jueves, 19 de febrero de 2026

Ambrosía literaria

 

No soy de leer más de un libro al mismo tiempo, y sin embargo las circunstancias me incitan a hacerlo. Supongo que en gran parte se debe a la cantidad de lecturas pendientes que tengo, un maravilloso privilegio en ocasiones abrumador. El tiempo libre es un bien escaso...

Empecé el año con las “Meditaciones” de Marco Aurelio, que adquirí en la librería más bonita de Granada, a la que no pretendo volver. Ahí lo dejo porque no es mi intención desprestigiar un negocio de libros, que bastante luchan por sobrevivir. Faltaría a la verdad si dijera que no lo estaba disfrutando, pero mi ansiedad lectora me impulsó a empezar una novela, que es mi género favorito. Cuando algo me gusta soy impaciente y voraz, así que le hinqué el diente a “El secreto de la asistenta”, pues la primera parte me había enganchado y estaba ávida por otra dosis. De sobra sé que carece de calidad literaria, pero de vez en cuando el cuerpo me pide bestsellers como me sucede con la “comida basura”.

Tomándole el gusto a la infidelidad, emprendí la lectura de “Érase una vez la taberna de Swan”, de Diane Setterfield. Se me antojó porque años atrás me había fascinado “El cuento número trece”. A mi juicio no está a la misma altura, pero es una historia bien escrita.

Además comencé a releer “¿De qué se ríe la Mona Lisa?”. También tengo a medias “El sabor del chocolate” y otro sobre la historia del perfume que adquirí en una tienda de segunda mano benéfica por un precio irrisorio.


Por otra parte, poseo miles (no exagero) de libros electrónicos que cubren sobradamente mis necesidades lectoras, pero que convierten en un gran dilema el hecho de escoger el siguiente. Como si entraras en la cueva de Alí Babá y pudieras llevarte lo que te diera la gana. O en la de Montecristo, que viene más al caso.

Tras pasearme por el París barroco de la mano de Alatriste, me sedujo “El verano de Cervantes” de Antonio Muñoz Molina (“el santo” de Elvira Lindo). Y como a veces un libro te conduce a otro, me hizo desembocar en “El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha”. Hacía tiempo que deseaba releerlo. Y lo estoy haciendo debutando en el mundo de los audiolibros por recomendación de una buena amiga. Aunque tenía mis reservas acerca de ese formato, me está resultando inesperadamente gratificante. Empiezo mis mañanas entre ventas, magos, galeotes, el yelmo de Mambrino, y el prodigioso bálsamo de Fierabrás. No cantaré sus excelencias por no caer en la obviedad, pero cuando el Caballero de la Triste Figura denomina a su amada: “Señora de mis pensamientos” lo siento suspirar.

Durante años me resistí al soporte electrónico, al que sucumbí alentada por mi media naranja. Y tengo que reconocer que es bastante más práctico. La pantalla retroiluminada me permite utilizarlo a oscuras y apenas pesa, por lo que es ideal para leer en la cama. A eso se une la ingente variedad de títulos de los que dispongo. Tales virtudes no impiden que cuando alguno de mis autores fetiche publica, la coleccionista bibliófila que habita en mí desee adquirirlo en papel. Nada puede sustituir el tacto y el aroma de la letra impresa.

Últimamente además me ha dado por hacerme con ediciones “bonitas” de mis libros favoritos. Muchos de ellos los tengo en formato de bolsillo, amarillentos por el tiempo (lo que no les resta encanto sino todo lo contrario), pero me apetece atesorarlos en pasta dura, con interesantes prólogos y un tamaño que facilite su lectura. Lo hice con “Canción de Navidad” de Dickens. Uno de los más recientes ha sido “Frankenstein” de Mary Shelley. La película de Guillermo del Toro ha resucitado en mi memoria la genial novela gótica que devoré en mi juventud, cuya autora escribió con la edad que yo tenía por ese entonces. Además, una querida amiga me comentó que la estaba leyendo y me dio envidia sana. Sólo el prólogo te atrapa como una tela de araña.

