jueves, 18 de junio de 2026

La escritura como terapia

 

Cada maestrillo tiene su librillo, especialmente cuando la vida te pone piedras en el camino. Hay quien se lo guarda todo, quien necesita compartirlo con alguien (un psicólogo, un familiar, una amiga...), y quien lo plasma por escrito. Es decir, contándoselo a sí mismo. Todas las formas son válidas, no deja de ser una autoterapia subjetiva. La fórmula que te funciona a ti no tiene por qué funcionarle a otro. Somos dueños de nuestras emociones y estamos en el derecho de exteriorizarlas o no.

Aunque existe la creencia generalizada de que hablar sobre lo que te hace daño ayuda a superarlo, no todo el mundo experimenta ese deseo. Los sentimientos pertenecen a una parcela muy íntima, en ocasiones ponerlos en palabras duele más que silenciarlos o el pudor te impide hacerlo. A lo mejor, pasado un tiempo, los has digerido y puedes verlos con perspectiva. Entonces quizás te apetezca hablar de ello. Compartir las alegrías es casi inevitable, te sale por los poros. Sin embargo cuando algo duele cuesta mucho más manifestarlo. Al menos a mí. No me gusta mostrarme vulnerable, hay aspectos que prefiero mantener en privado o en un ámbito de mi total confianza.

Cuando escribes sobre lo que sientes, lo que te perturba o te hace sufrir, de alguna manera liberas parte de la carga. El cerebro se relaja, segrega endorfinas como analgésicos naturales. El hecho de expresarlo aunque sea para ti misma produce cierta calma aunque carezcas de interlocutor. Para mí es un asidero en medio de la tempestad, una auténtica catarsis. Ordenar pensamientos me permite asimilarlos. Escribirlos (si es a mano mejor) facilita el proceso de interiorización. Diseccionándolos soy capaz de contemplarlos con mayor nitidez. Al igual que aceptando que tienes un problema empiezas a solucionarlo, “vomitar” lo que te incomoda es un primer paso para expulsar parte del veneno.


En algún momento de mi vida he escrito un diario, y aunque hace mucho tiempo que no siento el deseo de hacerlo, busco formas de escribir sobre lo que me afecta porque me ayuda a superarlo. Esos pensamientos y sensaciones que se me atragantan tienen que salir de algún modo. Sin aspiraciones literarias, tan solo exponiendo lo que me carcome con la mayor claridad. Buceando en mis recovecos para redactar lo que me trastorna o un día me trastornó y sigue clavado como una espina. Para mí es una forma de sanación. Un autopsicoanálisis que me da herramientas. Noto que el cortisol empieza a bajar, aportándome una dosis de serenidad. La herida comienza a cauterizarse.

La escritora más leída en español, mi querida y admirada Isabel Allende, ha confesado que durante toda la vida mantuvo correspondencia con su madre. Cientos de cartas en las que se contaban su día a día y que constituyeron un reconfortante refugio ante las adversidades. El género epistolar es uno de mis favoritos por su autenticidad y aire coloquial, motivado por el mero afán de comunicación. Me vienen a la mente “Drácula” de Bram Stoker, “Las amistades peligrosas” de Chordelos de Laclos, la maravillosa “84, Charington Road” de Helen Hanff, la conmovedora “De profundis” de Wilde o las cartas de Edith Wharton a Morton Fullerton.

Cuando Isabel Allende atravesó el peor momento de su vida y sufrió un inevitable colapso emocional, su madre le aconsejó que escribiera lo que estaba sintiendo. Afortunadamente le hizo caso y sobrellevó el duelo por la muerte de su hija Paula materializándolo en una carta que se convirtió en uno de los libros más emotivos que he leído nunca. Así exorcizó sus demonios y comenzó a superar esa pena tan devastadora. En realidad ese tipo de dolor no se supera nunca, se aprende a vivir a con él. También “La casa de los espíritus”, su más exitosa novela, empezó como una carta de despedida a su abuelo cuando estaba a punto de morir. En ambas ocasiones surgieron como un desahogo, tratando de conectar con un ser querido que abandona este mundo.

