viernes, 17 de julio de 2026

La buena vida

 

Lo confieso, soy bastante sibaritilla. Me explico, porque esto tiene un enfoque subjetivo. Obviamente a todos nos gusta lo mejor, a nadie le amarga un dulce. Gozamos de la abundancia y el divertimento (a quién no le va a gustar un imperio romano...), pero me refiero más bien a pequeños placeres, no siempre ligados al valor material.

Disfruto intensamente situaciones más asequibles como un atardecer en la playa, el café de la mañana,  escuchar llover estando en la cama o una siesta sin poner la alarma. Me inyectan una dosis concentrada de bienestar, a veces perentoria. Contribuyen a equilibrar la balanza, aunque diría que el atractivo radica en su componente efímero y excepcional.

Nadie duda que la buena vida es la octava maravilla, pero está llena de matices personales. Yo puedo ser más feliz unos días en un pueblo andaluz que viajando a un destino exótico. Aunque no reniego de la semana que pasé en un resort “todo incluido” caribeño, a cuerpo de rey. Quiero decir que prefiero un huevo frito con patatas a supuestas “delicatessen” como las ostras o el caviar. Lo selecto no me cautiva por sistema.

Podría afirmar sin faltar a la verdad que los verdaderos lujos son la salud, la familia, tener un techo, un trabajo, comida en la nevera, permitirte un capricho de vez en cuando... Pero tópicos aparte, tampoco van por ahí los tiros.

A menudo la clave está en la compañía. A veces se trata de una conjunción de factores. Los planetas se alinean, el viento sopla a favor, y hay que aprovechar esas coyunturas como un faro durante la tormenta.

Cuando estoy totalmente a gusto, feliz y relajada le llamo “Vida Malibú”. Se sustenta en un estado de relax en el que el cortisol baja, puedo permitirme ignorar el reloj y el ambiente que me rodea es una delicia para los sentidos. No implica yates ni restaurantes con Estrella Michelin, sino algo menos opulento: el placer de no madrugar, disponer de días libres e invertirlos donde me apetece, con quien deseo. En esas circunstancias me encantaría detener el tiempo, aunque soy consciente de su naturaleza fugaz.



La magia de lo cotidiano es a veces la mejor. El encanto de las cosas simples está subestimado. Estar en mi destino favorito contemplando la puesta de sol. Las risas, una conversación profunda. Una chimenea en invierno, un jacuzzi o una piscina de aguas cristalinas cuando el calor sofoca. El rumor de las olas, el sonido del riachuelo mientras siento el aire fresco de la mañana.  Una terraza en una noche de verano. Dormir sobre sábanas recién lavadas, ver las Perseidas y pedir un deseo cada vez que una atraviesa el cielo. Escribir algo tal y como lo tenía en mi cabeza. Que caiga un diluvio estando en casa. El primer helado de la temporada. El día antes de un viaje. Despertar y darme cuenta de que es sábado. El abrazo de un ser querido. Viajar en coche escuchando una música que me gusta. Estrenar algo. Un chocolate caliente cuando necesito calentarme, un objetivo cumplido, un cava frío como aperitivo. La visita anual a un hammam con mi mejor amiga. Una ducha después de hacer deporte... Podría seguir eternamente.

En ocasiones disfruto más planificando algo que realizándolo. Aprecio los detalles y soy capaz de gozar con poco. Puedo ser la más feliz del mundo viendo una de mis películas favoritas tumbada en el sofá de mi casa.

Tengo algo de hedonista. Bien entendida, me parece una postura inteligente. Trato de buscar la felicidad, de paladear momentos que me hacen sonreír el alma. Como cuando te comes algo rico muy despacito para que dure más. De ser consciente de ellos cuando se producen y vivirlos con los cinco sentidos. En el caso de Oscar Wilde era una filosofía de vida. Coincido con él en la búsqueda de la belleza, sin llegar al paroxismo como Dorian Gray. Más bien en la línea del Síndrome de Stendhal y en el marco de unos principios morales.

Valoro profundamente lo que tiene un componente puramente estético o sensorial. La presentación, la conjunción de factores que hace que un acto o un lugar sea sublime. Me compensa tomarme un café en un parador aunque me cueste el doble, porque soy consciente de que el lugar también se paga y lo hago con gusto.

En la antigüedad clásica lo tenían cristalino. Los egipcios se maquillaban, los griegos inventaron la calefacción, los romanos las termas como espacio de relax y socialización o el triclinium para comer tumbados. El filósofo griego Epicuro propugnaba buscar el placer y evitar el dolor de una forma racional, sin excesos. Por no hablar del lujo asiático. Los jardines llenos de fuentes en los que siempre se escuchaba el murmullo del agua y al anochecer se respiraban los efluvios de flores y plantas aromáticas.

Vivimos tiempos de satisfacción inmediata. Y esa ansiedad nos roba parte del disfrute, pues en gran medida se encuentra en la espera de algo bueno que sabes que va a suceder o en la expectativa de que suceda. Como todo, el secreto está en el balance.

He tenido la suerte de conocer de cerca a personas disfrutonas. No “bon vivant”, ni frívolas, ni mucho menos vagas. Sino con una extraordinaria capacidad de disfrutar de una escapada, una reunión familiar, una comida... Dotadas de un entusiasmo especial, agradecidas y muy generosas en todos los sentidos. Dueñas de un entusiasmo contagioso. Eso sí que son “personas vitamina”, cuya cercanía es sanadora.

A menudo estamos tan sometidos a las rutinas y el agobio, que no somos conscientes de esos sencillos gestos que podrían hacernos sentir mucho mejor. Esperas aires de cambio, cumplir sueños, y mientras tanto el tiempo se escapa como agua entre los dedos. El futuro es lo que haces hoy.

Momentos que podrían haber sido maravillosos se vieron empañados por las circunstancias (unas veces propias y otras ajenas). Vistos con perspectiva lamento que un determinado estado de ánimo me impidiera apreciar lo bonitos que eran. Esas vivencias enseñan. Hay que disfrutar de los instantes en los que fluye la magia, porque la felicidad es una brisa que te acaricia el rostro de vez en cuando. Y como la suerte, hay que buscarla. No existe una vida libre de preocupaciones, pero el mayor lujo es estar en paz. Con un poquito de hedonismo, que arroje luz sobre las sombras.

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