miércoles, 31 de diciembre de 2025

Caminos por los que deseo transitar


Más que recapitular o hacer balances, en este punto me apetece más recordarme esos aspectos en los que he logrado mejorar y aproximarme a mis objetivos. Que han sido inspiradores, hitos de un camino por el que deseo transitar. Por supuesto también ha habido errores, pecadillos de omisión y algún sentimiento negativo del que inmediatamente me arrepiento... Pero ni estoy ante un cura ni es ese el espíritu que pretendo imprimirle a esta reflexión.

No pienso sacar el látigo para fustigarme por lo que no hice bien, sino congratularme con las energías invertidas que dieron fruto para perpetuar esa dinámica. Prefiero centrarme en el estímulo positivo. Sin propósitos utópicos. Leer más, viajar más, pasar más tiempo con las personas a las que quiero... una declaración de intenciones bastante asequible.

Creo que de alguna forma he madurado. Que me conozco más a mí misma, que dispongo de más herramientas en mi mano. Hablo de autocontrol y disciplina. De marcar límites, de decir “no”, de ser lo más autónoma posible, de sentirme libre (dentro de las obligaciones a las que estoy sometida como cualquier mortal).

Creo en el Karma, y en que somos los arquitectos de nuestro destino. No tienes que buscar la validación ajena, sino la tuya propia. No siempre será un estanque de aguas serenas, pero que no te falten los estímulos e ilusiones. La sensación de que hay un lugar para tus aficiones, sueños por los que luchar, afectos que te endulzen la vida. Y sobretodo, la conciencia tranquila. Quisiera tener la memoria y capacidad de trabajo de mi padre, la templanza y sensatez de mi madre. No todo se hereda, pero el ejemplo queda.

Ya estoy divagando, como todos los que disfrutamos escribiendo. Hay dos ámbitos en los que me siento particularmente orgullosa. Me han exigido sacrificio y dedicación, pero los resultados los compensan. La sensación de alcanzar un objetivo es  reconfortante.

Uno de ellos es el físico. Aunque llevo décadas llevando una vida sana, me había descuidado un poco y necesitaba reconducir mis hábitos. Sigo por ese camino, contenta del trecho recorrido.

El otro aspecto es el intelectual. Siempre han sido aguas en las que fluyo con una naturalidad innata. Pero en los últimos tiempos he invertido más dedicación en escritos profesionales y personales. Artículos, ponencias, novelas, relatos, pequeños textos que expresan mis inquietudes. Y todos ellos han sido reparadores. Algunas situaciones han supuesto un reto con su consiguiente aprendizaje. 

Por eso además de la tópica salud (cuantos más años cumples más consciente eres su valor), no le pido mucho más al nuevo año. Mantener las tendencias iniciadas, que no es poco. Y seguir rodeándome de todo aquello que me aporte paz, buscando esas gotas de felicidad que dan sentido a la vida. 

domingo, 21 de diciembre de 2025

Aquellas Navidades

 

No siempre cualquier tiempo pasado fue mejor, pero reconozco que tengo idealizadas mis Navidades de infancia. Para mí fueron las más felices y auténticas. Cada año las evoco con una mirada nostálgica en un intento de revivirlas y dotarlas de sentido. Apenas había ausencias de las que se acumulan con el paso de los años. La experiencia te revela que era precisamente ahí donde radicaba su verdadera magia.

El haber tenido una niñez bonita contribuye a romantizar mis recuerdos. En cualquier caso, tengo claro que el secreto de una Navidad entrañable es una familia unida. Sin renegar de los excesos paganos, supongo que cualquiera prefiere presencias a banquetes o regalos.

Rememoro la felicidad y la gratitud de la humilde familia de Bob Chatchit en “Canción de Navidad”, en la que la brillante pluma de Dickens (inspirado por Washington Irving) popularizó las tradiciones victorianas que exaltaban valores altruistas y el ánimo de celebración. Empiezo por preguntarme qué cosa es, de todo cuanto había en el árbol de Navidad de nuestras Navidades infantiles, aquella de que mejor nos acordamos, y que nos sirvió para encaramarnos a la vida real, escribió en uno de sus cuentos navideños.

O esas “Mujercitas”, asumiendo estoicamente las penurias inherentes a los tiempos de guerra, donando su desayuno navideño a una familia de  inmigrantes. Historias en las que la bondad y los vínculos familiares se imponen al consumismo y los ágapes pantagruélicos. Como en la atemporal fábula “Qué bello es vivir”, en la que la vida (o el cielo) premia a las buenas personas.

También sátiras castizas que remueven conciencias como “Plácido” de Berlanga, tocándote la fibra con la falsa caridad de la iniciativa “Siente a un pobre a su mesa”.

Mis Navidades estaban marcadas por las vacaciones escolares. En un colegio de monjas, el Adviento constituía toda una liturgia. Montando el Belén, ensayando villancicos para la función navideña y donando alimentos no perecederos en la llamada “operación kilo”.

Las calles irradiaban Navidad. Menos iluminadas y decoradas que ahora, pero repletas de elementos festivos. Vendían abetos en la Plaza de Mariana Pineda, zambombas y panderetas bajo los soportales de la Calle Ganivet, e incluso pavos vivos en la Plaza de la Trinidad.

