jueves, 19 de febrero de 2026

Ambrosía literaria

 

No soy de leer más de un libro al mismo tiempo, y sin embargo las circunstancias me incitan a hacerlo. Supongo que en gran parte se debe a la cantidad de lecturas pendientes que tengo, un maravilloso privilegio en ocasiones abrumador. El tiempo libre es un bien escaso...

Empecé el año con las “Meditaciones” de Marco Aurelio, que adquirí en la librería más bonita de Granada, a la que no pretendo volver. Ahí lo dejo porque no es mi intención desprestigiar un negocio de libros, que bastante luchan por sobrevivir. Faltaría a la verdad si dijera que no lo estaba disfrutando, pero mi ansiedad lectora me impulsó a empezar una novela, que es mi género favorito. Cuando algo me gusta soy impaciente y voraz, así que le hinqué el diente a “El secreto de la asistenta”, pues la primera parte me había enganchado y estaba ávida por otra dosis. De sobra sé que carece de calidad literaria, pero de vez en cuando el cuerpo me pide bestsellers como me sucede con la “comida basura”.

Tomándole el gusto a la infidelidad, emprendí la lectura de “Érase una vez la taberna de Swan”, de Diane Setterfield. Se me antojó porque años atrás me había fascinado “El cuento número trece”. A mi juicio no está a la misma altura, pero es una historia bien escrita.

Además comencé a releer “¿De qué se ríe la Mona Lisa?”. También tengo a medias “El sabor del chocolate” y otro sobre la historia del perfume que adquirí en una tienda de segunda mano benéfica por un precio irrisorio.


Por otra parte, poseo miles (no exagero) de libros electrónicos que cubren sobradamente mis necesidades lectoras, pero que convierten en un gran dilema el hecho de escoger el siguiente. Como si entraras en la cueva de Alí Babá y pudieras llevarte lo que te diera la gana. O en la de Montecristo, que viene más al caso.

Tras pasearme por el París barroco de la mano de Alatriste, me sedujo “El verano de Cervantes” de Antonio Muñoz Molina (“el santo” de Elvira Lindo). Y como a veces un libro te conduce a otro, me hizo desembocar en “El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha”. Hacía tiempo que deseaba releerlo. Y lo estoy haciendo debutando en el mundo de los audiolibros por recomendación de una buena amiga. Aunque tenía mis reservas acerca de ese formato, me está resultando inesperadamente gratificante. Empiezo mis mañanas entre ventas, magos, galeotes, el yelmo de Mambrino, y el prodigioso bálsamo de Fierabrás. No cantaré sus excelencias por no caer en la obviedad, pero cuando el Caballero de la Triste Figura denomina a su amada: “Señora de mis pensamientos” lo siento suspirar.

Durante años me resistí al soporte electrónico, al que sucumbí alentada por mi media naranja. Y tengo que reconocer que es bastante más práctico. La pantalla retroiluminada me permite utilizarlo a oscuras y apenas pesa, por lo que es ideal para leer en la cama. A eso se une la ingente variedad de títulos de los que dispongo. Tales virtudes no impiden que cuando alguno de mis autores fetiche publica, la coleccionista bibliófila que habita en mí desee adquirirlo en papel. Nada puede sustituir el tacto y el aroma de la letra impresa.

Últimamente además me ha dado por hacerme con ediciones “bonitas” de mis libros favoritos. Muchos de ellos los tengo en formato de bolsillo, amarillentos por el tiempo (lo que no les resta encanto sino todo lo contrario), pero me apetece atesorarlos en pasta dura, con interesantes prólogos y un tamaño que facilite su lectura. Lo hice con “Canción de Navidad” de Dickens. Uno de los más recientes ha sido “Frankenstein” de Mary Shelley. La película de Guillermo del Toro ha resucitado en mi memoria la genial novela gótica que devoré en mi juventud, cuya autora escribió con la edad que yo tenía por ese entonces. Además, una querida amiga me comentó que la estaba leyendo y me dio envidia sana. Sólo el prólogo te atrapa como una tela de araña.

Tampoco he podido resistirme ante una de mis favoritas: “El retrato de Dorian Gray” aunque poseo más de un ejemplar (¿quién dice cuántos son suficientes?). Ahora que está de actualidad ansío volver a los páramos de “Cumbres borrascosas”. Y ya puestos, a la brumosa Manderley. Si es que la avidez lectora no tiene enmienda... Cuanto más tienes, más quieres.

También estoy anhelando sumergirme en el librito sobre el antiguo Egipto que “me encontró” en la Librería Picasso. Y en “La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio”, procedente de la tienda benéfica (y eso que no soy aficionada a comprar de segunda mano). De la feria del libro se vino conmigo “Las islas griegas” de Durrell y del rastro madrileño la narrativa completa de Hemingway.

