viernes, 22 de mayo de 2026

Disciplina

 

Siempre ha sido para mí una palabra asociada a las obligaciones. Algo que tus mayores tratan de inculcarte, predicando sus virtudes. Yo era una niña, como decía mi abuelo, un poco rebelde a la educación. Hacía las cosas porque me apetecía o porque no tenía más remedio.

Sin embargo con el paso del tiempo he ido domando mi carácter y aprendido la importancia de crear hábitos, de autoimponerte algo que sabes que te compensará. He constatado sus beneficios, por lo que he ido incorporando la disciplina a mi vida de motu propio. No pretendo ser ejemplo de nada ni mucho menos aconsejarle a nadie cómo tiene que vivir. Me limito a compartir lo que a mí me funciona.

Creo que hay que tener un propósito. Metas, ilusiones. Son el combustible que nos impulsa a lograr objetivos, a convertirnos en las personas que deseamos ser. Un compromiso con lo que consideras que vale la pena. Pequeñas conquistas que suman y contribuyen a la realización personal. La fuerza que suplanta a la motivación cuando falta. El tan necesario autocontrol. A menudo pesa más que el talento o la inteligencia. Implica enfrentarte a lo que te cuesta, superarte. Invertir en ti, en tu calidad de vida.

En los últimos años me he vuelto bastante disciplinada. Supongo que tiene que ver con el hecho de vivir sola. Cuando tu hogar depende de ti al cien por cien sabes que si no pones una lavadora no tendrás ropa limpia, si no ordenas vivirás en una leonera, si no compras y cocinas no tendrás qué comer. Esas certezas requieren una inevitable dedicación. No soy ninguna obsesa de la limpieza, pero el orden me genera paz. El caos me incomoda bastante, necesito vivir en un espacio en el que me sienta a gusto.

La gestión del tiempo cuando no estás acompañada también recae sobre ti. Me gusta aprovechar mi ocio para leer, escribir... Y por supuesto ver cine o series, pero solo a determinadas horas. Me obligo a salir porque me rentan sus efectos. Así valoro más la sensación de llegar a casa y el descanso posterior. Ese modus operandi demanda una cuota de disciplina, pues lo fácil es caer en las garras de la pereza.

Cuando trabajo en un libro, un artículo o una ponencia, también implica disciplina. En ocasiones hay fechas de entrega o actos a los que debo adaptarme, pero en otras el ritmo lo marco yo. Y ahí es cuando más disfruto. Es maravilloso hacer las cosas por placer, pero no deja de ser un ejercicio de voluntad. Cuando vas creando costumbres llega un momento en el que las automatizas, como lavarte los dientes después de comer. No te lo cuestionas, simplemente lo haces.

El aspecto al que más aplico la disciplina es mi cuidado personal. Aunque suene inmodesto, en ese sentido tengo una voluntad de hierro. Lo que busco es la salud física y mental. Todos deseamos vivir más y mejor. Me niego a llegar a los 70 años ahogándome al subir una cuesta o dependiendo de un andador. Quiero sentirme ágil, sin dolores de espalda. Pero también estar conforme cuando me miro al espejo. No se trata de vanidad, sino de que te guste tu aspecto. Discrepo de los cánones de belleza que impone la sociedad, y soy consciente de que esa dictadura de la imagen es mucho más feroz con las mujeres. No me preocupa la opinión ajena (aunque a todos nos gusta gustar), sino verme bien yo. Estar a gusto en mi propia piel.

Ese mens sana in corpore sano que preconizaba el poeta romano Juvenal es una cuestión de sinergia. Cuando estás a gusto con tu físico, te sientes mejor, con más energía.

Admiro a los que luchan por un objetivo. Al que saca tiempo entre sus obligaciones para ir al gimnasio o salir a correr, al que huye de la comodidad y el sedentarismo en pos de una vida más saludable, al que decide comer de forma equilibrada. A quien no sucumbe a la vagancia, se preocupa por su bienestar, por su aspecto.

Siempre he sido muy selectiva para comer. Las verduras y yo no nos llevamos bien. Ya se sabe que todo lo rico es ilegal, inmoral o engorda. Como casi todas las mujeres (pues solemos ser más juzgadas y autoexigentes) he ido oscilando de peso según las circunstancias. Somatizamos las emociones. Adelgazas cuando lo pasas mal: una ruptura, la pérdida de un ser querido, una situación estresante prolongada... Engordas en cuanto te descuidas y cometes excesos. No soy de atracones, pero sí de darme vía libre en festivos y vacaciones. Además, las hormonas juegan malas pasadas y el cuerpo va cambiando con la edad.

Nunca he sido deportista (en el colegio suspendía gimnasia, con eso lo digo todo), pero hace un par de décadas me di cuenta de que debía incorporar algún deporte a mi vida. Muchas mañanas he salido a correr físicamente agotada, resfriada, lloviendo o con un frío siberiano, pero la recompensa es directamente proporcional al esfuerzo. Y mentalmente es una terapia insuperable. A solas con mis pensamientos, ordeno ideas y tomo decisiones con más fluidez.


Siempre me había resistido a hacer dieta, pero pasados los cuarenta decidí probar. Es una decisión cargada de renuncias que requiere constancia y tenacidad. Comer lo que toca y no lo que te pide el cuerpo. También cierta flexibilidad, porque si es demasiado restrictiva no es sostenible. Tampoco tengo espíritu de mártir.

Ahora dispongo de más información que utilizo a mi favor. Sé que el estado anímico, el cortisol o las horas de sueño influyen. Que las proteínas son esenciales. Que no hay que demonizar comidas, porque el secreto está en la dosis. Lo que importa es el estilo de vida.

Además, es necesario moverse. Hace un año y pico sentí que necesitaba incorporar cambios. Opté por no utilizar el ascensor, hacer una pequeña rutina de ejercicios y 12.000 pasos diarios. Respeto a los que optan por los “atajos” y se pinchan el elixir mágico, pero yo prefiero hábitos saludables. Lo que rápido viene, rápido se va. Para mí la clave está en el equilibrio y la perseverancia.

No hay rosas sin espinas. Estar en forma entraña el riesgo de hacerte su rehén. Te acostumbras tanto a esas rutinas, que cuesta romperlas. Es necesario disfrutar de una salida, una celebración, un capricho... para que no se te quiten las ganas de vivir.

Además, suele haber víctimas colaterales. Los que te proponen tomar una cerveza entre semana y les dices que mejor otro día, la reunión familiar a la que no asistes para no saltarte la dieta... O tu pareja cuando te empeñas en caminar. A veces tus intereses y prioridades chocan con los de tu entorno. Y no debes permitir que arruine tu vida social ni perderte momentos bonitos.

Los que te rodean, en ocasiones, además de “víctimas” son obstáculos. Te tientan, ofreciéndote lo que saben que no quieres comer, se lo zampan despiadadamente en tu cara, te proponen planes que van en contra de tu determinación o se quejan porque no entienden lo importante que es para ti. Y en eso consiste la disciplina. En hacer lo que crees que debes hacer, pagando el peaje necesario. La zanahoria que mueve al burro es la recompensa al final del camino. Vas constatándola y te proporciona una satisfacción personal que justifica todo esfuerzo. Sin bajar la guardia más que cuando te propones bajarla, porque la carne es débil y a veces el diablo anda suelto...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Disciplina

  Siempre ha sido para mí una palabra asociada a las obligaciones. Algo que tus mayores tratan de inculcarte, predicando sus virtudes. Yo er...