viernes, 27 de marzo de 2026

Semana de Pasión


Siempre me ha encantado la Semana Santa. No sólo por la razón obvia de tener vacaciones (aunque ya no son lo que eran), sino porque soy creyente y tengo muy claro lo que conmemora. Me han educado así, pero ahora que soy dueña de mis creencias entiendo con más profundidad su significado.

Partiendo de esa base que constituye su esencia, la he vivido de diferentes formas a lo largo de mi vida. A nivel “festivo” representa ese balón de oxígeno entre la Navidad y el verano. Con pocos días libres, pero que sirven para desconectar. Además, el inicio de la primavera es una época excelente aunque esté sujeta a la inestabilidad meteorológica.

Desde niña he sentido afición por las procesiones de mi tierra. Sin desmerecer otros lugares, en Andalucía se viven con una emoción especial. He visto encerrarse el Cristo de los Gitanos en la Abadía del Sacromonte de madrugada, salir “El Silencio” a las doce de la noche con penitentes descalzos o arrastrando cadenas por la Carrera del Darro. “La Borriquilla” el Domingo de Ramos, “El huerto de los Olivos” de las Comendadoras de Santiago. “La Concha”, “La Estrella” y “La Aurora” por las callejuelas del Albaicín, con la Alhambra enfrente iluminada por la luna llena. Los Cristos triunfantes del Domingo de Resurrección... El público emocionado a su paso, aplaudiendo cada “levantá”, sintiendo (cada cual a su manera, como el Camino de Santiago) lo que esas imágenes milenarias representan. Las saetas, los “¡Todos por igual, valientes!” y “¡Al cielo con ella!” que forman parte de la tradición cofrade andaluza.

Ya no tengo paciencia para estar dos horas de pie, pero me gusta verlas en algún punto de su itinerario. Me conmueve la liturgia de ese cortejo, los tronos engalanados con flores frescas, los penitentes portando velas (y los niños recogiendo la cera para hacer bolas), las mantillas de luto y la banda de música que los acompaña. Además, tengo un sobrino que me ha salido muy “capillita” y últimamente lo acompaño a ver algunas. Siendo pequeñito lo llevé a verlas al Albaicín un Jueves Santo y supongo que le marcó.

Durante esa Semana de Pasión suelo ver películas bíblicas acordes con el momento (mi favorita es Ben-Hur, aunque tenga menos contenido religioso que otras), al igual que en Navidad me apetece ver las de temática navideña. Pero cuando ha hecho buen tiempo, he aprovechado esos cuatro días para salir de la ciudad. Porque a menudo es sacar los Cristos a la calle e invocar la lluvia... Como digo en broma, la Semana Santa está mal puesta en el calendario (ya se sabe: Abril, aguas mil).

Mis recuerdos más remotos se remontan al Camping “Don Cactus”, junto a la playa de Carchuna, pues de niña era una escapada familiar recurrente. Siempre llevábamos las bicicletas, y nos volvíamos locos por dormir en tiendas de campaña. Paradójicamente décadas después volví en varias ocasiones muy cerca de esa zona durante esas fechas.

Recuerdo con mucho cariño Semanas Santas pasadas en el pueblecito blanco, desde el que los días claros se avista la bahía de Cádiz. La última, hace pocos años, la disfruté intensamente. Me entusiasmó ver las procesiones locales. Con una imaginería más modesta, compensada con una gran devoción popular y un tremendo encanto por su recorrido entre callejuelas encaladas. 

En otros tiempos (más felices) mi abuela preparaba tortilla de patatas, bacalao y su delicioso arroz con leche cada Viernes Santo, respetando la vigilia que prohibía comer carne. Mi tía hacía unas deliciosas torrijas, y veíamos pasar la procesión del "Cristo de los Favores" desde el balcón de su casa. Desgraciadamente esas tradiciones van desapareciendo por ley de vida. Ya no suelo comer los roscos, torrijas, pestiños ni leche frita como los que mi abuela elaboraba cada Semana Santa. Recuerdo esos penitentes de caramelo que vendían cuando era pequeña, tentando a los niños desde los escaparates.