Me esperan dos acertados regalos: “Hombre caído” de Fernando Aramburu y “Todo va a mejorar”, la obra póstuma de mi admirada Almudena Grandes (mi caótica afluencia de lecturas explica que aún no lo haya leído). Además, lo último de Foenkinos, Ken Follett, Murakami, Luis Landero, María Dueñas, Javier Castillo, Vargas Llosa, Jaime Bayly, Leonardo Padura, Arundhati Roy... El Premio Planeta, por muy comercial que sea (quiero tener mi propia opinión),“La península de las casas vacías”, que tanto me han recomendado, al igual que “Comerás flores”. Novedades a las que les tengo ganas como “Mamá está dormida” de Máximo Huerta (me encandiló su “pequeña librería”), “Bailando lo quitao” de Ana Milán. Me da igual si son más o menos mediáticos mientras me toquen el alma. Se me acumula el trabajo, pero que no falte.

Cada cual libra sus batallas e ilumina sus días como puede y quiere. Mis lecturas son mi ambrosía. El prodigioso manjar de los dioses que no me otorga la inmortalidad pero sí ingentes cantidades de felicidad. 

viernes, 13 de febrero de 2026

Andanzas de un fraile ilustrado

 

Un mes lloviendo te va desgastando, robándote la energía gota a gota. El invierno parece perpetuo. La meteorosensibilidad no es ningún invento... Pero como he comentado alguna vez, los días lluviosos favorecen mi actividad intelectual. No hay mal que por bien no venga, el que no se consuela es porque no quiere. Con las neuronas activadas por la cafeína y la inspiración lluviosa, andaba yo preparando una conferencia cuando me topé con un personaje que me pareció fascinante: fray Andrés de San Miguel.

Descubrí su figura allá por el año 2009 escribiendo un artículo de temática similar a la que ahora me ocupa. Me llamó la atención, pero no profundicé demasiado. Sin embargo el destino tenía prevista la jugada de reencontrarnos.

Andrés de Segura de la Alcuña nació en Medina Sidonia (Cádiz) a finales del siglo XVI en el seno de una familia de escasos recursos. Los que me conocen saben de buena tinta los lazos afectivos y genealógicos que me unen a ese pueblo. Si además se trata de un personaje histórico atractivo e íntimamente vinculado con México, mi intriga se dispara. El universo me gritaba que tal conjunción de factores no podía ser ignorada.

Pues el joven Andrés poseía una especial capacidad para las matemáticas. Guiado por su inquietud, en 1592 se trasladó a Sevilla en busca de fortuna. Un año después embarcó en Cádiz rumbo al Virreinato de Nueva España (actual México).

Esas travesías marítimas eran largas, inciertas y expuestas a peligros varios. Al salir de La Habana lo sorprendió una virulenta tempestad. “Treinta tripulantes, entre ellos Andrés de Segura, se echaran a la mar en una frágil chalupa que construyeron, en la que apenas cabían. En ella, sin ver más que cielo y agua, padeciendo un hambre terrible y una sed rabiosa y rodeados de tiburones ansiosos de hacer presa en sus cuerpos, pasaron doce días hasta que llegaron a la costa de La Florida, tan flacos y consumidos que apenas llevaban la piel sobre los huesos”. Durante ese duro trance, el joven Andrés hizo la promesa de ingresar en la orden carmelita si se salvaba.

Dios así lo quiso y tomó los votos en el Convento de Nuestra Señora del Carmen de Puebla de los Ángeles. Una de las ciudades mexicanas más bellas, famosa por su “Talavera” (cerámica vidriada según la técnica de Talavera de la Reina, Toledo) y por el delicioso mole poblano, salsa elaborada con chile y chocolate entre otros ingredientes.

En esa época los conventos eran centros de cultura que ofrecían acceso al conocimiento, lo que probablemente influyó en su decisión. De ser así me parecería lícito y hasta encomiable. Hace poco escribí un texto para un podcast en el que reivindicaba el papel de ciertas mujeres cultas a lo largo de la Historia, muchas de las cuales habían elegido la vida religiosa en parte motivadas por sus inquietudes culturales. Buscando un espacio en el que gozar de libertad y el derecho de pensar, leer, escribir... que la sociedad les negaba, “condenándolas” al papel de esposas y madres. Entre ellas, personalidades destacadas como la reina del misticismo Santa Teresa de Jesús y Sor Juana Inés de la Cruz, la poetisa criolla más importante de América. En su caso parece que las razones intelectuales pesaron más que las devocionales. Su objetivo era poder dedicarse al estudio y la escritura, una independencia de la que no habría gozado de otro modo.

Desde que la Biblioteca de Alejandría ardió como un ninot, pocos lugares (la mayoría del mundo islámico) reunían tal cantidad de obras. Hasta que en la Edad Media los monasterios se convirtieron en focos de difusión del saber. Con inmensas bibliotecas y scriptoriums al más puro estilo de “El nombre de la rosa” (pero sin asesinatos) en los que se copiaban manuscritos y códices decorados con preciosistas miniaturas. En el Renacimiento los studiolos fueron la versión laica, estancias de residencias nobles utilizadas como gabinetes de estudio.