Casi siempre que he atravesado un momento difícil he recurrido a la escritura. El cuerpo me pedía dejar constancia escrita de lo que me amargaba la existencia. A veces lo hice a posteriori, pero lo más efectivo es escribirlo de forma paralela. Cuando necesitas entender la realidad para procesarla, expresar tu postura aunque sea ante ti misma resulta terapéutico.

Cualquier psicólogo sabe que es una de las técnicas más útiles para gestionar el estrés, una especie de justicia reparadora. En mi caso nació de forma espontánea hace muchos años. Simplemente me apremiaba escribir sobre lo que se me hacía bola en la garganta, por puro instinto de supervivencia. Con el tiempo he ido entendiendo por qué es tan eficaz, pero sigo haciéndolo por los mismos motivos que la primera vez. Nunca subestimes el valor de los pequeños gestos. Algo tan sencillo como garabatear sobre el papel lo que te escuece puede ser un bálsamo que cura o cuando menos alivia.

También encuentro bienestar en escribir ficción e incluso textos académicos. Son aguas en las que me siento cómoda, me sienta bien nadar en ellas. En el primer caso es posible introducir elementos personales que además dotan a la historia de verosimilitud. A través de la escritura se pueden canalizar amarguras, anhelos o pequeños traumas. Cuanto más directamente los abordes mayor será el beneficio. La deliciosa y tan necesaria paz mental. Y cuando adviertes que esa medicina te hace bien, recurres a ella cada vez que el alma lo demanda.


jueves, 11 de junio de 2026

Las dos caras de la moneda

 

Cada vez soy más consciente de la incontestable verdad que encierran los refranes. Aunque no formen parte omnipresente de mi vocabulario como en el caso de Sancho Panza, el devenir de los acontecimientos me ha ido revelando que son perlas de sabiduría. Releyendo “El Quijote” he constatado que la mayoría de los que empleamos asiduamente proceden de las letras cervantinas.

Siempre había pensado que eso de que “no hay mal que por bien no venga” era una especie de falacia consoladora. Una tentativa de antídoto para paliar las adversidades con algún tipo de beneficio. Aunque ya sabemos que lo que no te mata te hace más fuerte y que de los problemas se extraen las más valiosas enseñanzas, esas certezas no siempre consiguen evitar el dolor, la decepción, las injusticias, la pérdida... La resiliencia ayuda a transformar los problemas en oportunidades, pero no es una varita mágica.

No creo que todo lo que te sucede te conviene, sin embargo en algunas ocasiones he experimentado que cuando algo falló trajo un regalo de la mano. Que quizás no compensó los sinsabores, pero que en cierto modo logró edulcorarlos. Cuando contemplas la situación con perspectiva, a veces vislumbras alguna pepita de oro que en su día te pasó desapercibida. A menudo un mal recuerdo desencadena uno bueno, y viceversa. Será por eso de que cuando Dios cierra una puerta abre una ventana. Al final va a ser verdad que todo forma parte de un plan y nada sucede por casualidad.

Reconozco que soy bastante escéptica en cuanto al destino, tengo más fe en el libre albedrío. Quiero creer que somos los arquitectos de nuestro destino. Que son nuestros actos los que definen nuestro recorrido, con una mayor o menor influencia de factores externos. Lo que llamamos suerte cuando el viento sopla a tu favor. Según Woody Allen en “Match point” (para mí, su mejor película), mucho más determinante de lo que pensamos. La magnífica serie “La suerte: una serie de casualidades” también defiende esa tesis aunque ligada a la superstición (de la cual carezco). La psiquiatra Marian Rojas la define como el lugar donde confluyen la preparación y la oportunidad. Coincido bastante con su planteamiento. Diría que aunque el azar intervenga en la ecuación, tiene más peso lo que se propicia de alguna manera.


Hay casos que te la muestran la otra cara de la moneda aunque tardes en entenderlo. Cuando alguien no te quiere a su lado, en realidad te está haciendo un favor porque sin duda estás mejor sin esa persona aunque esa consciencia suele aflorar a toro pasado. De los “noes” emergen los “síes”. A veces ese cambio da lugar a posibilidades que ni contemplabas. Muchas veces lo que te parece una maldición se convierte en una bendición. El karma, la justicia divina o cósmica, acaban poniendo todo en su lugar.