Recién llegada a México, mi querida amiga Alma me invitó esos días a “la Ciudad de las Rosas”. Tanto ella como su familia me acogieron con infinita generosidad y cariño durante mi primera Semana Santa lejos de casa. Con la perspectiva del tiempo revalorizas esos gestos y a las personas que han hecho o hacen tu vida más bonita. Cada vez creo más en la elocuencia de las actitudes, en cómo nos retratan. Leyendo “Mamá está dormida” de Máximo Huerta constato la entrega desinteresada de la que no todo el mundo es capaz.

En los últimos años, frecuentemente, he pasado esos días libres en la playa con mi novio. Este año los aprovecharé para descansar todo lo que pueda y ver algunas procesiones con “mi sobrino bonito” (así se autodenominó en su contacto de mi móvil muy acertadamente). Quiere que esté con él el Domingo de Ramos a las tres y media de la tarde para ver salir “La Santa Cena”. Qué horas son esas, chiquillo...

El otro día escuché “Los tiempos de Dios son perfectos”, y me hizo reflexionar. Sus designios son inescrutables, pero confío en que no arbitrarios. En algún momento todos diríamos “aparta de mí este cáliz”. Y en modo más sumiso, “pero hágase tu voluntad y no la mía”. Espero que las nubes permitan disfrutar esta semana cristiana en su esplendor, sobretodo a aquellos que se lo han ganado y llevan todo el año esperando para ver salir sus procesiones más queridas.

viernes, 20 de marzo de 2026

Jardines donde fluyen los ríos

 

Ya huele a primavera y a incienso, un binomio que alegra el alma (al menos la mía). Aunque sé que quedan días fríos y grises, tienden a ser más esporádicos. El domingo gocé de un delicioso paseo con atisbo primaveral y el aire cargado de buenos presagios. Las abundantes lluvias de los meses previos (la Virgen de la Cueva se tomó en serio nuestras plegarias) ha convertido el bosque de La Alhambra en un vergel. La vegetación desempeña un papel esencial en la cultura islámica, con la omnipresencia del sedante murmullo del agua. Según el Corán es una metáfora del paraíso, constituido por “jardines donde fluyen los ríos”.

Ha sido un invierno ingrato en varios sentidos. Cuando el cielo se oscurece intento asumirlo con la mejor actitud que puedo y convertir los problemas en oportunidades (spoiler: a veces la voluntad no basta). Me aferro al dulce elixir que me ofrecen los pequeños placeres, me recreo en la expectativa de todo lo bueno que vendrá.

La primavera es renovación, florecimiento. Mi estación favorita excluyendo las dos semanas de Agosto en las que toco el cielo como Adán en la Capilla Sixtina. Me encantan los almendros en flor, tan sugerentes y evocadores.

La cafeína activa mi mente, pero cuando está más despejada es al comenzar el día, en movimiento y respirando aire puro. Ahí arreglo yo el mundo, o al menos mi mundo. Visualizo soluciones, relativizo la realidad, ordeno mis pensamientos. Fantaseo con momentos gratos como estar sentada en la terraza del pueblo blanco con una cervecita y una bolsa de pipas, viendo el atardecer. Dormir una siesta sin alarma, o pasear junto al mar. Lujos asequibles y necesarios. De ilusiones vive el hombre (y la mujer).

De momento mis alegrías están íntimamente vinculadas al descanso. El delicioso relax nocturno al llegar a casa. Un “por fin viernes”, la inminencia de la Semana Santa con cuatro días libres que me permiten escaparme de la ciudad. Las vacaciones (incluyendo días del año pasado). “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”, escribió Pablo Neruda. Creo que la paz se parece mucho a la felicidad o al menos es un requisito indispensable para ser feliz. Hay que buscarla por todos los medios, porque su ausencia es devastadora. Si algo te la roba debes desterrarlo de tu vida o al menos de tu cabeza. Encontrar momentos en los que la luz se imponga a las sombras.

Afortunadamente hay personas medicina que siempre están ahí y te aportan calma. Empáticas y generosas (en el más amplio sentido del término), rayitos de sol. Nuestros actos nos definen. La vida envía asideros cuando los necesitas. Me siento bendecida, protegida y afortunada.

Fantaseo con días más largos y cálidos, con una alquimia de elementos reparadores: desconexión, familia, una cita próxima que me entusiasma en mi lugar favorito.

