martes, 28 de julio de 2026

Veraneo


Cuando llega alguna de las sucesivas olas de calor (por no decir tsunamis) se alzan voces proclamando: “¿No queríais veranito? Aquí lo tenéis”. Obviamente a nadie le gusta que la calle se convierta en el infierno de Dante. Ni esas asfixiantes noches tropicales en el sur de esta España mía, esta España nuestra. Pero si ese es el peaje que hay que pagar, lo pago. No negaré que ir a trabajar con 40º a la sombra es la muerte a escobazos. La ducha cuando regreso a casa cobra unas dimensiones taumatúrgicas.

Supongo que la mayoría lo anhelamos todo el año, aunque también es cierto que genera unas expectativas que no siempre se ven cubiertas. Es una época envuelta en idealización. Toca viajar, salir, disfrutar... Y por lo general solo se consigue parcialmente. Aún así mis veranos incluyen dosis revitalizantes. Al menos la plácida sensación de que puedes permitirte bajar un poco el ritmo.

El verano me huele a crema Nivea, a cloro de piscina, a casa antigua. Lo asocio al sonido de las chicharras y grillos nocturnos. A siestas largas, charlas bajo un manto de estrellas, una cervecita en una terraza. Un helado. Un cucurucho de camarones. Sandalias, piel bronceada.

Me vienen a la mente los divertidos artículos que publicaba Elvira Lindo titulados “Tinto de verano”, narrando las andanzas con “su santo” en el chalet de El Escorial. Y esos magistrales textos que escribía Almudena Grandes desde su atalaya roteña. También “Los barcos se pierden en tierra” de Pérez-Reverte, que no me canso de releer. O su “Carta esférica”. “Son de mar” de Manuel Vicent, “El jardín del Edén” o “El viejo y el mar” de Hemingway. Stevenson, Melville, Conrad. No me decanto por los bestsellers en verano, pero me tientan las historias ambientadas en el mar. Y películas preciosas como “La vida de Pi”, “La joven y el mar” , “Mediterráneo”. O las más vetustas “Capri”, “Atrapa a un ladrón”. Sin olvidar esos estremecedores acordes del maestro John Williams en “Tiburón”.

Me fascina el espejismo psicológico que te hace creer que el día es más largo. El airecillo matutino en las antípodas de la oscuridad y el frío siberiano invernales. Las noches a la intemperie cuando la canícula no se ceba con los pobres mortales. Esos benditos ratos que se pueden disfrutar sin la tiranía del reloj. Las terrazas, los transeúntes paseando a la caída del sol. El ánimo colectivo. Vestirse con menos capas, las ganas de acicalarse. Las ciudades semi desiertas, la vida en pausa.

En el verano andaluz, quien tiene una piscina tiene un tesoro. Por suerte pertenezco al grupo de los privilegiados. Además de su cometido obvio, involucra una liturgia que incluye tomar el sol, socializar, relajarte. Y ese frescor que se infiltra bajo la piel.

La joya de la corona son las vacaciones, evidentemente. Estudiantes y trabajadores necesitamos un descanso como el respirar. Además, con las altas temperaturas cuesta hasta pensar. Cuando se acercan voy tachando días como los presos. Ya te he tenido degustación, pero demasiado efímera.

La democratización del turismo y los retiros estivales constituyen la esencia vacacional. El concepto “veranear” implica trasladarse. No basta con dejar de trabajar. Para desconectar el cambio de escenario es fundamental, romper con ciertas rutinas. La época de los grandes viajes quedó en el recuerdo, pero a veces cae alguno. Afortunadamente cuento con dos baluartes de felicidad: la costa y mi pueblecito blanco.


El mar es el paradigma del deleite estival, el mejor escenario para resetearte. Fuente de bienestar como los balnearios decimonónicos. Aunque mi litoral favorito es el gaditano, frecuento más el granadino. Adoro el olor marino, la serenidad y la buena energía tras una jornada playera. Conocí a alguien que conducía a diario más de dos horas para disfrutar de una tarde de la playa. En ese entonces me costaba entenderlo, sin embargo hoy a mí también me compensaría.

