Cada maestrillo tiene su librillo, especialmente cuando la vida te pone piedras en el camino. Hay quien se lo guarda todo, quien necesita compartirlo con alguien (un psicólogo, un familiar, una amiga...), y quien lo plasma por escrito. Es decir, contándoselo a sí mismo. Todas las formas son válidas, no deja de ser una autoterapia subjetiva. La fórmula que te funciona a ti no tiene por qué funcionarle a otro. Somos dueños de nuestras emociones y estamos en el derecho de exteriorizarlas o no.
Aunque existe la creencia generalizada de que hablar sobre lo que te hace daño ayuda a superarlo, no todo el mundo experimenta ese deseo. Los sentimientos pertenecen a una parcela muy íntima, en ocasiones ponerlos en palabras duele más que silenciarlos o el pudor te impide hacerlo. A lo mejor, pasado un tiempo, los has digerido y puedes verlos con perspectiva. Entonces quizás te apetezca hablar de ello. Compartir las alegrías es casi inevitable, te sale por los poros. Sin embargo cuando algo duele cuesta mucho más manifestarlo. Al menos a mí. No me gusta mostrarme vulnerable, hay aspectos que prefiero mantener en privado o en un ámbito de mi total confianza.
Cuando escribes sobre lo que sientes, lo que te perturba o te hace sufrir, de alguna manera liberas parte de la carga. El cerebro se relaja, segrega endorfinas como analgésicos naturales. El hecho de expresarlo aunque sea para ti misma produce cierta calma aunque carezcas de interlocutor. Para mí es un asidero en medio de la tempestad, una auténtica catarsis. Ordenar pensamientos me permite asimilarlos. Escribirlos (si es a mano mejor) facilita el proceso de interiorización. Diseccionándolos soy capaz de contemplarlos con mayor nitidez. Al igual que aceptando que tienes un problema empiezas a solucionarlo, “vomitar” lo que te incomoda es un primer paso para expulsar parte del veneno.
En algún momento de mi vida he escrito un diario, y aunque hace mucho tiempo que no siento el deseo de hacerlo, busco formas de escribir sobre lo que me afecta porque me ayuda a superarlo. Esos pensamientos y sensaciones que se me atragantan tienen que salir de algún modo. Sin aspiraciones literarias, tan solo exponiendo lo que me carcome con la mayor claridad. Buceando en mis recovecos para redactar lo que me trastorna o un día me trastornó y sigue clavado como una espina. Para mí es una forma de sanación. Un autopsicoanálisis que me da herramientas. Noto que el cortisol empieza a bajar, aportándome una dosis de serenidad. La herida comienza a cauterizarse.
La escritora más leída en español, mi querida y admirada Isabel Allende, ha confesado que durante toda la vida mantuvo correspondencia con su madre. Cientos de cartas en las que se contaban su día a día y que constituyeron un reconfortante refugio ante las adversidades. El género epistolar es uno de mis favoritos por su autenticidad y aire coloquial, motivado por el mero afán de comunicación. Me vienen a la mente “Drácula” de Bram Stoker, “Las amistades peligrosas” de Chordelos de Laclos, la maravillosa “84, Charington Road” de Helen Hanff, la conmovedora “De profundis” de Wilde o las cartas de Edith Wharton a Morton Fullerton.
Cuando Isabel Allende atravesó el peor momento de su vida y sufrió un inevitable colapso emocional, su madre le aconsejó que escribiera lo que estaba sintiendo. Afortunadamente le hizo caso y sobrellevó el duelo por la muerte de su hija Paula materializándolo en una carta que se convirtió en uno de los libros más emotivos que he leído nunca. Así exorcizó sus demonios y comenzó a superar esa pena tan devastadora. En realidad ese tipo de dolor no se supera nunca, se aprende a vivir a con él. También “La casa de los espíritus”, su más exitosa novela, empezó como una carta de despedida a su abuelo cuando estaba a punto de morir. En ambas ocasiones surgieron como un desahogo, tratando de conectar con un ser querido que abandona este mundo.
Casi siempre que he atravesado un momento difícil he recurrido a la escritura. El cuerpo me pedía dejar constancia escrita de lo que me amargaba la existencia. A veces lo hice a posteriori, pero lo más efectivo es escribirlo de forma paralela. Cuando necesitas entender la realidad para procesarla, expresar tu postura aunque sea ante ti misma resulta terapéutico.
Cualquier psicólogo sabe que es una de las técnicas más útiles para gestionar el estrés, una especie de justicia reparadora. En mi caso nació de forma espontánea hace muchos años. Simplemente me apremiaba escribir sobre lo que se me hacía bola en la garganta, por puro instinto de supervivencia. Con el tiempo he ido entendiendo por qué es tan eficaz, pero sigo haciéndolo por los mismos motivos que la primera vez. Nunca subestimes el valor de los pequeños gestos. Algo tan sencillo como garabatear sobre el papel lo que te escuece puede ser un bálsamo que cura o cuando menos alivia.
También encuentro bienestar en escribir ficción e incluso textos académicos. Son aguas en las que me siento cómoda, me sienta bien nadar en ellas. En el primer caso es posible introducir elementos personales que además dotan a la historia de verosimilitud. A través de la escritura se pueden canalizar amarguras, anhelos o pequeños traumas. Cuanto más directamente los abordes mayor será el beneficio. La deliciosa y tan necesaria paz mental. Y cuando adviertes que esa medicina te hace bien, recurres a ella cada vez que el alma lo demanda.

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