No me defino como PAS (persona altamente sensible), sin embargo me identifico con algunas de sus características. Me agobia el exceso de ruido o gente. Será que me hago mayor. Tiendo a somatizar las tensiones, que se traducen en contracturas musculares o ansiedad. La soledad me regenera, la necesito para recargar baterías. El tiempo libre resulta analgésico cuando lo invierto en lo que me pide el cuerpo. Gestiono mal la incertidumbre, odio las sorpresas. Capto las energías que proyectan las personas. Y me afectan mucho las críticas. No porque no las acepte, sino porque me siento mal si defraudo a alguien que me importa.

Mi mente busca refugios reconfortantes. Vuela junto al mar, a mi paraíso particular... Espacios que despliegan su magia en los que siempre me siento a gusto. Sueña con esos días azules en los que tengo la sonrisa fácil y el corazón contento.  

viernes, 13 de marzo de 2026

Tolerancia

 

En estos tiempos convulsos en los que presenciamos oleadas de odio, me vienen a la memoria épocas en las que la convivencia entre diferentes culturas fue relativamente armónica. la palabra clave es “Respeto”, un derecho elemental a menudo pisoteado por la xenofobia y la intolerancia.

No mencionaré a los oligarcas ni los intereses que subyacen bajo los conflictos babilónicos. Me limitaré a recordar que no siempre el color de la piel o el credo religioso fueron motivo de discriminación.

Así sucedió en ciudades como Toledo o Granada antes de la Reconquista. Una especie de Arcadia idílica como la “Utopía” de Tomás Moro, en la que cohabitaban cristianos, judíos y musulmanes de forma pacífica.

Toledo, capital del reino visigodo, era conocida como “La ciudad de las tres culturas”. En su Escuela de Traductores, eruditos cristianos, judíos y musulmanes trabajaron codo con codo traduciendo textos latinos. Durante siglos adeptos a los tres cultos religiosos convivieron respetando sus creencias y costumbres.

Bajo el reinado Nazarí de Granada, último reducto árabe de España, los musulmanes compartieron cordialmente el espacio con cristianos y judíos hasta 1492. Novelas como “A la sombra del Granado” de Tariq Alí o “El manuscrito carmesí” de Antonio Gala retratan ese periodo. Algunos historiadores afirman que la convivencia no fue tan pacífica, sin embargo me sigue pareciendo un logro en la oscurantista Edad Media.

Juan Latino fue el primer catedrático universitario de raza negra en el siglo XVI. Lo conocí a través de una novela de José Vicente Pascual. Era hijo de una esclava negra africana. Siendo muy joven su familia se instaló en Granada y fue comprado por la hija del Gran Capitán, (Gonzalo Fernández de Córdova) y su marido el Duque de Sessa. Estableció una gran amistad con el hijo de sus señores, Gonzalo, participando de las lecciones que éste recibía. Cuando “su amo” iba a la Universidad Juan escuchaba las clases fuera del aula, pues no le estaba permitida la entrada.

Protegido por varios arzobispos, don Juan de Austria y el presidente de la Real Chancillería Pedro de Deza, obtuvo el título de bachiller en Filosofía. Acabó casándose con una de sus alumnas, la joven noble Ana de Carleval, y obteniendo la libertad como regalo de bodas.

Poeta y humanista, mantuvo contacto con San Juan de la Cruz y Garcilaso de la Vega. Durante veinte años desempeñó la Cátedra de Gramática y Lengua latina en la Universidad de Granada, siendo respetado y admirado por la sociedad granadina. Evidenciando que con el deseo de aprender, los contactos adecuados y una dosis de suerte, se pueden romper los techos de cristal y alterar el orden establecido.

También tenemos a Juan de Pareja, esclavo morisco y mestizo ayudante del pintor Diego Velázquez. Aprendió a pintar a escondidas, hasta que casualmente Felipe IV descubrió una de sus pinturas y le pidió a su pintor de cámara a que le concediera la libertad. En Roma Velázquez pintó su magistral retrato, que se exhibe en el Metropolitan Museum de Nueva York. Ese mismo año (1649) firmó su carta de libertad. Entonces Juan pudo dedicarse a la pintura, siguiendo la estela de su maestro aunque con mayor barroquismo y luminosidad.