Medina Sidonia es un precioso pueblo bañado por la luz de Cádiz del proceden parte de mis ancestros. Tiene algo que atrapa, además de un pasado fascinante. Cada mes de Agosto acudo ilusionada a la casa dieciochesca distribuida entorno a un patio andaluz. Una residencia de verano con un microclima privilegiado gracias a su arquitectura encalada y muros gruesos. Mi mente novelera recuerda la lorquiana Huerta de San Vicente o la del Gatopardo en Donnafugata. La mía está cargada de entrañables recuerdos, tradición y familiaridad. Es una atalaya de paz a media hora de las mejores playas.

Las lecturas vacacionales están impregnadas de una calma inusual, lo que enfatiza su disfrute. Como las largas siestas sin alarma. En la cama, dulce refugio durante las tardes soporíferas en las que sucumbo a los tentadores brazos de Morfeo. Y las noches al aire libre, la quintaesencia estival.

Agosto promete descanso y desconexión. Confirmando una vez más que el verano es (incomodidades aparte) el tiempo de la felicidad (como la inolvidable película de Manuel Iborra). Un reparador interludio para sacudirse el agotamiento de todo un año y entregarse a los mayores placeres de la vida.

 

viernes, 17 de julio de 2026

La buena vida

 

Lo confieso, soy bastante sibaritilla. Me explico, porque esto tiene un enfoque subjetivo. Obviamente a todos nos gusta lo mejor, a nadie le amarga un dulce. Gozamos de la abundancia y el divertimento (a quién no le va a gustar un imperio romano...), pero me refiero más bien a pequeños placeres, no siempre ligados al valor material.

Disfruto intensamente situaciones más asequibles como un atardecer en la playa, el café de la mañana,  escuchar llover estando en la cama o una siesta sin poner la alarma. Me inyectan una dosis concentrada de bienestar, a veces perentoria. Contribuyen a equilibrar la balanza, aunque diría que el atractivo radica en su componente efímero y excepcional.

Nadie duda que la buena vida es la octava maravilla, pero está llena de matices personales. Yo puedo ser más feliz unos días en un pueblo andaluz que viajando a un destino exótico. Aunque no reniego de la semana que pasé en un resort “todo incluido” caribeño, a cuerpo de rey. Quiero decir que prefiero un huevo frito con patatas a supuestas “delicatessen” como las ostras o el caviar. Lo selecto no me cautiva por sistema.

Podría afirmar sin faltar a la verdad que los verdaderos lujos son la salud, la familia, tener un techo, un trabajo, comida en la nevera, permitirte un capricho de vez en cuando... Pero tópicos aparte, tampoco van por ahí los tiros.

A menudo la clave está en la compañía. A veces se trata de una conjunción de factores. Los planetas se alinean, el viento sopla a favor, y hay que aprovechar esas coyunturas como un faro durante la tormenta.

Cuando estoy totalmente a gusto, feliz y relajada le llamo “Vida Malibú”. Se sustenta en un estado de relax en el que el cortisol baja, puedo permitirme ignorar el reloj y el ambiente que me rodea es una delicia para los sentidos. No implica yates ni restaurantes con Estrella Michelin, sino algo menos opulento: el placer de no madrugar, disponer de días libres e invertirlos donde me apetece, con quien deseo. En esas circunstancias me encantaría detener el tiempo, aunque soy consciente de su naturaleza fugaz.



La magia de lo cotidiano es a veces la mejor. El encanto de las cosas simples está subestimado. Estar en mi destino favorito contemplando la puesta de sol. Las risas, una conversación profunda. Una chimenea en invierno, un jacuzzi o una piscina de aguas cristalinas cuando el calor sofoca. El rumor de las olas, el sonido del riachuelo mientras siento el aire fresco de la mañana.  Una terraza en una noche de verano. Dormir sobre sábanas recién lavadas, ver las Perseidas y pedir un deseo cada vez que una atraviesa el cielo. Escribir algo tal y como lo tenía en mi cabeza. Que caiga un diluvio estando en casa. El primer helado de la temporada. El día antes de un viaje. Despertar y darme cuenta de que es sábado. El abrazo de un ser querido. Viajar en coche escuchando una música que me gusta. Estrenar algo. Un chocolate caliente cuando necesito calentarme, un objetivo cumplido, un cava frío como aperitivo. La visita anual a un hammam con mi mejor amiga. Una ducha después de hacer deporte... Podría seguir eternamente.