Tampoco he podido resistirme ante una de mis favoritas: “El retrato de Dorian Gray” aunque poseo más de un ejemplar (¿quién dice cuántos son suficientes?). Ahora que está de actualidad ansío volver a los páramos de “Cumbres borrascosas”. Y ya puestos, a la brumosa Manderley. Si es que la avidez lectora no tiene enmienda... Cuanto más tienes, más quieres.

También estoy anhelando sumergirme en el librito sobre el antiguo Egipto que “me encontró” en la Librería Picasso. Y en “La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio”, procedente de la tienda benéfica (y eso que no soy aficionada a comprar de segunda mano). De la feria del libro se vino conmigo “Las islas griegas” de Durrell y del rastro madrileño la narrativa completa de Hemingway.

Me esperan dos acertados regalos: “Hombre caído” de Fernando Aramburu y “Todo va a mejorar”, la obra póstuma de mi admirada Almudena Grandes (mi caótica afluencia de lecturas explica que aún no lo haya leído). Además, lo último de Foenkinos, Ken Follett, Murakami, Luis Landero, María Dueñas, Javier Castillo, Vargas Llosa, Jaime Bayly, Leonardo Padura, Arundhati Roy... El Premio Planeta, por muy comercial que sea (quiero tener mi propia opinión),“La península de las casas vacías”, que tanto me han recomendado, al igual que “Comerás flores”. Novedades a las que les tengo ganas como “Mamá está dormida” de Máximo Huerta (me encandiló su “pequeña librería”), “Bailando lo quitao” de Ana Milán. Me da igual si son más o menos mediáticos mientras me toquen el alma. Se me acumula el trabajo, pero que no falte.

Cada cual libra sus batallas e ilumina sus días como puede y quiere. Mis lecturas son mi ambrosía. El prodigioso manjar de los dioses que no me otorga la inmortalidad pero sí ingentes cantidades de felicidad. 

viernes, 13 de febrero de 2026

Andanzas de un fraile ilustrado

 

Un mes lloviendo te va desgastando, robándote la energía gota a gota. El invierno parece perpetuo. La meteorosensibilidad no es ningún invento... Pero como he comentado alguna vez, los días lluviosos favorecen mi actividad intelectual. No hay mal que por bien no venga, el que no se consuela es porque no quiere. Con las neuronas activadas por la cafeína y la inspiración lluviosa, andaba yo preparando una conferencia cuando me topé con un personaje que me pareció fascinante: fray Andrés de San Miguel.

Descubrí su figura allá por el año 2009 escribiendo un artículo de temática similar a la que ahora me ocupa. Me llamó la atención, pero no profundicé demasiado. Sin embargo el destino tenía prevista la jugada de reencontrarnos.

Andrés de Segura de la Alcuña nació en Medina Sidonia (Cádiz) a finales del siglo XVI en el seno de una familia de escasos recursos. Los que me conocen saben de buena tinta los lazos afectivos y genealógicos que me unen a ese pueblo. Si además se trata de un personaje histórico atractivo e íntimamente vinculado con México, mi intriga se dispara. El universo me gritaba que tal conjunción de factores no podía ser ignorada.

Pues el joven Andrés poseía una especial capacidad para las matemáticas. Guiado por su inquietud, en 1592 se trasladó a Sevilla en busca de fortuna. Un año después embarcó en Cádiz rumbo al Virreinato de Nueva España (actual México).

Esas travesías marítimas eran largas, inciertas y expuestas a peligros varios. Al salir de La Habana lo sorprendió una virulenta tempestad. “Treinta tripulantes, entre ellos Andrés de Segura, se echaran a la mar en una frágil chalupa que construyeron, en la que apenas cabían. En ella, sin ver más que cielo y agua, padeciendo un hambre terrible y una sed rabiosa y rodeados de tiburones ansiosos de hacer presa en sus cuerpos, pasaron doce días hasta que llegaron a la costa de La Florida, tan flacos y consumidos que apenas llevaban la piel sobre los huesos”. Durante ese duro trance, el joven Andrés hizo la promesa de ingresar en la orden carmelita si se salvaba.