El día 1 de Diciembre, San Eloy, celebrábamos el santo de mi abuelo y mi abuela nos deleitaba con los primeros mantecados de la temporada. Escribía la carta a los Reyes Magos semanas antes. Siendo honesta y comedida, porque había muchos niños en el mundo y la avaricia rompe el saco. Papá Noel no existía en el imaginario colectivo ni formaba parte de nuestra Navidad. Únicamente recibíamos regalos el día de Reyes, ajenos al tsunami de compras compulsivas que nos arrastra desde hace décadas.

El pistoletazo de salida era la llegada de mis primos de Madrid, para nosotros lo mejor de la Navidad. Tras la cena de Nochebuena íbamos a la Misa del Gallo sin rechistar, pues salir a esas horas constituía una licencia excepcional. Después cantábamos villancicos y comíamos turrón hasta que nos vencía el sueño.

Aunque suene a tópico, compartir esos momentos con tus seres queridos es lo que los hace especiales. Y constato cada año que las mujeres siguen siendo el alma de las reuniones y preparativos. Las reinas magas que decoran, compran, cocinan... haciendo posible el milagro navideño.

No diré que la Navidad ha perdido su esencia, porque cada cual la vive a su manera. Pero pienso en la que vivieron mis padres y mis abuelos de niños, más austeras y acordes con la tradición cristiana que las origina. Entorno a la chimenea o el brasero, en la intimidad del hogar. Con zambombas y botellas de anís, alegría e ilusión a raudales. Y me gustaría rescatar esa cita de Manuel Alcántara: Corrían muy malos tiempos, pero vistos a distancia quizás fueran los más nuestros

lunes, 1 de diciembre de 2025

Tempus fugit

 

Aunque en aspectos culturales fuera el Siglo de Oro, durante el siglo XVII España experimentó una profunda crisis. Sufrió epidemias, hambrunas y una decadencia generalizada. Pero como de toda adversidad se puede extraer un aprendizaje, los españoles de entonces aprendieron a valorar más la vida.

El concepto de Tempus fugit (el tiempo se escapa) que promulgaba el poeta Virgilio cobró vigencia. Advertía sobre la fugacidad de la vida con el mensaje “aprovecha el presente, porque el futuro es incierto”.

Por eso en la antigüedad clásica se representaba con una figura alada, el Chronos griego o el Saturno romano. En la iconografía medieval, con la muerte portando la guadaña, una analogía acorde con la peste que asoló Europa. Y posteriormente, con un reloj de arena con alas.

Las alegorías barrocas recordaban la naturaleza efímera del tiempo. Los géneros pictóricos “Memento Mori” (recuerda que morirás) y “Vanitas” expresaban lo inexorable de la muerte y la futilidad de los bienes terrenales. Como muestran “In ictu oculi” (en un abrir y cerrar de ojos) de Valdés Leal o “El sueño del caballero” de Pereda.

Aunque ahora las circunstancias sean distintas, son verdades universales. A medida que vas cumpliendo años, el tiempo pasa más rápido. Es tan perverso que se acelera cuando gozas y se ralentiza cuando sufres. Aprendes que es relativo y finito, que día que se va no vuelve. Entonces procuras hacer buen uso de él, que los momentos dulces compensen los amargos. Disfrutar del presente sin que el pasado sea un lastre ni el futuro una espada de Damocles.

Las expectativas van cambiando. Dejas de idealizar lo que puedes conseguir, consciente de que pocas posesiones superan el placer del tiempo libre.

Como escribió Manuel Vicent, “el tiempo sólo son las cosas que te pasan”. Durante la juventud parecía trascurrir más lento porque cada día estaba lleno de sensaciones nuevas. “La monotonía hace que los días resbalen sobre la vida a una velocidad increíble sin dejar huella”. La única fórmula para contrarrestarla son los cambios, sueños, deseos... que tiñen los días de colores bonitos. Lo excepcional, lo que escapa del yugo de la rutina, es lo te hace sentir vivo. Somos prisioneros del tiempo, como decía Fernando Fernán Gómez en la película “El abuelo”.

Ojalá la regla de los tres ochos (ocho horas de trabajo, ocho de sueño y ocho de descanso) no fuera una utopía. Me indigna la gente que no valora su tiempo, y aún más la que no valora el mío. Es un bien escaso, si te descuidas se escurre como agua entre los dedos.   

Reconforta entregarte sin remordimiento al dolce far niente de vez en cuando. No creo que sea perder el tiempo, sino paladearlo. Es lícito y necesario reiniciarse. Pero aburrirse no forma parte de mi vocabulario, pues me faltan horas del día para hacer todo lo que me gustaría y no permito que me las roben sin ofrecer a cambio algo que valga la pena.

Como antídoto contra las obligaciones de las que somos rehenes, intento ser selectiva e invertir la cuota de tiempo que me pertenece en lo que me hace feliz. En ocasiones se revaloriza, convirtiéndose en un balón de oxígeno que te permite desconectar de lo que te desgasta para refugiarte en ese lugar cálido en el que recuperas la sonrisa. Espero que cuando arranque la última hoja del cuaderno pueda decir que llené sus páginas con alegrías, ilusiones y momentos memorables.

La vida sin oropel

Ya pasó el torbellino navideño, dejando a su paso esa sensación de fugacidad y efervescencia de las burbujas del champán. A veces cuando des...