viernes, 23 de enero de 2026

Ancestros

 

Cada vez soy más consciente de la influencia de los ancestros en mi vida. Aunque mi mentalidad es más humanística que científica, hay verdades empíricas irrefutables. Una de ellas es la herencia genética. No me refiero sólo al ADN, sino a los usos y costumbres que se aprenden o se heredan. A los valores que se transmiten a través del comportamiento. El ejemplo y la educación recibidos tienen un peso específico en la forma de ser, de actuar, de sentir. Nuestras raíces condicionan lo que somos como la cepa al vino.

Siempre me ha interesado conocer el linaje del que provengo. Quizás ser historiadora justifica mi pasión por bucear en el pasado. Cuando puedo trabajo en una monografía sobre mis antepasados, hurgando entre documentos y testimonios familiares. A falta de una investigación archivística que arroje luz sobre las sombras, un ámbito en el que me siento como pez en el agua. El vínculo de la sangre es determinante, conocer tu estirpe ofrece valiosas respuestas.

No creo en la reencarnación, pero sí en que repetimos patrones y que gran parte de lo que nos sucede tiene que ver con nuestros antecesores. Ciertas conductas se transmiten de generación en generación. Nos guste o no heredamos traumas, salud, actitudes, talentos... El genoma determina aspectos como la inteligencia y el carácter. Al menos, cierta predisposición.

Si indagáramos en nuestra procedencia encontraríamos orígenes en lugares insospechados. Quizás ascendientes árabes, judíos o mestizos.

Cromosomas aparte, valoro enormemente el legado recibido en el sentido amplio del término. Debo a mis antepasados gran parte de lo que soy. No únicamente a los que tuve la suerte de conocer, sino también a aquellos que dejaron este mundo antes de que yo naciera e hicieron posible la existencia de mis progenitores.

Me encanta escuchar anécdotas de mis bisabuelos e incluso de parientes más remotos. Verlos en fotografías antiguas, reconocer alguno de mis rasgos en ellos. Honra merece el que a los suyos se parece, dicen. Me intriga saber cómo vivían, qué clase de personas eran. Qué mundo les tocó en suerte (las circunstancias a las que se refería Ortega y Gasset). Vivieron en un ambiente socio-cultural concreto, con unos valores y una educación cuya tendencia es perpetuarse.

Afortunadamente se mantiene la vivienda que construyeron y habitaron algunos de ellos. Observando fotografías antiguas veo elementos que utilizaron y han llegado a nuestros días. Obras de arte, objetos que perduran gracias al cuidado de las sucesivas generaciones. Me parece una responsabilidad moral mantener el patrimonio que tus predecesores amasaron y protegieron. Los romanos, que tanto apreciaban el pasado, creían que sus almas protegían el hogar. Eran venerados y considerados referentes. Tanto que exhibían sus bustos en el atrio (el patio principal). Cuando veo los retratos de mis antepasados colgando de las paredes de esa vetusta residencia me inspiran un sentimiento de cariño y familiaridad. A veces no puedo evitar dedicarles una sonrisa cómplice.


Por desgracia los antecesores de mi rama paterna se han extinguido, por lo que me falta información que nunca podré obtener. Por ello atesoro los recuerdos del tiempo compartido. Lo que escuché de niña (que con el tiempo valoro en su justa medida), lo que me enseñaron, lo que tan desprendidamente me ofrecieron. Testimonios orales y actitudinales de gran valor sentimental.

Mi abuelo Alberto era un médico vocacional “de los de antes”, a quien despertaban en mitad de la noche para visitar a un enfermo de un barrio humilde al que no dudaba en auxiliar a sabiendas de que no podría pagarle. Cuando estalló la guerra se encontraba a muchos kilómetros de su familia y pasó años sin noticias, temiéndose lo peor.

Mi abuelo Eloy se quedó huérfano con apenas tres años y dos hermanas menores. Fue maestro de escuela allá donde lo mandaban. Enseñando a leer y escribir a niños de poblaciones rurales que no tenían otro acceso al conocimiento.

Cuando enviudó su padre, mi abuela María Luisa se mudó con él al cortijo familiar junto a su marido y su hijo recién nacido (mi padre), para acompañarlo y ocuparse de la intendencia doméstica.

Mi abuela María Isabel crió a ocho hijos además de ayudar en la consulta de mi abuelo (recuerdo como si la viera su máquina de rayos X). Llevaba su casa con la inteligencia y la sensibilidad que la caracterizaban, entregada a su familia aunque podría haber vivido como una reina. Gracias a ella disponemos de la vivienda señorial con más de trescientos años y gran valor histórico. También sus hijos han contribuido a la pervivencia de ese legado, pues llevan en la sangre el cariño y el respeto hacia el patrimonio heredado.

Recordemos que esa generación vivió una cruenta guerra civil. Jamás los escuché quejarse. Uno de los regalos más preciados que recibió en ese tiempo mi abuelo Alberto fue una hogaza de pan que viajó durante días oculta como el artículo de lujo que era. Una anécdota que me permite poner en valor las comodidades de las que he gozado siempre.