Dios así lo quiso y tomó los votos en el Convento de Nuestra Señora del Carmen de Puebla de los Ángeles. Una de las ciudades mexicanas más bellas, famosa por su “Talavera” (cerámica vidriada según la técnica de Talavera de la Reina, Toledo) y por el delicioso mole poblano, salsa elaborada con chile y chocolate entre otros ingredientes.

En esa época los conventos eran centros de cultura que ofrecían acceso al conocimiento, lo que probablemente influyó en su decisión. De ser así me parecería lícito y hasta encomiable. Hace poco escribí un texto para un podcast en el que reivindicaba el papel de ciertas mujeres cultas a lo largo de la Historia, muchas de las cuales habían elegido la vida religiosa en parte motivadas por sus inquietudes culturales. Buscando un espacio en el que gozar de libertad y el derecho de pensar, leer, escribir... que la sociedad les negaba, “condenándolas” al papel de esposas y madres. Entre ellas, personalidades destacadas como la reina del misticismo Santa Teresa de Jesús y Sor Juana Inés de la Cruz, la poetisa criolla más importante de América. En su caso parece que las razones intelectuales pesaron más que las devocionales. Su objetivo era poder dedicarse al estudio y la escritura, una independencia de la que no habría gozado de otro modo.

Desde que la Biblioteca de Alejandría ardió como un ninot, pocos lugares (la mayoría del mundo islámico) reunían tal cantidad de obras. Hasta que en la Edad Media los monasterios se convirtieron en focos de difusión del saber. Con inmensas bibliotecas y scriptoriums al más puro estilo de “El nombre de la rosa” (pero sin asesinatos) en los que se copiaban manuscritos y códices decorados con preciosistas miniaturas. En el Renacimiento los studiolos fueron la versión laica, estancias de residencias nobles utilizadas como gabinetes de estudio.

Las órdenes religiosas desempeñaron un papel esencial en la culturización (además de en la evangelización) de los virreinatos americanos. Pero es que fray Andrés era un auténtico diletante renacentista, humanista y polifacético erudito: arquitecto (construyó varios conventos carmelitas), astrónomo, matemático e ingeniero hidráulico. Escribió tratados sobre construcción, carpintería, geometría y música. Además de sermones, poemas... También se movió en círculos políticos, pues fue confesor del virrey Duque de Linares.

Me admira que alguien de procedencia humilde se convirtiera en una eminencia. Y me recuerda que independientemente del origen o las trabas, cuando confluyen la inteligencia, las inquietudes y la voluntad, el cielo es el límite. Y no puedo evitar sentir cierto orgullo como el que siento de que Lorca sea granadino, pues Medina es mi segundo hogar y fray Andrés de San Miguel un incuestionable genio.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Lo que el tiempo me enseñó

 

El paso del tiempo deja preciados regalos para compensar lo que te roba. Convierte incertidumbres en certezas, ofrece respuestas, afianza posturas. La experiencia ilumina el entendimiento. Los años te aportan lucidez, una clarividencia que allana el camino.

A veces te abre los ojos para que repares en algo que habías ignorado o quizás sólo intuías. Como un espejo de aumento, te muestra una imagen sin filtros aduladores a lo Dorian Gray. En ocasiones es una radiografía de tu alma que te brinda la inestimable oportunidad de mejorar y ser más feliz.

Cada vez soy más selectiva. Con mis compañías, con aquello en lo que invierto mi tiempo. Con la calidad de mis pensamientos y el estilo de vida que elijo, con a qué quiero dedicar mi energía. A veces implica decir un “no”, pero me compensa pagar el peaje si me proporciona bienestar y paz mental. Voy dominando la práctica de escucharme: ¿Qué deseo, qué me apetece realmente? ¿Qué precios estoy dispuesta a pagar? ¿Dónde están mis límites? ¿A qué debo renunciar y a qué no?

