lunes, 21 de septiembre de 2026

La monja fraile


Hay noticias que siembran la intriga, incitándote a profundizar en ellas. Y una que es observadora, curiosa, narradora aficionada e historiadora, no puede permanecer indiferente a esas inocuas tentaciones.

El otro día leí que un grupo de arqueólogos realizaba una prospección en el Convento de Santa Clara de Pontevedra en busca de los restos de la conocida como “la monja fraile”. Y claro, me quedé ojiplática.

Galicia está envuelta en un halo de magia y tradiciones ancestrales. Las meigas, la Santa Compaña, San Andrés de Teixido (donde “va de muerto quien no fue de vivo”)... A mi mente novelera acudieron las películas “The lost king” y “El bosque animado”. Las cartas de amor de la monja portuguesa, la ingenua novicia Doña Inés, la conversa Simi “La Hebrea”, la polifacética abadesa Hildegard von Bingen, reina indiscutible del Mee too medieval.



Volviendo a la “monja fraile”, el asunto tiene chicha. En la iglesia del convento ya han aparecido un par de cerebros “saponificados” (inusualmente conservados en virtud de un peculiar proceso químico) y los restos de un capellán enterrado junto al altar, también preservado al estilo Lenin. Me hizo evocar las faraónicas momificaciones egipcias, las cámaras funerarias cuyo hermetismo, ausencia de oxígeno y humedad, evitaban la descomposición. Lo que me recuerda una escabrosa anécdota familiar. Con motivo de una reubicación funeraria, el cuerpo de un antepasado clérigo se mantenía en perfectas condiciones. Como relata “Santa Evita”, una maravilla de libro (y de serie) que narra el inaudito periplo del cadáver de Eva Perón secuestrado por los “milicos”.

Me trajo a la memoria a Sierva María de Todos los Ángeles, la niña dieciochesca de la magistral novela “Del amor y otros demonios”. Tras contraer la rabia fue recluida en un convento al creerla “endemoniada”. García Márquez contaba que en 1949 fue enviado como reportero al Convento de Santa Clara de Cartagena de Indias, donde aparecieron los restos de una niña con una cabellera cobriza de más de veinte metros. El hallazo le hizo recordar la leyenda que le contaba su abuela sobre una santita que obraba milagros por el Caribe, quien inspiró su historia.

Y en la niña expuesta en la Catedral de Guadalajara (México). Según su truculenta leyenda fue asesinada por su padre por hacer la primera comunión. Aunque un cartel informa de que fue una mártir romana, Santa Inocencia. Cuando la vi me pareció una muñeca de porcelana.

En la cripta de la Catedral de Cádiz se conservan los restos momificados de Santa Victoria, otra mártir romana. El imaginario popular cuenta algo parecido: una niña gaditana asesinada el día de su primera comunión. Ambas historias parecen formar parte de una estrategia religiosa para atraer fieles.

Confieso que el tema de las reliquias me despierta bastantes suspicacias. Los brazos incorruptos, los trozos del madero de la Santa Cruz o la infinidad de cálices que dicen ser el Santo Grial (el de la Catedral de Valencia me inspiró confianza) me huelen más a fraude que a realidad. Mejor me reservo mi opinión sobre la Sábana Santa, que contemplé hace décadas en una iglesia de Turín.

El caso es que las excavaciones continúan en Santa Clara con la esperanza de encontrar a la “monja fraile”. María de Gálvez se hizo pasar por hombre para ingresar en el Convento de Misericordia de Pobra do Caramiñal. Su historia me ha remotado a tiempos en los que el mundo relegaba a la mujer a ciertos ámbitos. Escribí el capítulo de un podcast histórico reivindicando esas injusticias. Durante siglos las mujeres tenían vedados terrenos considerados masculinos. Sus únicas salidas dignas eran el matrimonio o el convento,  por lo que más de una optó por tomar los hábitos para acceder a una formación intelectual como la poetisa criolla Sor Juana Inés de la Cruz. Siempre me han llamado la atención las mujeres que huyeron de las imposiciones sociales.  