Recordemos que España no estableció en América colonias sino virreinatos. Los indígenas eran ciudadanos libres súbditos de la Corona de Castilla como dictaminó Isabel la Católica (ese “tanto monta, monta tanto” me parece un prodigio de equidad). El mestizaje constituyó los pilares de la nueva sociedad. Se dieron casos de ascenso social como los de los afamados pintores Juan Correa (mulato) y Miguel Cabrera (mestizo). Como refleja la “Pintura de castas”, las distintas etnias del reino se mezclaban dando lugar a una variopinta interracialidad.

La diversidad enriquece, todos somos iguales a los ojos de Dios. Como cantaba Antonio Machín, “que también van al cielo, todos los negritos buenos”. La intolerancia étnica o religiosa revela mentes retrógradas y corazones insensibles. Me parece una prepotencia absurda creer que una raza es mejor que otra.

Líderes como Mandela, Martin Luther King, Gandhi o Obama desafiaron al racismo, demostrando que la valía de una persona no radica en el color de su piel. Más mérito tuvo Rigoberta Menchú, activista indígena galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 1992.

“Contamíname, mézclate conmigo. Que bajo mi rama tendrás abrigo”, cantaban Víctor Manuel y Ana Belén elogiando el mestizaje cultural. Una oda a la tolerancia que habría evitado grandes genocidios. Si escarbamos entre nuestros ancestros, nos sorprenderíamos. “Sólo le pido a Dios que lo injusto no me sea indiferente”... Ojalá que la paz y el respeto fueran siempre prioritarios. Que se antepusiera el alma del ser humano a su apariencia o procedencia.

lunes, 2 de marzo de 2026

Pasión alpina

 

Una de las lecciones más preciadas que enseña la experiencia es que a menudo no valoras algo hasta que lo pierdes. Mientras dura esa felicidad a veces pasa desapercibida o no la aprecias en toda su dimensión. Sin embargo la perspectiva del tiempo otorga una clarividencia que le confiere un nuevo significado, revelándonte lo afortunada que fuiste.

Durante mi infancia y mi juventud visité parajes alpinos en Francia, Austria, Italia, Suiza o Alemania. Disfrutando durante semanas de la visión de montañas nevadas, verdes praderas, prístinos arroyos, cascadas, glaciares o lagos como espejos en el que se miraba Narciso. Paisajes espectaculares salpicados de vacas pastando y cabañas de madera al más puro estilo “Milka”. Pueblecitos de cuento, estaciones de esquí tan glamurosas como Gstaad o Saint Moritz, emblemas del lujo frecuentados desde finales del siglo XIX por la aristocracia europea, que se deslizaba por sus blancas laderas y brindaba con champán junto a la chimenea.

Frecuenté lugares preciosos como Interlaken, Chamonix (junto al Mont Blanc), Annecy (la Venecia francesa), Neuschwanstein (cuyo castillo inspiró a Disney para el de “La bella durmiente”), Innsbruck, Grindelwald, los Dolomitas, Cortina d’Ampezzo, la Jungfrau, el Cervino, la Mer de Glace, lo Stelvio... como los que habitaba la pequeña Heidi, envueltos por las melodías de los niños de la familia Trapp entonando el Do-Re-Mi.


Mis recuerdos se amontonan: picnics al aire libre en entornos de ensueño, cenas en restaurantes típicamente alpinos, puertos de montaña, campings junto a ríos de aguas cristalinas, el Kapellbrücke de Lucerna. Las manzanas de Bolzano, las cervezas de abadía, la foundue savoyarde, el chocolate suizo...

Las tormentas eran habituales en las zonas montañosas, las noches gélidas aunque fuera Julio o Agosto. De pronto el cielo se cubría de nubes o te envolvía una espesa niebla que no te dejaba ver más allá de uno o dos metros.

Me viene a la mente la preciosa película “Un franco, catorce pesetas”, en la que dos españoles se ven obligados a emigrar a Suiza en los años sesenta (como otros tantos). Cuando vi esos prados verdes, esas casas de madera entramada con tejados a dos aguas decoradas con macetas de geranios y en los que la bandera suiza estaba omnipresente, reconocí con nostalgia los lugares que tan familiares me resultaban.