He aprendido a ser fiel a lo que me funciona, al margen de la opinión ajena. Fiel a mí misma. No plegarme a la voluntad de otro si no me suma. Me niego a vivir a la deriva o a merced de las decisiones ajenas. Bastante tengo ya con las obligaciones que consumen la mayor parte del tiempo (y en ocasiones se multiplican). El estrés dinamita la calidad de vida, y los antídotos a veces se venden caros.


Otra lección fundamental es que quien no está a gusto solo es porque no está en buena compañía. Es una frase de mi abuela impregnada de sabiduría. Por lo general me llevo muy bien conmigo misma, procuro que mi felicidad no dependa de los demás. Me siento muy arropada por mi gente (lo más valioso que tengo), y sé apreciar una buena compañía. Pero disfruto mucho los planes solitarios. Un libro, un museo, un paseo por mi ciudad, despertar rodeada de silencio y empezar el día sin prisa... Es más, requiero mi cuota de soledad. Cuando estoy cansada, es lo que me regenera. Soy consciente de que no es lo mismo una soledad elegida que una soledad obligada.

Trato de anteponer los afectos, dedicarles tiempo y atención. Podría hacerlo mejor, pero pueden contar conmigo (no hasta dos o hasta diez, como decía Benedetti). Ya sabemos que las relaciones son una calle de doble dirección. A veces la gente en la que confías te falla. Las traiciones y decepciones forman parte de la vida. Esos traguitos amargos te agudizan la mirada. Dejan cicatrices pero acaban fortaleciendo. En cualquier caso me siento muy querida por los que me importan.

Tengo “ángeles” que velan por mí, que me detienen antes de cruzar la carretera si voy distraída, que contribuyen a que algo que anhelo suceda. Que me ayudan a creer en mis capacidades y no me dejan desfallecer.

Hace tiempo que incorporé a mi día a día la disciplina, pero me he vuelto más prusiana en ese sentido. Me refiero a marcarme un objetivo y alcanzarlo a pesar de las trabas: las inclemencias meteorológicas, la pereza, el sueño, las voces disuasorias... Trato de ser más resolutiva e invertir esfuerzo en lo que considero que vale la pena.

Manejo mejor el autocontrol. Lo que no está en mi mano tampoco debe estar en mi cabeza. Adaptarme al medio (o a las circunstancias) como forma darwiniana de supervivencia. Relativizar, desdramatizar. Los pensamientos intrusivos son como el rencor, quien lo siente es el principal damnificado.

Procuro huir de la queja y de las personas que se instalan en ella. Te vampirizan. Intento corregir las actitudes tóxicas en cuanto las detecto. Practicar la gratitud, valorar todo aquello que durante años he dado por hecho.

Recordarme que siempre hay un “Remains of the Day”, como en el magnífico libro de Kazuo Ishiguro. Ese lugar de paz en el que puedo refugiarme tras una jornada dura. Y vías de escape como la de expresarme por escrito, una de las más terapéuticas que conozco.

viernes, 23 de enero de 2026

Ancestros

 

Cada vez soy más consciente de la influencia de los ancestros en mi vida. Aunque mi mentalidad es más humanística que científica, hay verdades empíricas irrefutables. Una de ellas es la herencia genética. No me refiero sólo al ADN, sino a los usos y costumbres que se aprenden o se heredan. A los valores que se transmiten a través del comportamiento. El ejemplo y la educación recibidos tienen un peso específico en la forma de ser, de actuar, de sentir. Nuestras raíces condicionan lo que somos como la cepa al vino.

Siempre me ha interesado conocer el linaje del que provengo. Quizás ser historiadora justifica mi pasión por bucear en el pasado. Cuando puedo trabajo en una monografía sobre mis antepasados, hurgando entre documentos y testimonios familiares. A falta de una investigación archivística que arroje luz sobre las sombras, un ámbito en el que me siento como pez en el agua. El vínculo de la sangre es determinante, conocer tu estirpe ofrece valiosas respuestas.