María nació en Toledo en 1572, en una familia acomodada. Muy pronto aprendió a leer y escribir. Cuando su padre quiso casarla contra su voluntad con diecisiete años, decidió huir vestida de hombre, adoptando el nombre de “Juanico”: "Córtase el cabello, viste de gregüescos, el sayo de un mozo de labranza y un burdo capote".

Alimentándose de frutos silvestres cruzó media España y recorrió el Camino de Santiago. Ingresó en el Convento A Pobra do Deán, donde fue cocinero y ayudante durante cinco años. En el momento en el que el abad quiso imponerle el hábito franciscano, confesó su verdadera identidad. Entonces fue enviada al Convento de Santa Clara, a donde llegó con atuendo masculino. Allí trabajó de enfermera, cocinera y carpintera. Llegó a ser abadesa con el nombre de Sor María de San Antonio. Su sepultura consta junto a la de la fundadora del convento. Hasta se le atribuyen milagros que le proporcionaron al cenobio abundantes limosnas, por lo que se la intentó canonizar.

Husmeando he encontrado un caso similar. El de Catalina de Erauso, conocida como “la Monja Alférez”. Una novicia que en el siglo XVII, disfrazada de hombre, se embarcó a América para combatir como soldado según reveló en su autobiografía.

También me ha recordado a la película “Albert Nobbs”, protagonizada por Glenn Close. Y a “Elisa y Marcela”, inspirada en un caso real. O al musical “Yentl”, en el que una chica judía se hace pasar por varón para asistir a una escuela talmúdica. Concepción Arenal, una de las grandes feministas españolas, hizo lo mismo para asistir a la Facultad de Derecho en el siglo XIX.

En la literatura tenemos a las famosas George Eliot (Mary Ann Evans), Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber), George Sand (Amantine Aurore Lucile Dupin)... La diosa egipcia Hatshepsut se auto proclamó faraón y se atavió como tal. Con un par.

Espero que encuentren a “Juanico”. Y sobre todo, que ninguna mujer tenga que hacerse pasar por hombre para obtener igualdad de derechos.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Manías

 

Suelo decir que quien esté libre de manías tire la primera piedra. De ese color todos tenemos un vestido. O varios. Somos animales de costumbres. En ocasiones no son más que formas de comportamiento que se van afianzando con la edad. Tendemos a salvaguardarlas del escrutinio ajeno porque a nadie le gusta ser cuestionado.

Como cualquier mortal tengo mi catálogo de manías. Valoro mucho la puntualidad. La paciencia no es mi fuerte, pero aún así prefiero ser yo quien espera a que me esperen. La informalidad me parece una falta de respeto. Por supuesto, a cualquiera le puede surgir un imprevisto. Shit happens.

Requiero que respeten mi espacio. El físico y el otro. Me agobian las personas intrusivas y las que se te pegan como una lapa. No me gusta una visita inesperada ni una llamada a horas intempestivas que me roben tiempo. A quien le sobre que lo disfrute sin apropiarse del mío.

Me fastidia tener que escuchar la conversación de un desconocido que ni me va ni me viene en un lugar público. Sobre todo en un autobús o tren, donde no tengo escapatoria. Por no hablar de los que conducen con la ventanilla bajada y la música a todo volumen. Imposiciones que revelan una total ausencia de consideración.

Los que vivimos solos estamos acostumbrados a un entorno tan a la medida de nuestra voluntad que nos cuesta más soportar injerencias. La costumbre se convierte en ley. No toleras que alguien vulnere tus códigos, tu forma de habitar tu espacio. Es tu reino, donde pasas la mayor parte de tu tiempo libre.

Necesito que proyecte un aspecto armónico. Me incomoda el desorden, sobre todo en mi escritorio. Los Virgo somos metódicos y organizados, nos horroriza la entropía y el caos porque atentan contra nuestros principios más básicos. Me molesta un cuadro torcido, un vaso fuera de lugar, los cajones o armarios abiertos. Todos queremos habitar en un lugar en el que nos sintamos cómodos.


