Será que el maldito hantavirus me ha removido los recuerdos. Ya han pasado seis años, pero como canta Carlos Cano en sus “Habaneras de Cádiz”, “no se me puede olvidar”. Ni a mí ni a nadie. Juraría que hay sentimientos universales que experimentamos todos, porque los seres humanos nos parecemos bastante en los aspectos básicos (“si nos pinchan, ¿acaso no sangramos?”): miedo, incertidumbre, angustia... lo que derivó en ansiedad e insomnio. Y una espada de Damocles que vino para quedarse: la constatación de nuestra propia vulnerabilidad. Dejamos de sentirnos a salvo, nuestro mundo se tambaleó como nunca antes.
Mi mayor temor era mi madre. Aunque está más sana que una manzana, al ser mayor de 70 se encontraba en un grupo de riesgo. Afortunadamente pasó el confinamiento junto con uno de mis hermanos, lo que me tranquilizó mucho. Decidí no verla para no exponerla, porque yo formaba parte de esa minoría de personas que no dejó de trabajar por pertenecer al ámbito sanitario. Cara al público, reutilizando la misma mascarilla durante dos meses (porque no había) y desinfectándola diariamente con alcohol. Una ruleta rusa, porque según dijeron después era precisamente lo que no se debía hacer.
Nos dimos cuenta de que la vida puede cambiar radicalmente de la noche a la mañana. Supimos lo que es estar bajo un “estado de alarma”, lo que significa “toque de queda”. Nadie imaginaba ese escenario postapocalíptico que parecía de ciencia ficción y se cobró millones de víctimas. Yo asociaba el término “cuarentena” con la peste negra que asoló Europa en la Edad Media. Con “El amor en los tiempos del cólera”, el confinamiento en los barcos por tifus, fiebre amarilla o malaria. Y “pandemia” con la injustamente llamada “gripe española” de 1918.
Cada cual la vivió según sus circunstancias. Los confinados, agobiados y anhelando salir. Los que teníamos que ir a trabajar todos los días, envidiando a los que se quedaban en casa. Así es el ser humano, siempre anhelando lo que no tiene.
Aprendimos lo que es el desabastecimiento, el acopio, el desasosiego a una escala inédita. Eso de “racionalicemos el miedo” sonaba muy sensato pero la realidad era un infierno en la tierra.
Puedo considerarme afortunada, pues no sufrí pérdidas personales. Experimenté la lejanía física de mis seres queridos como casi todos, pero agradecí profundamente las facilidades de comunicación de las que disponemos hoy día.
Entendí lo importante que es tu espacio, tu casa. Un refugio que en ocasiones se convierte en búnker. Quien tenía una terraza, como yo, tenía un tesoro. Con cantidad de libros, películas, series, Internet y provisiones, solo echaba de menos el calor humano. Mi ático es pequeñito, pero luminoso y confortable. Entiendo que a quien tuvo que convivir con varias personas en un espacio reducido 24/7 le resultara incómodo.
Mi confinamiento total se limitaba a los fines de semana, y tengo que admitir que disfruté de ese tiempo a solas. Era regenerador, pues el desgaste psicológico fue brutal. Atrincherada en mi lugar seguro, con dos días a mi entera disposición. Retomé la escritura. Necesitaba plasmar lo que sentía para exorcizar demonios, así que escribí un ensayo titulado “Catálogo de pequeños (y grandes) placeres” para recordarme lo bonito de la vida, como en la canción “My favourite things” de Julie Andrews. Mi particular válvula de escape que me ayudó a no colapsar.
Reafirmé lo a gusto que estoy sola. Que tengo un amplio mundo interior y recursos de sobra para no aburrirme. Me llevo de maravilla conmigo misma, lo que me facilita la vida porque me convierte en autónoma e independiente. De hecho requiero la soledad para encontrar la calma y recargar baterías. Pero no soy anacoreta, me hace falta el contacto con mi gente. Tuve que conformarme con saber que estaban bien, sin verlos durante tres meses.
Evidentemente, lo que ocurría de puertas para fuera era lo peor. Como daño colateral sufrí una pesadilla en mi pequeño mundo que multiplicó mi ansiedad, robándome la escasa paz que me quedaba. Mi infierno particular lo personificaron tres chicas que vivían de alquiler en el piso situado bajo el mío. No podían salir como la mayor parte de la gente y cada noche montaban follón durante horas: risas, gritos, palmas... lo que me impedía pegar ojo hasta las cuatro de la mañana, vulnerando el derecho elemental de cualquier persona al descanso. Y más en circunstancias tan excepcionales. Yo sí tenía que madrugar, yo sí tenía que trabajar. De nada les valieron mis peticiones (siempre amables) ni mis ruegos desesperados a la dueña del piso (amiga mía), que antepuso su interés a mi sueño. Esa impotencia, sumada a mi cansancio y al estrés al que estábamos sometidos, me produjo un desgaste emocional devastador.
Me daba pavor que llegara la noche. Cuando conseguía dormir soñaba que entraban en mi casa, pues me sentía absolutamente invadida. La privación de sueño te va desmoronando piedra a piedra. Lo tengo ligero, y los tapones no conseguían aislarme del ruido. Años después adquirí un bendito artefacto que reproduce sonidos naturales y me habría salvado la vida en esos momentos. Cuando en el mes de Julio se largaron para no volver, me volvió el alma al cuerpo. Pero tardé mucho más en recuperarme de ese trauma y dormir bien.
Éramos felices y no lo sabíamos. Todo se revalorizó. Hasta ir a la vuelta de la esquina o salir a boca descubierta. Actividades como tomarte un café con alguien cobraron una nueva dimensión.
Me di cuenta de que lo de la salud es lo primero es una realidad como la catedral de Burgos. Y de que el bienestar de mis seres queridos es lo que más me importa. Reordenamos nuestra lista de prioridades, aunque yo tenía clarísimo que la familia ocupaba la primera posición a mucha distancia de todo lo demás.
Somos “la generación de cristal”, que no hemos vivido guerras como nuestros abuelos, pero comprobamos que el tsunami puede llegar cuando menos lo esperas. Y que somos capaces de aguantar más de lo que creemos. Que en los peores momentos la solidaridad aflora, atenuando el horror y devolviéndote la fe en el ser humano. Las desgracias enseñan, y esta nos hizo más empáticos, más humanos. Dios aprieta pero no ahoga. No hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista. Lo que no te mata te hace más fuerte. Tópicos con más razón que un santo.
Constaté el auténtico valor de un beso, de un abrazo. Que soy una mimada del destino, como dice mi madre. Confirmé lo a gusto que estoy sola, lo feliz que me siento en mi casa. Que no hay que dar nada por sentado. Lo importante que es saber estar sola, no depender de la validación ajena. Gestionar tus emociones, ser fuerte cuando llegan las nubes negras. Que infinidad de acontecimientos no están en tu mano, sólo puedes controlar la forma como los enfrentas. Aprendí a valorar el presente, porque el futuro es incierto. Haz ese viaje, cómprate esos zapatos, no postergues ese encuentro, di ese “te quiero”. Y parafraseando a Hannah Arendt, “espera lo mejor pero prepárate para lo peor”. La resiliencia es el mejor salvavidas.

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