No creo en la reencarnación, pero sí en que repetimos patrones y que gran parte de lo que nos sucede tiene que ver con nuestros antecesores. Ciertas conductas se transmiten de generación en generación. Nos guste o no heredamos traumas, salud, actitudes, talentos... El genoma determina aspectos como la inteligencia y el carácter. Al menos, cierta predisposición.

Si indagáramos en nuestra procedencia encontraríamos orígenes en lugares insospechados. Quizás ascendientes árabes, judíos o mestizos.

Cromosomas aparte, valoro enormemente el legado recibido en el sentido amplio del término. Debo a mis antepasados gran parte de lo que soy. No únicamente a los que tuve la suerte de conocer, sino también a aquellos que dejaron este mundo antes de que yo naciera e hicieron posible la existencia de mis progenitores.

Me encanta escuchar anécdotas de mis bisabuelos e incluso de parientes más remotos. Verlos en fotografías antiguas, reconocer alguno de mis rasgos en ellos. Honra merece el que a los suyos se parece, dicen. Me intriga saber cómo vivían, qué clase de personas eran. Qué mundo les tocó en suerte (las circunstancias a las que se refería Ortega y Gasset). Vivieron en un ambiente socio-cultural concreto, con unos valores y una educación cuya tendencia es perpetuarse.

Afortunadamente se mantiene la vivienda que construyeron y habitaron algunos de ellos. Observando fotografías antiguas veo elementos que utilizaron y han llegado a nuestros días. Obras de arte, objetos que perduran gracias al cuidado de las sucesivas generaciones. Me parece una responsabilidad moral mantener el patrimonio que tus predecesores amasaron y protegieron. Los romanos, que tanto apreciaban el pasado, creían que sus almas protegían el hogar. Eran venerados y considerados referentes. Tanto que exhibían sus bustos en el atrio (el patio principal). Cuando veo los retratos de mis antepasados colgando de las paredes de esa vetusta residencia me inspiran un sentimiento de cariño y familiaridad. A veces no puedo evitar dedicarles una sonrisa cómplice.


Por desgracia los antecesores de mi rama paterna se han extinguido, por lo que me falta información que nunca podré obtener. Por ello atesoro los recuerdos del tiempo compartido. Lo que escuché de niña (que con el tiempo valoro en su justa medida), lo que me enseñaron, lo que tan desprendidamente me ofrecieron. Testimonios orales y actitudinales de gran valor sentimental.

Mi abuelo Alberto era un médico vocacional “de los de antes”, a quien despertaban en mitad de la noche para visitar a un enfermo de un barrio humilde al que no dudaba en auxiliar a sabiendas de que no podría pagarle. Cuando estalló la guerra se encontraba a muchos kilómetros de su familia y pasó años sin noticias, temiéndose lo peor.

Mi abuelo Eloy se quedó huérfano con apenas tres años y dos hermanas menores. Fue maestro de escuela allá donde lo mandaban. Enseñando a leer y escribir a niños de poblaciones rurales que no tenían otro acceso al conocimiento.

Cuando enviudó su padre, mi abuela María Luisa se mudó con él al cortijo familiar junto a su marido y su hijo recién nacido (mi padre), para acompañarlo y ocuparse de la intendencia doméstica.

Mi abuela María Isabel crió a ocho hijos además de ayudar en la consulta de mi abuelo (recuerdo como si la viera su máquina de rayos X). Llevaba su casa con la inteligencia y la sensibilidad que la caracterizaban, entregada a su familia aunque podría haber vivido como una reina. Gracias a ella disponemos de la vivienda señorial con más de trescientos años y gran valor histórico. También sus hijos han contribuido a la pervivencia de ese legado, pues llevan en la sangre el cariño y el respeto hacia el patrimonio heredado.

Recordemos que esa generación vivió una cruenta guerra civil. Jamás los escuché quejarse. Uno de los regalos más preciados que recibió en ese tiempo mi abuelo Alberto fue una hogaza de pan que viajó durante días oculta como el artículo de lujo que era. Una anécdota que me permite poner en valor las comodidades de las que he gozado siempre.