La vida son etapas que fluyen como las aguas de un río, y mis veranos dejaron de incluir periplos alpinos. Había pasado mucho tiempo desde mi última visita cuando de forma totalmente inesperada me ofrecieron un viaje a los Alpes. El destino era la estación de esquí francesa de Alpe d´Huez. Me apetecía regresar a esa zona. Además, me encontraba en un momento personal en el que necesitaba una desconexión como el respirar. España estaba siendo azotada una ola de calor asfixiante, así que la perspectiva de pasar unos días a varios grados menos se perfilaba tentadora. Además, la compañía era grata y los gastos reducidos. No suelo actuar con tanta premura, pero el viaje estaba organizado y no había tiempo para pensárselo demasiado. En cuestión de unas horas gestioné unos días de vacaciones, preparé una maleta en la que apenas incluí prendas de abrigo (un error del que aprendí para siempre) y me lancé a la aventura. No podía desperdiciar una ocasión así. Estando allí descubrí una verdad dolorosa que me quitó la venda de los ojos, pero esa es otra historia.

Un par de años después me surgió, también de forma casual, la oportunidad de pasar unos días en los Alpes italianos. Concretamente en Bormio, un milenario pueblecito con estación de esquí. Me hospedé en una acogedora cabaña de madera con vistas a las montañas nevadas. Disfruté mucho de esos días en familia y tuve la oportunidad de hacer un inolvidable recorrido en un tren panorámico llamado “Bernina Express” hasta Saint Moritz (Suiza), una de las experiencias más maravillosas que he vivido nunca. También visité los baños romanos, reconvertidos en un balneario con todas las comodidades modernas pero manteniendo su esencia histórica. Estar en una piscina de agua termal caliente al aire libre frente a las montañas nevadas fue una sensación deliciosa. Tampoco olvido una cena en un restaurante todo de madera que parecía un museo alpino, con un buffet compuesto por alimentos típicos.

Tengo tan idealizados los paisajes alpinos, que cuando necesito relajarme me basta con tirar de recuerdos y evocar unas cuantas imágenes. En ocasiones busco vídeos en Youtube para verlos en pantalla grande y consiguen transportarme a esos lugares idílicos que me trasmiten una paz sólo comparable a la que me inspira el mar. Hace tiempo comencé a escribir una novela ambientada en ese entorno que tan bien conozco, que espera pacientemente a ser retomada.

Y solo ahora, que mis circunstancias han cambiado, soy consciente de inmensa suerte que tuve viajando durante años a tan mágicos escenarios. 

jueves, 19 de febrero de 2026

Ambrosía literaria

 

No soy de leer más de un libro al mismo tiempo, y sin embargo las circunstancias me incitan a hacerlo. Supongo que en gran parte se debe a la cantidad de lecturas pendientes que tengo, un maravilloso privilegio en ocasiones abrumador. El tiempo libre es un bien escaso...

Empecé el año con las “Meditaciones” de Marco Aurelio, que adquirí en la librería más bonita de Granada, a la que no pretendo volver. Ahí lo dejo porque no es mi intención desprestigiar un negocio de libros, que bastante luchan por sobrevivir. Faltaría a la verdad si dijera que no lo estaba disfrutando, pero mi ansiedad lectora me impulsó a empezar una novela, que es mi género favorito. Cuando algo me gusta soy impaciente y voraz, así que le hinqué el diente a “El secreto de la asistenta”, pues la primera parte me había enganchado y estaba ávida por otra dosis. De sobra sé que carece de calidad literaria, pero de vez en cuando el cuerpo me pide bestsellers como me sucede con la “comida basura”.

Tomándole el gusto a la infidelidad, emprendí la lectura de “Érase una vez la taberna de Swan”, de Diane Setterfield. Se me antojó porque años atrás me había fascinado “El cuento número trece”. A mi juicio no está a la misma altura, pero es una historia bien escrita.

Además comencé a releer “¿De qué se ríe la Mona Lisa?”. También tengo a medias “El sabor del chocolate” y otro sobre la historia del perfume que adquirí en una tienda de segunda mano benéfica por un precio irrisorio.


Por otra parte, poseo miles (no exagero) de libros electrónicos que cubren sobradamente mis necesidades lectoras, pero que convierten en un gran dilema el hecho de escoger el siguiente. Como si entraras en la cueva de Alí Babá y pudieras llevarte lo que te diera la gana. O en la de Montecristo, que viene más al caso.