También he escuchado historias sobre mi bisabuelo Mariano, que según  dicen era más autoritario que un sargento y sin embargo recriminaba a su hija que regañara a sus nietos “porque eran pequeños”.

O mi tatarabuela María, quien donaba su ropa interior nueva a los indigentes argumentando que la necesitaban más que ella. Junto con otra mecenas fundó el convento situado frente a la casa familiar, a cuyas monjas alojaron durante la guerra.

Fueron gente honorable y virtuosa. Bendita sea la rama que al tronco se parece. Me conformaría con ser una pálida sombra de lo que fueron ellos. Algunos vivieron mejor que yo (visto en su contexto), aunque evidentemente la vida es más fácil hoy en día. Sin duda había más penurias, menos democratización y conquistas sociales (especialmente para el género femenino).

Mi afición cronística alienta mi curiosidad y me incita a tirar del hilo de Ariadna para reconstruir el árbol genealógico materno. Uno de mis antepasados, Alonso Montes de Oca Hurtado y Novela (1727), poseía un archivo familiar privado. Recopiló en un cuadernillo la secuencia genealógica de sus predecesores para preservar sus derechos y privilegios.

Y me siento muy orgullosa de venir de donde vengo, aunque no les llegue ni a la suela de los zapatos. Me conformaría con tener la brillantez mental de mi padre o la templanza de mi madre.

martes, 13 de enero de 2026

La vida sin oropel


Ya pasó el torbellino navideño, dejando a su paso esa sensación de fugacidad y efervescencia de las burbujas del champán. A veces cuando deseas que un momento transcurra deprisa no reparas en que esa misma velocidad se imprimirá a sus facetas felices. Como cuando te quemas con el café  porque no has calibrado bien sus posibles riesgos. En cualquier caso tras the most beautiful time of the year queda un cóctel de desgaste, buenos recuerdos y días alterados.

El fin de fiesta (como la brillante novela de Carmen Rico Godoy) me suele producir una sensación ambivalente. Por una parte algo nostálgica. Me da pena quitar los adornos navideños y el fin de la iluminación callejera, aunque sé que su encanto radica en su componente efímero.

Sin embargo el retorno a la normalidad me trae paz. Soy organizada, tolero el bullicio pero en pequeñas dosis. El no haber abandonado del todo “la normalidad” hace que sea una rentrée menos abrupta. Este año no he tenido más de tres días libres seguidos, no es una auténtica “desconexión” como la de las vacaciones estivales.

Con el tiempo se añade un sentimiento cada vez más patente: la gratitud. El esfuerzo de algunos familiares, que ya van teniendo una edad, para organizar reuniones multitudinarias tiene un mérito monumental. Alojar visitantes, comprar, cocinar para un regimiento y recoger después los restos del naufragio. La figura del anfitrión está absolutamente infravalorada. Casi siempre es la entrega femenina la que permite la cohesión familiar (incido en esta realidad porque me parece fundamental). Al César lo que es del César.

Ha habido tradiciones inamovibles como reuniones en petit comité, una barbacoa campestre o algún tour albaicinero. Sobrinos durmiendo en mi casa (en mi cama, pequeños usurpadores), lo que me encanta aunque hagan alguna gamberrada. Un día en el que los invito a las atracciones navideñas y a tomar algo, que yo disfruto más que ellos. Y evidentemente, he sido reina maga con mayor o menor acierto.

Empezamos el año con nieve a pocos kilómetros de la ciudad y Sierra Nevada que parece Invernalia. Ya se sabe, Enero heladero. Y con liberaciones tiránicas falsamente altruistas. Por lo demás, con una resaca de agotamiento físico y emocional, alegría en el alma por los reencuentros y los brindis de corazón.

He recibido presentes orientales cual Sherezade (no me quejo, pero preferiría el don de contar historias). Entre ellos mi perfume favorito, algún pequeño electrodoméstico, unos calcetines para chicas lectoras (en la planta pone: “No molestar, estoy leyendo”), un libro que deseaba: “Érase una vez la taberna de Swan”, de Diane Setterfield. Y un regalazo inesperado que eleva a otro nivel mi pasión por el cine. Sin olvidar los infalibles autorregalos. Como me dice mi chico, me he (ha) convertido en una tecnócrata.

Los años te vuelven más escéptica, pero siempre me gusta echar un vistazo en las rebajas por si encuentro algo que valga la pena. Y quizás siento que a pesar de lo recibido me merezco algún capricho por haber sobrevivido a la Navidad. Excusas que se monta una para dar rienda suelta a su afición compradora y allanar un poco la cuesta de Enero. El otro día me encontré (o me encontró) un precioso librito sobre el antiguo Egipto que quise interpretar como la señal para no aplazar más ese viaje. Un excelente propósito de Año Nuevo.

 

Ambrosía literaria

  No soy de leer más de un libro al mismo tiempo, y sin embargo las circunstancias me incitan a hacerlo. Supongo que en gran parte se debe a...