También he escuchado historias sobre mi bisabuelo Mariano, que según  dicen era más autoritario que un sargento y sin embargo recriminaba a su hija que regañara a sus nietos “porque eran pequeños”.

O mi tatarabuela María, quien donaba su ropa interior nueva a los indigentes argumentando que la necesitaban más que ella. Junto con otra mecenas fundó el convento situado frente a la casa familiar, a cuyas monjas alojaron durante la guerra.

Fueron gente honorable y virtuosa. Bendita sea la rama que al tronco se parece. Me conformaría con ser una pálida sombra de lo que fueron ellos. Algunos vivieron mejor que yo (visto en su contexto), aunque evidentemente la vida es más fácil hoy en día. Sin duda había más penurias, menos democratización y conquistas sociales (especialmente para el género femenino).

Mi afición cronística alienta mi curiosidad y me incita a tirar del hilo de Ariadna para reconstruir el árbol genealógico materno. Uno de mis antepasados, Alonso Montes de Oca Hurtado y Novela (1727), poseía un archivo familiar privado. Recopiló en un cuadernillo la secuencia genealógica de sus predecesores para preservar sus derechos y privilegios.

Y me siento muy orgullosa de venir de donde vengo, aunque no les llegue ni a la suela de los zapatos. Me conformaría con tener la brillantez mental de mi padre o la templanza de mi madre.

martes, 13 de enero de 2026

La vida sin oropel


Ya pasó el torbellino navideño, dejando a su paso esa sensación de fugacidad y efervescencia de las burbujas del champán. A veces cuando deseas que un momento transcurra deprisa no reparas en que esa misma velocidad se imprimirá a sus facetas felices. Como cuando te quemas con el café  porque no has calibrado bien sus posibles riesgos. En cualquier caso tras the most beautiful time of the year queda un cóctel de desgaste, buenos recuerdos y días alterados.

El fin de fiesta (como la brillante novela de Carmen Rico Godoy) me suele producir una sensación ambivalente. Por una parte algo nostálgica. Me da pena quitar los adornos navideños y el fin de la iluminación callejera, aunque sé que su encanto radica en su componente efímero.

Sin embargo el retorno a la normalidad me trae paz. Soy organizada, tolero el bullicio pero en pequeñas dosis. El no haber abandonado del todo “la normalidad” hace que sea una rentrée menos abrupta. Este año no he tenido más de tres días libres seguidos, no es una auténtica “desconexión” como la de las vacaciones estivales.

Con el tiempo se añade un sentimiento cada vez más patente: la gratitud. El esfuerzo de algunos familiares, que ya van teniendo una edad, para organizar reuniones multitudinarias tiene un mérito monumental. Alojar visitantes, comprar, cocinar para un regimiento y recoger después los restos del naufragio. La figura del anfitrión está absolutamente infravalorada. Casi siempre es la entrega femenina la que permite la cohesión familiar (incido en esta realidad porque me parece fundamental). Al César lo que es del César.

Ha habido tradiciones inamovibles como reuniones en petit comité, una barbacoa campestre o algún tour albaicinero. Sobrinos durmiendo en mi casa (en mi cama, pequeños usurpadores), lo que me encanta aunque hagan alguna gamberrada. Un día en el que los invito a las atracciones navideñas y a tomar algo, que yo disfruto más que ellos. Y evidentemente, he sido reina maga con mayor o menor acierto.

Empezamos el año con nieve a pocos kilómetros de la ciudad y Sierra Nevada que parece Invernalia. Ya se sabe, Enero heladero. Y con liberaciones tiránicas falsamente altruistas. Por lo demás, con una resaca de agotamiento físico y emocional, alegría en el alma por los reencuentros y los brindis de corazón.