Tras pasearme por el París barroco de la mano de Alatriste, me sedujo “El verano de Cervantes” de Antonio Muñoz Molina (“el santo” de Elvira Lindo). Y como a veces un libro te conduce a otro, me hizo desembocar en “El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha”. Hacía tiempo que deseaba releerlo. Y lo estoy haciendo debutando en el mundo de los audiolibros por recomendación de una buena amiga. Aunque tenía mis reservas acerca de ese formato, me está resultando inesperadamente gratificante. Empiezo mis mañanas entre ventas, magos, galeotes, el yelmo de Mambrino, y el prodigioso bálsamo de Fierabrás. No cantaré sus excelencias por no caer en la obviedad, pero cuando el Caballero de la Triste Figura denomina a su amada: “Señora de mis pensamientos” lo siento suspirar.

Durante años me resistí al soporte electrónico, al que sucumbí alentada por mi media naranja. Y tengo que reconocer que es bastante más práctico. La pantalla retroiluminada me permite utilizarlo a oscuras y apenas pesa, por lo que es ideal para leer en la cama. A eso se une la ingente variedad de títulos de los que dispongo. Tales virtudes no impiden que cuando alguno de mis autores fetiche publica, la coleccionista bibliófila que habita en mí desee adquirirlo en papel. Nada puede sustituir el tacto y el aroma de la letra impresa.

Últimamente además me ha dado por hacerme con ediciones “bonitas” de mis libros favoritos. Muchos de ellos los tengo en formato de bolsillo, amarillentos por el tiempo (lo que no les resta encanto sino todo lo contrario), pero me apetece atesorarlos en pasta dura, con interesantes prólogos y un tamaño que facilite su lectura. Lo hice con “Canción de Navidad” de Dickens. Uno de los más recientes ha sido “Frankenstein” de Mary Shelley. La película de Guillermo del Toro ha resucitado en mi memoria la genial novela gótica que devoré en mi juventud, cuya autora escribió con la edad que yo tenía por ese entonces. Además, una querida amiga me comentó que la estaba leyendo y me dio envidia sana. Sólo el prólogo te atrapa como una tela de araña.

Tampoco he podido resistirme ante una de mis favoritas: “El retrato de Dorian Gray” aunque poseo más de un ejemplar (¿quién dice cuántos son suficientes?). Ahora que está de actualidad ansío volver a los páramos de “Cumbres borrascosas”. Y ya puestos, a la brumosa Manderley. Si es que la avidez lectora no tiene enmienda... Cuanto más tienes, más quieres.

También estoy anhelando sumergirme en el librito sobre el antiguo Egipto que “me encontró” en la Librería Picasso. Y en “La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio”, procedente de la tienda benéfica (y eso que no soy aficionada a comprar de segunda mano). De la feria del libro se vino conmigo “Las islas griegas” de Durrell y del rastro madrileño la narrativa completa de Hemingway.

Me esperan dos acertados regalos: “Hombre caído” de Fernando Aramburu y “Todo va a mejorar”, la obra póstuma de mi admirada Almudena Grandes (mi caótica afluencia de lecturas explica que aún no lo haya leído). Además, lo último de Foenkinos, Ken Follett, Murakami, Luis Landero, María Dueñas, Javier Castillo, Vargas Llosa, Jaime Bayly, Leonardo Padura, Arundhati Roy... El Premio Planeta, por muy comercial que sea (quiero tener mi propia opinión),“La península de las casas vacías”, que tanto me han recomendado, al igual que “Comerás flores”. Novedades a las que les tengo ganas como “Mamá está dormida” de Máximo Huerta (me encandiló su “pequeña librería”), “Bailando lo quitao” de Ana Milán. Me da igual si son más o menos mediáticos mientras me toquen el alma. Se me acumula el trabajo, pero que no falte.

Cada cual libra sus batallas e ilumina sus días como puede y quiere. Mis lecturas son mi ambrosía. El prodigioso manjar de los dioses que no me otorga la inmortalidad pero sí ingentes cantidades de felicidad. 

viernes, 13 de febrero de 2026

Andanzas de un fraile ilustrado

 

Un mes lloviendo te va desgastando, robándote la energía gota a gota. El invierno parece perpetuo. La meteorosensibilidad no es ningún invento... Pero como he comentado alguna vez, los días lluviosos favorecen mi actividad intelectual. No hay mal que por bien no venga, el que no se consuela es porque no quiere. Con las neuronas activadas por la cafeína y la inspiración lluviosa, andaba yo preparando una conferencia cuando me topé con un personaje que me pareció fascinante: fray Andrés de San Miguel.

