Una de las lecciones más preciadas que enseña la experiencia es que a menudo no valoras algo hasta que lo pierdes. Mientras dura esa felicidad a veces pasa desapercibida o no la aprecias en toda su dimensión. Sin embargo la perspectiva del tiempo otorga una clarividencia que le confiere un nuevo significado, revelándonte lo afortunada que fuiste.
Durante mi infancia y mi juventud visité parajes alpinos en Francia, Austria, Italia, Suiza o Alemania. Disfrutando durante semanas de la visión de montañas nevadas, verdes praderas, prístinos arroyos, cascadas, glaciares o lagos como espejos en el que se miraba Narciso. Paisajes espectaculares salpicados de vacas pastando y cabañas de madera al más puro estilo “Milka”. Pueblecitos de cuento, estaciones de esquí tan glamurosas como Gstaad o Saint Moritz, emblemas del lujo frecuentados desde finales del siglo XIX por la aristocracia europea, que se deslizaba por sus blancas laderas y brindaba con champán junto a la chimenea.
Frecuenté lugares preciosos como Interlaken, Chamonix (junto al Mont Blanc), Annecy (la Venecia francesa), Neuschwanstein (cuyo castillo inspiró a Disney para el de “La bella durmiente”), Innsbruck, Grindelwald, los Dolomitas, Cortina d’Ampezzo, la Jungfrau, el Cervino, la Mer de Glace, lo Stelvio... como los que habitaba la pequeña Heidi, envueltos por las melodías de los niños de la familia Trapp entonando el Do-Re-Mi.
Mis recuerdos se amontonan: picnics al aire libre en entornos de ensueño, cenas en restaurantes típicamente alpinos, puertos de montaña, campings junto a ríos de aguas cristalinas, el Kapellbrücke de Lucerna. Las manzanas de Bolzano, las cervezas de abadía, la foundue savoyarde, el chocolate suizo...
Las tormentas eran habituales en las zonas montañosas, las noches gélidas aunque fuera Julio o Agosto. De pronto el cielo se cubría de nubes o te envolvía una espesa niebla que no te dejaba ver más allá de uno o dos metros.
Me viene a la mente la preciosa película “Un franco, catorce pesetas”, en la que dos españoles se ven obligados a emigrar a Suiza en los años sesenta (como otros tantos). Cuando vi esos prados verdes, esas casas de madera entramada con tejados a dos aguas decoradas con macetas de geranios y en los que la bandera suiza estaba omnipresente, reconocí con nostalgia los lugares que tan familiares me resultaban.
La vida son etapas que fluyen como las aguas de un río, y mis veranos dejaron de incluir periplos alpinos. Había pasado mucho tiempo desde mi última visita cuando de forma totalmente inesperada me ofrecieron un viaje a los Alpes. El destino era la estación de esquí francesa de Alpe d´Huez. Me apetecía regresar a esa zona. Además, me encontraba en un momento personal en el que necesitaba una desconexión como el respirar. España estaba siendo azotada una ola de calor asfixiante, así que la perspectiva de pasar unos días a varios grados menos se perfilaba tentadora. Además, la compañía era grata y los gastos reducidos. No suelo actuar con tanta premura, pero el viaje estaba organizado y no había tiempo para pensárselo demasiado. En cuestión de unas horas gestioné unos días de vacaciones, preparé una maleta en la que apenas incluí prendas de abrigo (un error del que aprendí para siempre) y me lancé a la aventura. No podía desperdiciar una ocasión así. Estando allí descubrí una verdad dolorosa que me quitó la venda de los ojos, pero esa es otra historia.
Un par de años después me surgió, también de forma casual, la oportunidad de pasar unos días en los Alpes italianos. Concretamente en Bormio, un milenario pueblecito con estación de esquí. Me hospedé en una acogedora cabaña de madera con vistas a las montañas nevadas. Disfruté mucho de esos días en familia y tuve la oportunidad de hacer un inolvidable recorrido en un tren panorámico llamado “Bernina Express” hasta Saint Moritz (Suiza), una de las experiencias más maravillosas que he vivido nunca. También visité los baños romanos, reconvertidos en un balneario con todas las comodidades modernas pero manteniendo su esencia histórica. Estar en una piscina de agua termal caliente al aire libre frente a las montañas nevadas fue una sensación deliciosa. Tampoco olvido una cena en un restaurante todo de madera que parecía un museo alpino, con un buffet compuesto por alimentos típicos.
Tengo tan idealizados los paisajes alpinos, que cuando necesito relajarme me basta con tirar de recuerdos y evocar unas cuantas imágenes. En ocasiones busco vídeos en Youtube para verlos en pantalla grande y consiguen transportarme a esos lugares idílicos que me trasmiten una paz sólo comparable a la que me inspira el mar. Hace tiempo comencé a escribir una novela ambientada en ese entorno que tan bien conozco, que espera pacientemente a ser retomada.
Y solo ahora, que mis circunstancias han cambiado, soy consciente de inmensa suerte que tuve viajando durante años a tan mágicos escenarios.