Las órdenes religiosas desempeñaron un papel esencial en la culturización (además de en la evangelización) de los virreinatos americanos. Pero es que fray Andrés era un auténtico diletante renacentista, humanista y polifacético erudito: arquitecto (construyó varios conventos carmelitas), astrónomo, matemático e ingeniero hidráulico. Escribió tratados sobre construcción, carpintería, geometría y música. Además de sermones, poemas... También se movió en círculos políticos, pues fue confesor del virrey Duque de Linares.

Me admira que alguien de procedencia humilde se convirtiera en una eminencia. Y me recuerda que independientemente del origen o las trabas, cuando confluyen la inteligencia, las inquietudes y la voluntad, el cielo es el límite. Y no puedo evitar sentir cierto orgullo como el que siento de que Lorca sea granadino, pues Medina es mi segundo hogar y fray Andrés de San Miguel un incuestionable genio.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Lo que el tiempo me enseñó

 

El paso del tiempo deja preciados regalos para compensar lo que te roba. Convierte incertidumbres en certezas, ofrece respuestas, afianza posturas. La experiencia ilumina el entendimiento. Los años te aportan lucidez, una clarividencia que allana el camino.

A veces te abre los ojos para que repares en algo que habías ignorado o quizás sólo intuías. Como un espejo de aumento, te muestra una imagen sin filtros aduladores a lo Dorian Gray. En ocasiones es una radiografía de tu alma que te brinda la inestimable oportunidad de mejorar y ser más feliz.

Cada vez soy más selectiva. Con mis compañías, con aquello en lo que invierto mi tiempo. Con la calidad de mis pensamientos y el estilo de vida que elijo, con a qué quiero dedicar mi energía. A veces implica decir un “no”, pero me compensa pagar el peaje si me proporciona bienestar y paz mental. Voy dominando la práctica de escucharme: ¿Qué deseo, qué me apetece realmente? ¿Qué precios estoy dispuesta a pagar? ¿Dónde están mis límites? ¿A qué debo renunciar y a qué no?

He aprendido a ser fiel a lo que me funciona, al margen de la opinión ajena. Fiel a mí misma. No plegarme a la voluntad de otro si no me suma. Me niego a vivir a la deriva o a merced de las decisiones ajenas. Bastante tengo ya con las obligaciones que consumen la mayor parte del tiempo (y en ocasiones se multiplican). El estrés dinamita la calidad de vida, y los antídotos a veces se venden caros.


Otra lección fundamental es que quien no está a gusto solo es porque no está en buena compañía. Es una frase de mi abuela impregnada de sabiduría. Por lo general me llevo muy bien conmigo misma, procuro que mi felicidad no dependa de los demás. Me siento muy arropada por mi gente (lo más valioso que tengo), y sé apreciar una buena compañía. Pero disfruto mucho los planes solitarios. Un libro, un museo, un paseo por mi ciudad, despertar rodeada de silencio y empezar el día sin prisa... Es más, requiero mi cuota de soledad. Cuando estoy cansada, es lo que me regenera. Soy consciente de que no es lo mismo una soledad elegida que una soledad obligada.

Trato de anteponer los afectos, dedicarles tiempo y atención. Podría hacerlo mejor, pero pueden contar conmigo (no hasta dos o hasta diez, como decía Benedetti). Ya sabemos que las relaciones son una calle de doble dirección. A veces la gente en la que confías te falla. Las traiciones y decepciones forman parte de la vida. Esos traguitos amargos te agudizan la mirada. Dejan cicatrices pero acaban fortaleciendo. En cualquier caso me siento muy querida por los que me importan.

Tengo “ángeles” que velan por mí, que me detienen antes de cruzar la carretera si voy distraída, que contribuyen a que algo que anhelo suceda. Que me ayudan a creer en mis capacidades y no me dejan desfallecer.

Hace tiempo que incorporé a mi día a día la disciplina, pero me he vuelto más prusiana en ese sentido. Me refiero a marcarme un objetivo y alcanzarlo a pesar de las trabas: las inclemencias meteorológicas, la pereza, el sueño, las voces disuasorias... Trato de ser más resolutiva e invertir esfuerzo en lo que considero que vale la pena.

Manejo mejor el autocontrol. Lo que no está en mi mano tampoco debe estar en mi cabeza. Adaptarme al medio (o a las circunstancias) como forma darwiniana de supervivencia. Relativizar, desdramatizar. Los pensamientos intrusivos son como el rencor, quien lo siente es el principal damnificado.

Procuro huir de la queja y de las personas que se instalan en ella. Te vampirizan. Intento corregir las actitudes tóxicas en cuanto las detecto. Practicar la gratitud, valorar todo aquello que durante años he dado por hecho.

Recordarme que siempre hay un “Remains of the Day”, como en el magnífico libro de Kazuo Ishiguro. Ese lugar de paz en el que puedo refugiarme tras una jornada dura. Y vías de escape como la de expresarme por escrito, una de las más terapéuticas que conozco.

Jardines donde fluyen los ríos

  Ya huele a primavera y a incienso, un binomio que alegra el alma (al menos la mía). Aunque sé que quedan días fríos y grises, tienden a se...