Descubrí su figura allá por el año 2009 escribiendo un artículo de temática similar a la que ahora me ocupa. Me llamó la atención, pero no profundicé demasiado. Sin embargo el destino tenía prevista la jugada de reencontrarnos.

Andrés de Segura de la Alcuña nació en Medina Sidonia (Cádiz) a finales del siglo XVI en el seno de una familia de escasos recursos. Los que me conocen saben de buena tinta los lazos afectivos y genealógicos que me unen a ese pueblo. Si además se trata de un personaje histórico atractivo e íntimamente vinculado con México, mi intriga se dispara. El universo me gritaba que tal conjunción de factores no podía ser ignorada.

Pues el joven Andrés poseía una especial capacidad para las matemáticas. Guiado por su inquietud, en 1592 se trasladó a Sevilla en busca de fortuna. Un año después embarcó en Cádiz rumbo al Virreinato de Nueva España (actual México).

Esas travesías marítimas eran largas, inciertas y expuestas a peligros varios. Al salir de La Habana lo sorprendió una virulenta tempestad. “Treinta tripulantes, entre ellos Andrés de Segura, se echaran a la mar en una frágil chalupa que construyeron, en la que apenas cabían. En ella, sin ver más que cielo y agua, padeciendo un hambre terrible y una sed rabiosa y rodeados de tiburones ansiosos de hacer presa en sus cuerpos, pasaron doce días hasta que llegaron a la costa de La Florida, tan flacos y consumidos que apenas llevaban la piel sobre los huesos”. Durante ese duro trance, el joven Andrés hizo la promesa de ingresar en la orden carmelita si se salvaba.

Dios así lo quiso y tomó los votos en el Convento de Nuestra Señora del Carmen de Puebla de los Ángeles. Una de las ciudades mexicanas más bellas, famosa por su “Talavera” (cerámica vidriada según la técnica de Talavera de la Reina, Toledo) y por el delicioso mole poblano, salsa elaborada con chile y chocolate entre otros ingredientes.

En esa época los conventos eran centros de cultura que ofrecían acceso al conocimiento, lo que probablemente influyó en su decisión. De ser así me parecería lícito y hasta encomiable. Hace poco escribí un texto para un podcast en el que reivindicaba el papel de ciertas mujeres cultas a lo largo de la Historia, muchas de las cuales habían elegido la vida religiosa en parte motivadas por sus inquietudes culturales. Buscando un espacio en el que gozar de libertad y el derecho de pensar, leer, escribir... que la sociedad les negaba, “condenándolas” al papel de esposas y madres. Entre ellas, personalidades destacadas como la reina del misticismo Santa Teresa de Jesús y Sor Juana Inés de la Cruz, la poetisa criolla más importante de América. En su caso parece que las razones intelectuales pesaron más que las devocionales. Su objetivo era poder dedicarse al estudio y la escritura, una independencia de la que no habría gozado de otro modo.

Desde que la Biblioteca de Alejandría ardió como un ninot, pocos lugares (la mayoría del mundo islámico) reunían tal cantidad de obras. Hasta que en la Edad Media los monasterios se convirtieron en focos de difusión del saber. Con inmensas bibliotecas y scriptoriums al más puro estilo de “El nombre de la rosa” (pero sin asesinatos) en los que se copiaban manuscritos y códices decorados con preciosistas miniaturas. En el Renacimiento los studiolos fueron la versión laica, estancias de residencias nobles utilizadas como gabinetes de estudio.

Las órdenes religiosas desempeñaron un papel esencial en la culturización (además de en la evangelización) de los virreinatos americanos. Pero es que fray Andrés era un auténtico diletante renacentista, humanista y polifacético erudito: arquitecto (construyó varios conventos carmelitas), astrónomo, matemático e ingeniero hidráulico. Escribió tratados sobre construcción, carpintería, geometría y música. Además de sermones, poemas... También se movió en círculos políticos, pues fue confesor del virrey Duque de Linares.

Me admira que alguien de procedencia humilde se convirtiera en una eminencia. Y me recuerda que independientemente del origen o las trabas, cuando confluyen la inteligencia, las inquietudes y la voluntad, el cielo es el límite. Y no puedo evitar sentir cierto orgullo como el que siento de que Lorca sea granadino, pues Medina es mi segundo hogar y fray Andrés de San Miguel un incuestionable genio.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Lo que el tiempo me enseñó

 

El paso del tiempo deja preciados regalos para compensar lo que te roba. Convierte incertidumbres en certezas, ofrece respuestas, afianza posturas. La experiencia ilumina el entendimiento. Los años te aportan lucidez, una clarividencia que allana el camino.