He recibido presentes orientales cual Sherezade (no me quejo, pero preferiría el don de contar historias). Entre ellos mi perfume favorito, algún pequeño electrodoméstico, unos calcetines para chicas lectoras (en la planta pone: “No molestar, estoy leyendo”), un libro que deseaba: “Érase una vez la taberna de Swan”, de Diane Setterfield. Y un regalazo inesperado que eleva a otro nivel mi pasión por el cine. Sin olvidar los infalibles autorregalos. Como me dice mi chico, me he (ha) convertido en una tecnócrata.

Los años te vuelven más escéptica, pero siempre me gusta echar un vistazo en las rebajas por si encuentro algo que valga la pena. Y quizás siento que a pesar de lo recibido me merezco algún capricho por haber sobrevivido a la Navidad. Excusas que se monta una para dar rienda suelta a su afición compradora y allanar un poco la cuesta de Enero. El otro día me encontré (o me encontró) un precioso librito sobre el antiguo Egipto que quise interpretar como la señal para no aplazar más ese viaje. Un excelente propósito de Año Nuevo.

 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Caminos por los que deseo transitar


Más que recapitular o hacer balances, en este punto me apetece más recordarme esos aspectos en los que he logrado mejorar y aproximarme a mis objetivos. Que han sido inspiradores, hitos de un camino por el que deseo transitar. Por supuesto también ha habido errores, pecadillos de omisión y algún sentimiento negativo del que inmediatamente me arrepiento... Pero ni estoy ante un cura ni es ese el espíritu que pretendo imprimirle a esta reflexión.

No pienso sacar el látigo para fustigarme por lo que no hice bien, sino congratularme con las energías invertidas que dieron fruto para perpetuar esa dinámica. Prefiero centrarme en el estímulo positivo. Sin propósitos utópicos. Leer más, viajar más, pasar más tiempo con las personas a las que quiero... una declaración de intenciones bastante asequible.

Creo que de alguna forma he madurado. Que me conozco más a mí misma, que dispongo de más herramientas en mi mano. Hablo de autocontrol y disciplina. De marcar límites, de decir “no”, de ser lo más autónoma posible, de sentirme libre (dentro de las obligaciones a las que estoy sometida como cualquier mortal).

Creo en el Karma, y en que somos los arquitectos de nuestro destino. No tienes que buscar la validación ajena, sino la tuya propia. No siempre será un estanque de aguas serenas, pero que no te falten los estímulos e ilusiones. La sensación de que hay un lugar para tus aficiones, sueños por los que luchar, afectos que te endulzen la vida. Y sobretodo, la conciencia tranquila. Quisiera tener la memoria y capacidad de trabajo de mi padre, la templanza y sensatez de mi madre. No todo se hereda, pero el ejemplo queda.

Ya estoy divagando, como todos los que disfrutamos escribiendo. Hay dos ámbitos en los que me siento particularmente orgullosa. Me han exigido sacrificio y dedicación, pero los resultados los compensan. La sensación de alcanzar un objetivo es  reconfortante.

Uno de ellos es el físico. Aunque llevo décadas llevando una vida sana, me había descuidado un poco y necesitaba reconducir mis hábitos. Sigo por ese camino, contenta del trecho recorrido.

El otro aspecto es el intelectual. Siempre han sido aguas en las que fluyo con una naturalidad innata. Pero en los últimos tiempos he invertido más dedicación en escritos profesionales y personales. Artículos, ponencias, novelas, relatos, pequeños textos que expresan mis inquietudes. Y todos ellos han sido reparadores. Algunas situaciones han supuesto un reto con su consiguiente aprendizaje. 

Por eso además de la tópica salud (cuantos más años cumples más consciente eres su valor), no le pido mucho más al nuevo año. Mantener las tendencias iniciadas, que no es poco. Y seguir rodeándome de todo aquello que me aporte paz, buscando esas gotas de felicidad que dan sentido a la vida. 

domingo, 21 de diciembre de 2025

Aquellas Navidades

 

No siempre cualquier tiempo pasado fue mejor, pero reconozco que tengo idealizadas mis Navidades de infancia. Para mí fueron las más felices y auténticas. Cada año las evoco con una mirada nostálgica en un intento de revivirlas y dotarlas de sentido. Apenas había ausencias de las que se acumulan con el paso de los años. La experiencia te revela que era precisamente ahí donde radicaba su verdadera magia.