En ocasiones disfruto más planificando algo que realizándolo. Aprecio los detalles y soy capaz de gozar con poco. Puedo ser la más feliz del mundo viendo una de mis películas favoritas tumbada en el sofá de mi casa.

Tengo algo de hedonista. Bien entendida, me parece una postura inteligente. Trato de buscar la felicidad, de paladear momentos que me hacen sonreír el alma. Como cuando te comes algo rico muy despacito para que dure más. De ser consciente de ellos cuando se producen y vivirlos con los cinco sentidos. En el caso de Oscar Wilde era una filosofía de vida. Coincido con él en la búsqueda de la belleza, sin llegar al paroxismo como Dorian Gray. Más bien en la línea del Síndrome de Stendhal y en el marco de unos principios morales.

Valoro profundamente lo que tiene un componente puramente estético o sensorial. La presentación, la conjunción de factores que hace que un acto o un lugar sea sublime. Me compensa tomarme un café en un parador aunque me cueste el doble, porque soy consciente de que el lugar también se paga y lo hago con gusto.

En la antigüedad clásica lo tenían cristalino. Los egipcios se maquillaban, los griegos inventaron la calefacción, los romanos las termas como espacio de relax y socialización o el triclinium para comer tumbados. El filósofo griego Epicuro propugnaba buscar el placer y evitar el dolor de una forma racional, sin excesos. Por no hablar del lujo asiático. Los jardines llenos de fuentes en los que siempre se escuchaba el murmullo del agua y al anochecer se respiraban los efluvios de flores y plantas aromáticas.

Vivimos tiempos de satisfacción inmediata. Y esa ansiedad nos roba parte del disfrute, pues en gran medida se encuentra en la espera de algo bueno que sabes que va a suceder o en la expectativa de que suceda. Como todo, el secreto está en el balance.

He tenido la suerte de conocer de cerca a personas disfrutonas. No “bon vivant”, ni frívolas, ni mucho menos vagas. Sino con una extraordinaria capacidad de disfrutar de una escapada, una reunión familiar, una comida... Dotadas de un entusiasmo especial, agradecidas y muy generosas en todos los sentidos. Dueñas de un entusiasmo contagioso. Eso sí que son “personas vitamina”, cuya cercanía es sanadora.

A menudo estamos tan sometidos a las rutinas y el agobio, que no somos conscientes de esos sencillos gestos que podrían hacernos sentir mucho mejor. Esperas aires de cambio, cumplir sueños, y mientras tanto el tiempo se escapa como agua entre los dedos. El futuro es lo que haces hoy.

Momentos que podrían haber sido maravillosos se vieron empañados por las circunstancias (unas veces propias y otras ajenas). Vistos con perspectiva lamento que un determinado estado de ánimo me impidiera apreciar lo bonitos que eran. Esas vivencias enseñan. Hay que disfrutar de los instantes en los que fluye la magia, porque la felicidad es una brisa que te acaricia el rostro de vez en cuando. Y como la suerte, hay que buscarla. No existe una vida libre de preocupaciones, pero el mayor lujo es estar en paz. Con un poquito de hedonismo, que arroje luz sobre las sombras.

jueves, 2 de julio de 2026

Pasiones


Al igual que la piel, el alma también tiene memoria. Diría que la más profunda y selectiva de todas. Tendemos a recordar más lo bueno como estrategia inconsciente de supervivencia. García Márquez lo expresó de maravilla: "la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado".

A veces el olvido es salvación. No siempre se logra, pero el tiempo concede una perspectiva relativizadora para que las adversidades no se conviertan en un lastre ponzoñoso.

Lo que se hace deja una impronta. Imprime carácter, como los sacramentos. Vas descubriendo lo que te acelera los latidos del corazón, cuales son tus cápsulas de felicidad. La vida nos conduce por caminos inesperados, sin embargo acabamos retornando a lo que conforma nuestra esencia. Como el hilo invisible que te une a las personas que quieres, a los lugares donde fuiste feliz o a los recuerdos que se escribieron en el corazón con tinta indeleble.

