El ocaso de Agosto está invariablemente impregnado de aires de transición. Vivimos entre cimas y valles, a menudo de forma cíclica. Y cada etapa del trayecto es necesaria. El cambio te confiere perspectiva, una mirada más lúcida sobre el pasado. Te retroalimentas evocando momentos en los que el mundo era más bonito, la savia del espíritu. Regalan esperanza, dejan una reconfortante impronta. Son cápsulas energéticas para afrontar los tramos escarpados.
La expectativa de que algo ilusionante flota en aire exacerba las ganas de vivir. Te permites fantasear con lo que promete alegrías. Los proyectos dan sentido a las cotidianidades, estímulos que edulcoran las realidades ingratas. Constatas que el tiempo sentencia, situando todo en su correcta dimensión.
La ruptura es cada vez menos abrupta. El retorno a “la normalidad” poco tiene que ver con esos veranos en los que la reentrada en la atmósfera era casi traumática. La expulsión del paraíso, aunque trataras de encontrarle alicientes. La vida adulta es más lineal, la interrupción de las ocupaciones es tan efímera que se revaloriza como un bien escaso. Y este año llegó como agua de Mayo.
De nada sirve anhelar tiempos mejores o quejarse de que ese delicioso tiempo sin horarios dura lo que un suspiro. Fue maravillosamente reparador. La mente encontró la calma. Su recuerdo permanece como la estela de un buen perfume. Además, la certeza de que aún quedan algunas dosis de ambrosía subyace en la dinámica de cotidianidades que te atrapa como una planta carnívora.
Aunque tu vida continúe sin demasiados vaivenes, la sociedad se empeña en recordarte que estás transitando hacia otro escenario en el que el ocio está dosificado. Que durará como un invierno en Groenlandia. Afortunadamente no siento el vértigo ni la pereza que me solía inspirar. Aunque prefiera el clima cálido y luminoso, entregarme al breve goce de las maravillas estivales, no me preocupa adentrarme en el ecosistema otoñal. Incluye nuevos alicientes, antídotos contra el desencanto.
Y si la nostalgia acecha no tengo más que cerrar los ojos y evocar momentos recientes en los que las sonrisas fluían como agua de manantial. Aunque no fueran más que unas pocas semanas, saboreé cada segundo, coleccionando recuerdos preciosos.
Mi pueblecito blanco, las cenas en una terraza viendo la vida pasar. El Jerez bodeguero, la Basílica de El Puerto de Santa María, atestada de tesoros como la cueva de Alí Babá. Una fritura de pescado en la Cádiz marinera y trimilenaria, el Sanlúcar antiguo con un helado de limón en la mano. El agua prístina de una piscina, las olas acariciándome los pies. Esa playa de El Palmar que obsequia años de vida. Las risas con mis niños queridos, una procesión ancestral. Una fideuá, una barbacoa. “Pasión india”, “La necesidad de amar”, el reencuentro con “Una habitación propia”. La mágica “Noche de luz y color”. Un mollete con jamón en ruta, unas zamburiñas, un Godello fresquito, las mantecadas de Astorga que se deshacen en el paladar.
Observar el cielo a la caza de las Perseidas, un eclipse memorable en las montañas leonesas. Tardes de cine en familia. La muralla romana de Lugo, el sonido de una gaita, volver a la Plaza del Obradoiro. Carmiña, “Los hijos del buen pulpo”, la Casa de la Troya, una pulsera de plata. O Cebreiro y su ermita románica, el Valle de Ancares. El castillo medieval de Ponferrada, el núcleo monumental de Cáceres. Un aluvión de imágenes que me cuentan lo privilegiada que fui y soy.
Y por encima de todo ello, compartirlo con personas que me quieren. Honestas, generosas, inspiradoras. Bálsamos para el alma, antídotos contra la desesperanza. Rayitos de luz que iluminan mi camino.
Esa alquimia de ingredientes portentosos que como en el cuento “El mar del tiempo perdido” de García Márquez inunda los pulmones de un inconfundible olor a rosas. Según Gabo “no puede ser sino un aviso de Dios”. Un Dios que todo lo ve y conspira a tu favor. Efluvios que perduran pintando el mundo de colores bonitos.
Aunque las circunstancias cambien, en mi recorrido hay parámetros inmutables. Algunos ligados a disciplina que como dice Carmen Posadas tiene más fuerza que la voluntad. Remansos de paz en los días más turbulentos. Vías de escape. Confianza en lo que vendrá.
“Mano que da nunca se queda vacía”. Atesoro esa frase como todo lo que me aporta paz. Cuando actúas con integridad no te equivocas. Un antepasado mío escribió un libro destinado a sus descendientes en el que les trasmitía enseñanzas vitales con objeto de hacerles la vida más fácil. Mi manual de instrucciones es el ejemplo de quienes me precedieron. Voy corrigiendo el rumbo sin perder de vista el horizonte, sorteando las corrientes, llenando la mochila de recuerdos dulces como el almíbar. Cada día más selectiva con mi tiempo y mis compañías. Anhelando puertos en los que me apetezca fondear.
