Ya huele a primavera y a incienso, un binomio que alegra el alma (al menos la mía). Aunque sé que quedan días fríos y grises, tienden a ser más esporádicos. El domingo gocé de un delicioso paseo con atisbo primaveral y el aire cargado de buenos presagios. Las abundantes lluvias de los meses previos (la Virgen de la Cueva se tomó en serio nuestras plegarias) ha convertido el bosque de La Alhambra en un vergel. La vegetación desempeña un papel esencial en la cultura islámica, con la omnipresencia del sedante murmullo del agua. Según el Corán es una metáfora del paraíso, constituido por “jardines donde fluyen los ríos”.
Ha sido un invierno ingrato en varios sentidos. Cuando el cielo se oscurece intento asumirlo con la mejor actitud que puedo y convertir los problemas en oportunidades (spoiler: a veces la voluntad no basta). Me aferro al dulce elixir que me ofrecen los pequeños placeres, me recreo en la expectativa de todo lo bueno que vendrá.
La primavera es renovación, florecimiento. Mi estación favorita excluyendo las dos semanas de Agosto en las que toco el cielo como Adán en la Capilla Sixtina. Me encantan los almendros en flor, tan sugerentes y evocadores.
La cafeína activa mi mente, pero cuando está más despejada es al comenzar el día, en movimiento y respirando aire puro. Ahí arreglo yo el mundo, o al menos mi mundo. Visualizo soluciones, relativizo la realidad, ordeno mis pensamientos. Fantaseo con momentos gratos como estar sentada en la terraza del pueblo blanco con una cervecita y una bolsa de pipas, viendo el atardecer. Dormir una siesta sin alarma, o pasear junto al mar. Lujos asequibles y necesarios. De ilusiones vive el hombre (y la mujer).
De momento mis alegrías están íntimamente vinculadas al descanso. El delicioso relax nocturno al llegar a casa. Un “por fin viernes”, la inminencia de la Semana Santa con cuatro días libres que me permiten escaparme de la ciudad. Las vacaciones (incluyendo días del año pasado). “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”, escribió Pablo Neruda. Creo que la paz se parece mucho a la felicidad o al menos es un requisito indispensable para ser feliz. Hay que buscarla por todos los medios, porque su ausencia es devastadora. Si algo te la roba debes desterrarlo de tu vida o al menos de tu cabeza. Encontrar momentos en los que la luz se imponga a las sombras.
Afortunadamente hay personas medicina que siempre están ahí y te aportan calma. Empáticas y generosas (en el más amplio sentido del término), rayitos de sol. Nuestros actos nos definen. La vida envía asideros cuando los necesitas. Me siento bendecida, protegida y afortunada.
Fantaseo con días más largos y cálidos, con una alquimia de elementos reparadores: desconexión, familia, una cita próxima que me entusiasma en mi lugar favorito.
No me defino como PAS (persona altamente sensible), sin embargo me identifico con algunas de sus características. Me agobia el exceso de ruido o gente. Será que me hago mayor. Tiendo a somatizar las tensiones, que se traducen en contracturas musculares o ansiedad. La soledad me regenera, la necesito para recargar baterías. El tiempo libre resulta analgésico cuando lo invierto en lo que me pide el cuerpo. Gestiono mal la incertidumbre, odio las sorpresas. Capto las energías que proyectan las personas. Y me afectan mucho las críticas. No porque no las acepte, sino porque me siento mal si defraudo a alguien que me importa.
Mi mente busca refugios reconfortantes. Vuela junto al mar, a mi paraíso particular... Espacios que despliegan su magia en los que siempre me siento a gusto. Sueña con esos días azules en los que tengo la sonrisa fácil y el corazón contento.






