miércoles, 4 de febrero de 2026

Lo que el tiempo me enseñó

 

El paso del tiempo deja preciados regalos para compensar lo que te roba. Convierte incertidumbres en certezas, ofrece respuestas, afianza posturas. La experiencia ilumina el entendimiento. Los años te aportan lucidez, una clarividencia que allana el camino.

A veces te abre los ojos para que repares en algo que habías ignorado o quizás sólo intuías. Como un espejo de aumento, te muestra una imagen sin filtros aduladores a lo Dorian Gray. En ocasiones es una radiografía de tu alma que te brinda la inestimable oportunidad de mejorar y ser más feliz.

Cada vez soy más selectiva. Con mis compañías, con aquello en lo que invierto mi tiempo. Con la calidad de mis pensamientos y el estilo de vida que elijo, con a qué quiero dedicar mi energía. A veces implica decir un “no”, pero me compensa pagar el peaje si me proporciona bienestar y paz mental. Voy dominando la práctica de escucharme: ¿Qué deseo, qué me apetece realmente? ¿Qué precios estoy dispuesta a pagar? ¿Dónde están mis límites? ¿A qué debo renunciar y a qué no?

He aprendido a ser fiel a lo que me funciona, al margen de la opinión ajena. Fiel a mí misma. No plegarme a la voluntad de otro si no me suma. Me niego a vivir a la deriva o a merced de las decisiones ajenas. Bastante tengo ya con las obligaciones que consumen la mayor parte del tiempo (y en ocasiones se multiplican). El estrés dinamita la calidad de vida, y los antídotos a veces se venden caros.


Otra lección fundamental es que quien no está a gusto solo es porque no está en buena compañía. Es una frase de mi abuela impregnada de sabiduría. Por lo general me llevo muy bien conmigo misma, procuro que mi felicidad no dependa de los demás. Me siento muy arropada por mi gente (lo más valioso que tengo), y sé apreciar una buena compañía. Pero disfruto mucho los planes solitarios. Un libro, un museo, un paseo por mi ciudad, despertar rodeada de silencio y empezar el día sin prisa... Es más, requiero mi cuota de soledad. Cuando estoy cansada, es lo que me regenera. Soy consciente de que no es lo mismo una soledad elegida que una soledad obligada.

Trato de anteponer los afectos, dedicarles tiempo y atención. Podría hacerlo mejor, pero pueden contar conmigo (no hasta dos o hasta diez, como decía Benedetti). Ya sabemos que las relaciones son una calle de doble dirección. A veces la gente en la que confías te falla. Las traiciones y decepciones forman parte de la vida. Esos traguitos amargos te agudizan la mirada. Dejan cicatrices pero acaban fortaleciendo. En cualquier caso me siento muy querida por los que me importan.

Tengo “ángeles” que velan por mí, que me detienen antes de cruzar la carretera si voy distraída, que contribuyen a que algo que anhelo suceda. Que me ayudan a creer en mis capacidades y no me dejan desfallecer.

Hace tiempo que incorporé a mi día a día la disciplina, pero me he vuelto más prusiana en ese sentido. Me refiero a marcarme un objetivo y alcanzarlo a pesar de las trabas: las inclemencias meteorológicas, la pereza, el sueño, las voces disuasorias... Trato de ser más resolutiva e invertir esfuerzo en lo que considero que vale la pena.

Manejo mejor el autocontrol. Lo que no está en mi mano tampoco debe estar en mi cabeza. Adaptarme al medio (o a las circunstancias) como forma darwiniana de supervivencia. Relativizar, desdramatizar. Los pensamientos intrusivos son como el rencor, quien lo siente es el principal damnificado.

Procuro huir de la queja y de las personas que se instalan en ella. Te vampirizan. Intento corregir las actitudes tóxicas en cuanto las detecto. Practicar la gratitud, valorar todo aquello que durante años he dado por hecho.

Recordarme que siempre hay un “Remains of the Day”, como en el magnífico libro de Kazuo Ishiguro. Ese lugar de paz en el que puedo refugiarme tras una jornada dura. Y vías de escape como la de expresarme por escrito, una de las más terapéuticas que conozco.

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