Cada primavera, los cerezos del Valle del Jerte son los primeros en florecer de toda España, convirtiendo los campos extremeños en poesía visual. Aunque los mundialmente célebres son los japoneses con su flor de sakura, los nuestros no se quedan atrás aunque estén más circunscritos a zonas concretas. Suelen ser de un rosa más pálido, cercano al blanco.
No se encuentra entre mis géneros favoritos, pero hace años vi una película de anime japonesa titulada “Cinco centímetros por segundo”, que es lo que tarda en caer una flor de cerezo desde el árbol. Era una historia bonita, pero lo que me parece exquisito es el trasfondo del título. Una sutileza propia del país del sol naciente impregnada de ese componente lírico que encierran las palabras con las que describen emociones y sensaciones: el relax de bañarse en el bosque, el anhelo de la felicidad pasada, la luz del sol que se filtra a través de las hojas de los árboles, la belleza de las imperfecciones...
Es frecuente que un recuerdo te conduzca a otro. En este caso me traslada al mes que pasé en Jarandilla de la Vera en un internado de verano para estudiar inglés cuando tenía 16 años. Me encontraba en el límite de edad permitida, así que aproveché mi última oportunidad.
La residencia era espectacular, con piscina olímpica, bar y sala de cine. Aunque teníamos clase con profesores nativos mañana y tarde, sobraban horas de asueto. Compartía habitación con tres chicas. Nos hicimos amigas y mantuvimos correspondencia durante un tiempo. Secretamente nos reíamos de una de ellas que no se integraba demasiado, una actitud que ahora lamento. Le pusimos un mote relacionado con su pueblo natal, por el que nos referíamos a ella entre nosotras. Paradójicamente, años después lo visité y me pareció precioso. Deseé encontrármela para saludarla con cariño y limpiar un poco mi conciencia.
Más que las clases recuerdo las risas, las amistades, alguna gamberrada como incursiones a la despensa para coger comida... Tanto va el cántaro a la fuente que un día nos pillaron. La directora, que era un poco Señorita Rottenmeier, nos llamó a capítulo, obligándonos a telefonear a nuestros padres para contárselo. Los míos estaban en Praga, así que “su gozo en un pozo”. Sé que lo que hicimos no fue correcto, pero estábamos acostumbrados a merendar y pasábamos hambre a media tarde.
Lo mejor eran las noches en las que nos permitían ir al pueblo, acompañados siempre de algún tutor. Había un bar de copas con música y un jardín interior que nos encantaba. No teníamos edad para beber alcohol, pero nos tomábamos un helado “soft” de máquina y éramos felices.
Había un chico que me gustaba, hermano de una de mis compañeras de habitación, aunque no pasó de la categoría de amigo. Supongo que se interpuso la timidez o el hecho de que vivir en ciudades diferentes era una barrera infranqueable.
Uno de mis recuerdos más bonitos es que presenté, junto con mi primo, la función de despedida. A pesar del pánico escénico que he tenido siempre, lo disfruté. Mis amigas me prestaron un vestido y unos zapatos acordes con el evento.
Jarandilla pasó a formar parte de las vivencias que más marcaron mi adolescencia. Volví muchas veces a Extremadura, tierra de conquistadores, paso de la Vía de la Plata y gran desconocida. Rebosante de encantos que quedaron impresos en mis retinas como la judería de Hervás, Trujillo, el meandro del Guadiana en Las Hurdes, el Arco romano de Caparra, el Parador de Plasencia, el teatro romano de Mérida, el Puente de Alcántara, el Parque Natural de Monfragüe, el licor de cerezas, las placitas de Zafra... Allí siempre me he sentido como en casa, pues es la comunidad que más se parece a Andalucía.
Esos tiempos pasaron, pero permanecen intactos en mi memoria. Cuando llega la primavera y florecen los cerezos, recuerdo esa tierra extremeña donde tantas veces fui feliz.