El haber tenido una niñez bonita contribuye a romantizar mis recuerdos. En cualquier caso, tengo claro que el secreto de una Navidad entrañable es una familia unida. Sin renegar de los excesos paganos, supongo que cualquiera prefiere presencias a banquetes o regalos.

Rememoro la felicidad y la gratitud de la humilde familia de Bob Chatchit en “Canción de Navidad”, en la que la brillante pluma de Dickens (inspirado por Washington Irving) popularizó las tradiciones victorianas que exaltaban valores altruistas y el ánimo de celebración. Empiezo por preguntarme qué cosa es, de todo cuanto había en el árbol de Navidad de nuestras Navidades infantiles, aquella de que mejor nos acordamos, y que nos sirvió para encaramarnos a la vida real, escribió en uno de sus cuentos navideños.

O esas “Mujercitas”, asumiendo estoicamente las penurias inherentes a los tiempos de guerra, donando su desayuno navideño a una familia de  inmigrantes. Historias en las que la bondad y los vínculos familiares se imponen al consumismo y los ágapes pantagruélicos. Como en la atemporal fábula “Qué bello es vivir”, en la que la vida (o el cielo) premia a las buenas personas.

También sátiras castizas que remueven conciencias como “Plácido” de Berlanga, tocándote la fibra con la falsa caridad de la iniciativa “Siente a un pobre a su mesa”.

Mis Navidades estaban marcadas por las vacaciones escolares. En un colegio de monjas, el Adviento constituía toda una liturgia. Montando el Belén, ensayando villancicos para la función navideña y donando alimentos no perecederos en la llamada “operación kilo”.

Las calles irradiaban Navidad. Menos iluminadas y decoradas que ahora, pero repletas de elementos festivos. Vendían abetos en la Plaza de Mariana Pineda, zambombas y panderetas bajo los soportales de la Calle Ganivet, e incluso pavos vivos en la Plaza de la Trinidad.

El día 1 de Diciembre, San Eloy, celebrábamos el santo de mi abuelo y mi abuela nos deleitaba con los primeros mantecados de la temporada. Escribía la carta a los Reyes Magos semanas antes. Siendo honesta y comedida, porque había muchos niños en el mundo y la avaricia rompe el saco. Papá Noel no existía en el imaginario colectivo ni formaba parte de nuestra Navidad. Únicamente recibíamos regalos el día de Reyes, ajenos al tsunami de compras compulsivas que nos arrastra desde hace décadas.

El pistoletazo de salida era la llegada de mis primos de Madrid, para nosotros lo mejor de la Navidad. Tras la cena de Nochebuena íbamos a la Misa del Gallo sin rechistar, pues salir a esas horas constituía una licencia excepcional. Después cantábamos villancicos y comíamos turrón hasta que nos vencía el sueño.

Aunque suene a tópico, compartir esos momentos con tus seres queridos es lo que los hace especiales. Y constato cada año que las mujeres siguen siendo el alma de las reuniones y preparativos. Las reinas magas que decoran, compran, cocinan... haciendo posible el milagro navideño.

No diré que la Navidad ha perdido su esencia, porque cada cual la vive a su manera. Pero pienso en la que vivieron mis padres y mis abuelos de niños, más austeras y acordes con la tradición cristiana que las origina. Entorno a la chimenea o el brasero, en la intimidad del hogar. Con zambombas y botellas de anís, alegría e ilusión a raudales. Y me gustaría rescatar esa cita de Manuel Alcántara: Corrían muy malos tiempos, pero vistos a distancia quizás fueran los más nuestros

Ambrosía literaria

  No soy de leer más de un libro al mismo tiempo, y sin embargo las circunstancias me incitan a hacerlo. Supongo que en gran parte se debe a...