familia que sin ser especialmente convencional (padres microbiólogos, muy viajeros, de mente abierta), ha celebrado siempre las fiestas enmarcadas en la tradición judeocristiana (sobre todo Semana Santa y Navidad). Quiero decir, otorgándoles su sentido religioso además del folclórico que en ocasiones enmascara su auténtico trasfondo.

Me interesan las raíces, la cultura. La historia de los pueblos, su patrimonio material e inmaterial. Me siento más andaluza que española y más española que europea. Y por encima de todo, granadina. Me encanta formar parte de esas festividades, no quiero que pasen sin pena ni gloria. Tengo mucho arraigo local, estoy muy orgullosa de donde vengo. Nuestras tradiciones me conectan con mi esencia, con mis antepasados y con mis paisanos. Forman parte de la idiosincrasia que me define. Como creyente que soy, les encuentro un profundo significado. Además, atesoro una bonita colección de recuerdos de todas ellas.

Una de las que más disfruto es la semana del Corpus Christi, cuya celebración se remonta al siglo XVI. Fue instaurada por los Reyes Católicos en honor del sacramento de la Eucaristía (By the way, qué joyita “Isabel la Gatólica. Reina de Catstilla”, escrito por mi amigo Antonio Callejón). Son las fiestas de Granada y caen en mi época favorita del año. Justo dos meses después de la luna llena del Jueves Santo, por lo general en Junio. En plena primavera, coincidiendo con el inicio del buen tiempo. Cuando te vas desprendiendo de capas de ropa, los días son largos y luminosos. El aire huele a flores, las calles vibran con una alegría diferente. Dan ganas de salir, de sacudirse la modorra invernal y disfrutar de las terracitas.

No negaré que los cinco días de vacaciones que obtengo esa semana son un reclamo irresistible. Sobre todo bajo circunstancias que los convierten en una terapia que mi cuerpo y mi mente necesitan. Además, se inaugura la feria a la que me encanta asistir al menos un día. Tomar un rebujito escuchando sevillanas, recorrer su zona lúdica y admirar su alumbrado. No tenemos “feria de día” como nuestros vecinos malagueños, pero el centro se llena de puestos, actividades festivas y culturales. En la Plaza Bibrambla colocan las típicas carocas, haciendo rimas sobre asuntos de actualidad. Y tienen lugar las mejores corridas de toros, aunque no soy taurina como mi bisabuelo Miguel.

Lo más bonito y solemne es la procesión de la Custodia de la Catedral, que recorre el centro urbano la mañana del jueves de Corpus. Mi abuela decía: “Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol. Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Según cuentan en otros tiempos era habitual estrenar ropa ese día tan señalado. Pero la gente más mayor se sigue arreglando para ver la procesión en señal de respeto.


Cuando estaba en el colegio, el miércoles de Corpus nos dejaban ir “con ropa de calle” y salir a media mañana para ver la Tarasca. Un desfile en el que una maniquí vestida a la moda sobre un dragón mitológico que simboliza el triunfo del bien sobre el mal (como en las pinturas de la Inmaculada Concepción) recorre las calles del centro junto a un cortejo de Gigantes y Cabezudos. La manifestación profana que precede a la religiosa.

Hace unos años mi editorial me invitó a firmar en la feria del libro de Madrid. El día del Corpus, de camino a la estación, pasé por las calles engalanadas con flores, mantones y altaritos que instalan en el recorrido de la procesión. Con una sensación ambivalente: de ilusión porque iba a hacer un sueño realidad, y de tristeza por perderme todo aquello. Pero de momento no somos omnipresentes.

Cuando viví en México lindo añoré el Corpus Christi granadino, pero tuve la suerte de que un buen samaritano me enviara magníficas fotos que consiguieron paliar mi nostalgia y hacerme partícipe de ese día tan nuestro. Es curioso cómo la distancia te incita a idealizar y a poner en valor lo que antes dabas por hecho. Tu ciudad, tus afectos, esos días que siempre has celebrado.

Otros años he ido a mi Medina, donde también tienen una preciosa Custodia que procesiona el domingo en lugar del jueves. Y la primavera allí es tan maravillosa como tuve la gran fortuna de constatar recientemente el pasado mes de Abril cuando fui a dar una conferencia.

Este Corpus (la semana que viene) me escaparé a la playa con mi novio, no sin antes haber visitado el ferial. Nos vendrá genial un poco de solecito, que estamos aclorofílicos. Anhelo esos días de paz junto al mar, de horas libres, de microcosmos sedante en el que no soy rehén de las obligaciones. Una deliciosa desconexión que en honor a la verdad me he ganado. Porque no está siendo un año fácil, pero esa es otra historia. Ahora toca gozar un poquito de la parte bonita de la vida para no olvidar que existe.

 

 

Un dulce olor a flores

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