lunes, 14 de septiembre de 2026

Manías

 

Suelo decir que quien esté libre de manías tire la primera piedra. De ese color todos tenemos un vestido. O varios. Somos animales de costumbres. En ocasiones no son más que formas de comportamiento que se van afianzando con la edad. Tendemos a salvaguardarlas del escrutinio ajeno porque a nadie le gusta ser cuestionado.

Como cualquier mortal tengo mi catálogo de manías. Valoro mucho la puntualidad. La paciencia no es mi fuerte, pero aún así prefiero ser yo quien espera a que me esperen. La informalidad me parece una falta de respeto. Por supuesto, a cualquiera le puede surgir un imprevisto. Shit happens.

Requiero que respeten mi espacio. El físico y el otro. Me agobian las personas intrusivas y las que se te pegan como una lapa. No me gusta una visita inesperada ni una llamada a horas intempestivas que me roben tiempo. A quien le sobre que lo disfrute sin apropiarse del mío.

Me fastidia tener que escuchar la conversación de un desconocido que ni me va ni me viene en un lugar público. Sobre todo en un autobús o tren, donde no tengo escapatoria. Por no hablar de los que conducen con la ventanilla bajada y la música a todo volumen. Imposiciones que revelan una total ausencia de consideración.

Los que vivimos solos estamos acostumbrados a un entorno tan a la medida de nuestra voluntad que nos cuesta más soportar injerencias. La costumbre se convierte en ley. No toleras que alguien vulnere tus códigos, tu forma de habitar tu espacio. Es tu reino, donde pasas la mayor parte de tu tiempo libre.

Necesito que proyecte un aspecto armónico. Me incomoda el desorden, sobre todo en mi escritorio. Los Virgo somos metódicos y organizados, nos horroriza la entropía y el caos porque atentan contra nuestros principios más básicos. Me molesta un cuadro torcido, un vaso fuera de lugar, los cajones o armarios abiertos. Todos queremos habitar en un lugar en el que nos sintamos cómodos.


Mi casa está sobrecargada porque es pequeña y tiendo a acumular. Sin embargo procuro que no proyecte desidia. Cuando me mudé me hice el propósito de mantenerla diáfana y no convertirla en un bazar. Pero me gusta comprar, decorar las paredes, los recuerdos de viajes o personas. Aunque prefiera el minimalismo al barroquismo, la voy saturando involuntariamente. Los espacios asépticos me trasmiten paz, pero me encantan las señas de identidad. Vivo en esa dicotomía.

Mi biblioteca extiende sus tentáculos por todas las estancias. He tenido que ir instalando estanterías para darle cabida. Cada libro es como un hijo, siempre hay lugar para él. Lo mismo me sucede con las películas. Además acumulo pequeños electrodomésticos como cafeteras.

En mi casa no entra casi nadie, pero si me cambian algo de sitio me falta tiempo para volver a colocarlo como lo tenía. En ciertos ámbitos soy muy germánica. Al final acabo un poco presa de mis propias imposiciones, aunque es una forma de vida que me satisface.

Me desagradan los ruidos, los ambientes masificados o bulliciosos. Sobre todo recién levantada. Me encanta iniciar el día en contacto con la naturaleza. Mis pensamientos fluyen como el agua del río que acompaña mi recorrido. Detesto las prisas, funciono mejor sin presión.

Me trastorna que me cambien los planes. Las sorpresas están sobre valoradas. Me estresa que me propongan algo con poca antelación. Aunque voy trabajando la flexibilidad, me siento más relajada con una hoja de ruta.

Me molesta que alguien hable con la boca llena, que haga ruido al comer o al beber, que sorba los mocos. Lo considero más bien una cuestión de modales. La falta de higiene también me produce un rechazo total.

Me disgusta que una cerveza o un vino blanco que no estén fríos.  Y los prefiero en una copa de cristal. Valoro la estética. Heredé de mi madre, como ella lo hizo de mi abuela, el gusto por una buena presentación. Aunque me ha puesto el listón muy alto.

Para dormir soy delicadita, necesito silencio y oscuridad. Rara vez duermo en un medio de transporte. Me falta horizontalidad, me sobran ruidos, luces, personas.

En determinados casos padezco un poquito de TOC. No llego a los niveles de Jack Nicholson en “Mejor imposible”, sin embargo en algún aspecto puedo identificarme. Como cuando está intentando escribir y suena el timbre. Que te arrebaten la inspiración abruptamente sienta a cuerno quemado. Pierdes el hilo y la concentración.

Algunas manías de escritores famosos son míticas. El color de tinta, tipo de papel o formato de escritura, los horarios y rutinas. Isabel Allende empieza siempre sus novelas el 8 de Enero, encendiendo velas para atraer a los espíritus. Otros aspectos me parecen más extravagantes: escribir de pie como hacía Hemingway. Utilizar una prenda de ropa talismán, como Dumas. Al parecer, Galdós escribía con una capa.

A veces pasan a la categoría de excentricidad. Dicen que J. D. Salinger escribía en pelotas. Algo así he leído también de Victor Hugo. Más de uno le daba al drinking (Poe, Bukowski o Hemingway). Parece que Capote era bastante supersticioso. Cada maestrillo tiene su librillo, y el proceso creativo es muy personal.

Yo solo soy una aficionada, pero tengo manías confesables. Me gusta escribir en papel de una raya, con roller azul. La inspiración me asalta en los momentos más insospechados, así que procuro tener cerca papel o el móvil para anotar las ideas antes de que se esfumen como un sueño al despertar. En las primeras horas de la mañana soy más productiva. Además, el efecto estimulante de la cafeína es un aliado. No soy nada supersticiosa, pero sí fiel a determinadas técnicas.

En fin, todos tenemos nuestras taritas. Y mientras no le hagan daño a nadie ni nos amarguen la existencia, me parecen lícitas. Constituyen nuestro sello, que nos hace únicos e irrepetibles.

1 comentario:

  1. Siempre que te aporten luz y color a la vida, culta amiga, deja que las manías te acompañen, son, suelen serlo, las señas de identidad. Feliz semana. Un 🫂 abrazo

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