Hay noticias que siembran la intriga, incitándote a profundizar en ellas. Y una que es observadora, curiosa, narradora aficionada e historiadora, no puede permanecer indiferente a esas inocuas tentaciones.
El otro día leí que un grupo de arqueólogos realizaba una prospección en el Convento de Santa Clara de Pontevedra en busca de los restos de la conocida como “la monja fraile”. Y claro, me quedé ojiplática.
Galicia está envuelta en un halo de magia y tradiciones ancestrales. Las meigas, la Santa Compaña, San Andrés de Teixido (donde “va de muerto quien no fue de vivo”)... A mi mente novelera acudieron las películas “The lost king” y “El bosque animado”. Las cartas de amor de la monja portuguesa, la ingenua novicia Doña Inés, la conversa Simi “La Hebrea”, la polifacética abadesa Hildegard von Bingen, reina indiscutible del Mee too medieval.
Volviendo a la “monja fraile”, el asunto tiene chicha. En la iglesia del convento ya han aparecido un par de cerebros “saponificados” (inusualmente conservados en virtud de un peculiar proceso químico) y los restos de un capellán enterrado junto al altar, también preservado al estilo Lenin. Me hizo evocar las faraónicas momificaciones egipcias, las cámaras funerarias cuyo hermetismo, ausencia de oxígeno y humedad, evitaban la descomposición. Lo que me recuerda una escabrosa anécdota familiar. Con motivo de una reubicación funeraria, el cuerpo de un antepasado clérigo se mantenía en perfectas condiciones. Como relata “Santa Evita”, una maravilla de libro (y de serie) que narra el inaudito periplo del cadáver de Eva Perón secuestrado por los “milicos”.
Me trajo a la memoria a Sierva María de Todos los Ángeles, la niña dieciochesca de la magistral novela “Del amor y otros demonios”. Tras contraer la rabia fue recluida en un convento al creerla “endemoniada”. García Márquez contaba que en 1949 fue enviado como reportero al Convento de Santa Clara de Cartagena de Indias, donde aparecieron los restos de una niña con una cabellera cobriza de más de veinte metros. El hallazo le hizo recordar la leyenda que le contaba su abuela sobre una santita que obraba milagros por el Caribe, quien inspiró su historia.
Y en la niña expuesta en la Catedral de Guadalajara (México). Según su truculenta leyenda fue asesinada por su padre por hacer la primera comunión. Aunque un cartel informa de que fue una mártir romana, Santa Inocencia. Cuando la vi me pareció una muñeca de porcelana.
En la cripta de la Catedral de Cádiz se conservan los restos momificados de Santa Victoria, otra mártir romana. El imaginario popular cuenta algo parecido: una niña gaditana asesinada el día de su primera comunión. Ambas historias parecen formar parte de una estrategia religiosa para atraer fieles.
Confieso que el tema de las reliquias me despierta bastantes suspicacias. Los brazos incorruptos, los trozos del madero de la Santa Cruz o la infinidad de cálices que dicen ser el Santo Grial (el de la Catedral de Valencia me inspiró confianza) me huelen más a fraude que a realidad. Mejor me reservo mi opinión sobre la Sábana Santa, que contemplé hace décadas en una iglesia de Turín.
El caso es que las excavaciones continúan en Santa Clara con la esperanza de encontrar a la “monja fraile”. María de Gálvez se hizo pasar por hombre para ingresar en el Convento de Misericordia de Pobra do Caramiñal. Su historia me ha remotado a tiempos en los que el mundo relegaba a la mujer a ciertos ámbitos. Escribí el capítulo de un podcast histórico reivindicando esas injusticias. Durante siglos las mujeres tenían vedados terrenos considerados masculinos. Sus únicas salidas dignas eran el matrimonio o el convento, por lo que más de una optó por tomar los hábitos para acceder a una formación intelectual como la poetisa criolla Sor Juana Inés de la Cruz. Siempre me han llamado la atención las mujeres que huyeron de las imposiciones sociales.
María nació en Toledo en 1572, en una familia acomodada. Muy pronto aprendió a leer y escribir. Cuando su padre quiso casarla contra su voluntad con diecisiete años, decidió huir vestida de hombre, adoptando el nombre de “Juanico”: "Córtase el cabello, viste de gregüescos, el sayo de un mozo de labranza y un burdo capote".
Alimentándose de frutos silvestres cruzó media España y recorrió el Camino de Santiago. Ingresó en el Convento A Pobra do Deán, donde fue cocinero y ayudante durante cinco años. En el momento en el que el abad quiso imponerle el hábito franciscano, confesó su verdadera identidad. Entonces fue enviada al Convento de Santa Clara, a donde llegó con atuendo masculino. Allí trabajó de enfermera, cocinera y carpintera. Llegó a ser abadesa con el nombre de Sor María de San Antonio. Su sepultura consta junto a la de la fundadora del convento. Hasta se le atribuyen milagros que le proporcionaron al cenobio abundantes limosnas, por lo que se la intentó canonizar.
Husmeando he encontrado un caso similar. El de Catalina de Erauso, conocida como “la Monja Alférez”. Una novicia que en el siglo XVII, disfrazada de hombre, se embarcó a América para combatir como soldado según reveló en su autobiografía.
También me ha recordado a la película “Albert Nobbs”, protagonizada por Glenn Close. Y a “Elisa y Marcela”, inspirada en un caso real. O al musical “Yentl”, en el que una chica judía se hace pasar por varón para asistir a una escuela talmúdica. Concepción Arenal, una de las grandes feministas españolas, hizo lo mismo para asistir a la Facultad de Derecho en el siglo XIX.
En la literatura tenemos a las famosas George Eliot (Mary Ann Evans), Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber), George Sand (Amantine Aurore Lucile Dupin)... La diosa egipcia Hatshepsut se auto proclamó faraón y se atavió como tal. Con un par.
Espero que encuentren a “Juanico”. Y sobre todo, que ninguna mujer tenga que hacerse pasar por hombre para obtener igualdad de derechos.