Algún “Brexit” me ha permitido dedicarle más tiempo a mi familia, a mis amistades, reconectar conmigo misma. Descansar más en un momento vital en el que lo necesitaba y hallar cierta serenidad. Sin dejar de sentir nostalgia o tristeza, con la incertidumbre a cuestas, fui capaz de gozar de libertades que mi alma añoraba. Con la sensación de que la vida me ofrecía una píldora sanadora en el momento idóneo.

Me vienen a la mente vivencias en las que mis planes se frustraron. Yo que soy tanto de disfrutar fantaseando con lo que vendrá, organizando, teniendo todo bajo control, me llevo decepciones constantemente. Como si el universo me dijera: entérate de una puñetera vez que no está en tus manos. Adáptate a las circunstancias, que es una de las formas más eficaces de inteligencia. Aprende a improvisar, a cambiar de rumbo. A desmontar tu cuento de la lechera y reinventarte si hace falta.

En una ocasión diseñé una maravillosa escapada con el que entonces era mi novio a mi lugar favorito. Me hacía bastante ilusión compartir mi paraíso particular con la persona que ocupaba mi corazón. Todo estaba trazado en mi mente cuando surgió un imprevisto ajeno a mi voluntad que impedía el viaje a ese destino. Tras la rabia inicial por tan inoportuna fatalidad, mi mente comenzó a perpetrar un plan B que de alguna manera resarciera o al menos atenuara el jarro de agua fría. A una velocidad supersónica busqué un destino atractivo, localicé un hotelito agradable y rediseñé un premio de consolación. Pasamos unos días fantásticos en un precioso pueblecito del litoral andaluz que aliviaron mi descontento y casi me hicieron olvidar el chasco inicial.

Años después fui consciente de hasta qué punto ese obstáculo que había desviado la trayectoria había sido providencial. Cuando la relación terminó agradecí inmensamente no tener recuerdos con esa persona en ese sitio tan especial para mí. Supe entonces que lo que surgió como un inconveniente fue lo mejor que podía haber pasado. A veces el plan B puede superar al A.

Nunca sabrás si el avión al que no subiste se habría accidentado, si hubieras elegido otra ruta te habría atropellado un coche o si el lugar al que no fuiste te habría hecho infeliz. Acumulas convicciones, pero las incertidumbres implican un mundo de posibilidades.

Las tragedias a menudo propician lo mejor del ser humano: la solidaridad, la cooperación, la empatía. Esa sensibilidad colectiva que hemos constatado recientemente ante circunstancias devastadoras. También está el que saca rendimiento de la desgracia propia o la ajena, de todo hay en la viña del Señor.

He comprobado cómo han aparecido oportunidades en mi camino que me han inducido a plantearme que no era el correcto. Un proverbio japonés dice algo así como “si subes al tren equivocado, cuanto antes te bajes de él menos camino de vuelta tendrás que recorrer”. Si es para ti, aunque te quites. Y si no lo es, aunque te pongas. Si mi realidad hubiera sido otra esas opciones no habrían existido. Lo mejor es enemigo de lo bueno.

Puede que creas que lo que tienes no es exactamente lo que anhelabas, que se te escapó un sueño. Y no te das cuenta de que quizás eres más feliz con una alternativa que ni te imaginabas, pues conlleva ventajas que vas valorando en su justa dimensión. Como estar cerca de la familia, vivir en tu ciudad, disponer de cierto tiempo para dedicarle a lo que amas... mejor que el tesoro de Montecristo. O estaba de Dios o era tu auténtico ikigai. En cualquier caso esa trayectoria la has ido definiendo tú. Asumes las consecuencias de tus actos con una mirada indulgente y tratas de ver la cara oculta de la luna según los valores que te inculcaron. 

La buena vida

  Lo confieso, soy bastante sibaritilla. Me explico, porque esto tiene un enfoque subjetivo. Obviamente a todos nos gusta lo mejor, a nadie ...