Cuando haces algo que te motiva tu cerebro se inunda de dopamina, indicándote que es la vía correcta. El entusiasmo lo reviste de magia. Al igual que un río, esa vocación discurre por sinuosos vericuetos pero busca su cauce.

Si disfrutas con una actividad, probablemente cuando la añoranza pese más que las circunstancias busques la forma de retomarla. Siempre encontramos la forma de hacer lo que amamos. Acumulas un bagaje que te define. Eres lo que eres por las vivencias, la genética y las decisiones tomadas. Lo que un día te cautivó sembró una semilla que con un poquito de agua germinará.

Como dicen en la magistral película “El secreto de sus ojos”, uno puede cambiar de casa, de familia, de religión, pero nunca de pasión. Cuando descubres mundos deslumbrantes renunciar a ellos sería traicionarte a ti misma. El tiempo se pierde, se gasta o se invierte. La vida es demasiado breve para dedicarla a lo que no te importa. Y esa certeza se afianza con el paso de los años, porque sabes que te quedan menos.

Entregarte a tus pasiones es un ingrediente esencial de la receta de la felicidad. Son las luces que contrarrestan las sombras. Vivimos sometidos a obligaciones, el tiempo libre es un bien escaso. Pero  siempre se puede encontrar si te compensa.

Amo viajar, el cine, leer y escribir. Todo lo que me supone un estímulo intelectual y/o estético atrapa mi atención. Dicen que la cultura es lo que queda cuando olvidas lo que has aprendido. Ese barniz que te aportan las lecturas, los viajes, las experiencias y las relaciones personales cuando te enriquecen. Aquello que estimula tu intelecto deja un poso. Te va moldeando en alguien con mayor amplitud de miras y capacidad de criterio. Cuanto más sabes más consciente eres de lo que ignoras. La inquietud de aprender te acompaña de por vida.


El psiquiatra Enrique Rojas afirma que si un joven es capaz de dejar el móvil y leer un libro es un aristócrata del conocimiento. A mí me costó descubrir los encantos de la literatura, sin embargo ahora no puedo ni quiero vivir sin ella.

Soy muy selectiva en ese sentido (como en otros). Hace tiempo aprendí que libro que no merece una segunda lectura no merece una primera. Y que si no te engancha es mejor dejarlo. Aunque lo ideal sería saber un poco de todo, si me hablas de física molecular o del planeta Marte mi cerebro no es tan receptivo como si me explicas la técnica de Caravaggio o en qué consiste el Realismo Mágico.

En el contexto académico mi ámbito es la Historia, más concretamente la del Arte. Haciendo lo que te ilusiona eres más tú que nunca. No siempre se puede vivir de lo que se ama, pero sí dedicarle un espacio en tu día a día. Además, suele ser lo que mejor se te da. Como explica la parábola de los talentos, estamos moralmente obligados a hacer buen uso de los dones que hemos recibido.

Disfruto escribiendo tanto textos históricos como novelas. Ambos requieren una labor de documentación, especialmente en el primer caso. Me encanta esa fase previa, pero me quedo con la redacción. Es como ensamblar todas las piezas elaborando un discurso, un entramado que tenga sentido y tu sello personal.

Me gustaría definirme como una “contadora de historias”, pero me limito a fabular por escrito lo mejor que puedo, en los ratos de los que dispongo, sobre temas que me interesan. La escritura de ficción exige un componente creativo que te otorga una inmensa libertad. Son tus vivencias, anhelos e inventiva lo que le insufla vida. Debe ser una narración amena, con voz propia y verosimilitud. Para mí el reto está en intentar escribir la historia que me gustaría leer.  

Las pasiones le dan sentido a la vida, equilibrando la balanza. Son remedios rescate, inhibidores del cortisol. Vitaminas para el alma, una inversión en bienestar. La vida son dos días y ya ha pasado uno.

Veraneo

Cuando llega alguna de las sucesivas olas de calor (por no decir tsunamis) se alzan voces proclamando: “¿No queríais veranito? Aquí lo tenéi...