A veces te abre los ojos para que repares en algo que habías ignorado o quizás sólo intuías. Como un espejo de aumento, te muestra una imagen sin filtros aduladores a lo Dorian Gray. En ocasiones es una radiografía de tu alma que te brinda la inestimable oportunidad de mejorar y ser más feliz.

Cada vez soy más selectiva. Con mis compañías, con aquello en lo que invierto mi tiempo. Con la calidad de mis pensamientos y el estilo de vida que elijo, con a qué quiero dedicar mi energía. A veces implica decir un “no”, pero me compensa pagar el peaje si me proporciona bienestar y paz mental. Voy dominando la práctica de escucharme: ¿Qué deseo, qué me apetece realmente? ¿Qué precios estoy dispuesta a pagar? ¿Dónde están mis límites? ¿A qué debo renunciar y a qué no?

He aprendido a ser fiel a lo que me funciona, al margen de la opinión ajena. Fiel a mí misma. No plegarme a la voluntad de otro si no me suma. Me niego a vivir a la deriva o a merced de las decisiones ajenas. Bastante tengo ya con las obligaciones que consumen la mayor parte del tiempo (y en ocasiones se multiplican). El estrés dinamita la calidad de vida, y los antídotos a veces se venden caros.


Otra lección fundamental es que quien no está a gusto solo es porque no está en buena compañía. Es una frase de mi abuela impregnada de sabiduría. Por lo general me llevo muy bien conmigo misma, procuro que mi felicidad no dependa de los demás. Me siento muy arropada por mi gente (lo más valioso que tengo), y sé apreciar una buena compañía. Pero disfruto mucho los planes solitarios. Un libro, un museo, un paseo por mi ciudad, despertar rodeada de silencio y empezar el día sin prisa... Es más, requiero mi cuota de soledad. Cuando estoy cansada, es lo que me regenera. Soy consciente de que no es lo mismo una soledad elegida que una soledad obligada.

Trato de anteponer los afectos, dedicarles tiempo y atención. Podría hacerlo mejor, pero pueden contar conmigo (no hasta dos o hasta diez, como decía Benedetti). Ya sabemos que las relaciones son una calle de doble dirección. A veces la gente en la que confías te falla. Las traiciones y decepciones forman parte de la vida. Esos traguitos amargos te agudizan la mirada. Dejan cicatrices pero acaban fortaleciendo. En cualquier caso me siento muy querida por los que me importan.

Tengo “ángeles” que velan por mí, que me detienen antes de cruzar la carretera si voy distraída, que contribuyen a que algo que anhelo suceda. Que me ayudan a creer en mis capacidades y no me dejan desfallecer.

Hace tiempo que incorporé a mi día a día la disciplina, pero me he vuelto más prusiana en ese sentido. Me refiero a marcarme un objetivo y alcanzarlo a pesar de las trabas: las inclemencias meteorológicas, la pereza, el sueño, las voces disuasorias... Trato de ser más resolutiva e invertir esfuerzo en lo que considero que vale la pena.

Manejo mejor el autocontrol. Lo que no está en mi mano tampoco debe estar en mi cabeza. Adaptarme al medio (o a las circunstancias) como forma darwiniana de supervivencia. Relativizar, desdramatizar. Los pensamientos intrusivos son como el rencor, quien lo siente es el principal damnificado.

Procuro huir de la queja y de las personas que se instalan en ella. Te vampirizan. Intento corregir las actitudes tóxicas en cuanto las detecto. Practicar la gratitud, valorar todo aquello que durante años he dado por hecho.

Recordarme que siempre hay un “Remains of the Day”, como en el magnífico libro de Kazuo Ishiguro. Ese lugar de paz en el que puedo refugiarme tras una jornada dura. Y vías de escape como la de expresarme por escrito, una de las más terapéuticas que conozco.

Semana de Pasión

Siempre me ha encantado la Semana Santa. No sólo por la razón obvia de tener vacaciones (aunque ya no son lo que eran), sino porque soy crey...