Mi casa está sobrecargada porque es pequeña y tiendo a acumular. Sin embargo procuro que no proyecte desidia. Cuando me mudé me hice el propósito de mantenerla diáfana y no convertirla en un bazar. Pero me gusta comprar, decorar las paredes, los recuerdos de viajes o personas. Aunque prefiera el minimalismo al barroquismo, la voy saturando involuntariamente. Los espacios asépticos me trasmiten paz, pero me encantan las señas de identidad. Vivo en esa dicotomía.

Mi biblioteca extiende sus tentáculos por todas las estancias. He tenido que ir instalando estanterías para darle cabida. Cada libro es como un hijo, siempre hay lugar para él. Lo mismo me sucede con las películas. Además acumulo pequeños electrodomésticos como cafeteras.

En mi casa no entra casi nadie, pero si me cambian algo de sitio me falta tiempo para volver a colocarlo como lo tenía. En ciertos ámbitos soy muy germánica. Al final acabo un poco presa de mis propias imposiciones, aunque es una forma de vida que me satisface.

Me desagradan los ruidos, los ambientes masificados o bulliciosos. Sobre todo recién levantada. Me encanta iniciar el día en contacto con la naturaleza. Mis pensamientos fluyen como el agua del río que acompaña mi recorrido. Detesto las prisas, funciono mejor sin presión.

Me trastorna que me cambien los planes. Las sorpresas están sobre valoradas. Me estresa que me propongan algo con poca antelación. Aunque voy trabajando la flexibilidad, me siento más relajada con una hoja de ruta.

Me molesta que alguien hable con la boca llena, que haga ruido al comer o al beber, que sorba los mocos. Lo considero más bien una cuestión de modales. La falta de higiene también me produce un rechazo total.

Me disgusta que una cerveza o un vino blanco que no estén fríos.  Y los prefiero en una copa de cristal. Valoro la estética. Heredé de mi madre, como ella lo hizo de mi abuela, el gusto por una buena presentación. Aunque me ha puesto el listón muy alto.

Para dormir soy delicadita, necesito silencio y oscuridad. Rara vez duermo en un medio de transporte. Me falta horizontalidad, me sobran ruidos, luces, personas.

En determinados casos padezco un poquito de TOC. No llego a los niveles de Jack Nicholson en “Mejor imposible”, sin embargo en algún aspecto puedo identificarme. Como cuando está intentando escribir y suena el timbre. Que te arrebaten la inspiración abruptamente sienta a cuerno quemado. Pierdes el hilo y la concentración.

Algunas manías de escritores famosos son míticas. El color de tinta, tipo de papel o formato de escritura, los horarios y rutinas. Isabel Allende empieza siempre sus novelas el 8 de Enero, encendiendo velas para atraer a los espíritus. Otros aspectos me parecen más extravagantes: escribir de pie como hacía Hemingway. Utilizar una prenda de ropa talismán, como Dumas. Al parecer, Galdós escribía con una capa.

A veces pasan a la categoría de excentricidad. Dicen que J. D. Salinger escribía en pelotas. Algo así he leído también de Victor Hugo. Más de uno le daba al drinking (Poe, Bukowski o Hemingway). Parece que Capote era bastante supersticioso. Cada maestrillo tiene su librillo, y el proceso creativo es muy personal.

Yo solo soy una aficionada, pero tengo manías confesables. Me gusta escribir en papel de una raya, con roller azul. La inspiración me asalta en los momentos más insospechados, así que procuro tener cerca papel o el móvil para anotar las ideas antes de que se esfumen como un sueño al despertar. En las primeras horas de la mañana soy más productiva. Además, el efecto estimulante de la cafeína es un aliado. No soy nada supersticiosa, pero sí fiel a determinadas técnicas.

En fin, todos tenemos nuestras taritas. Y mientras no le hagan daño a nadie ni nos amarguen la existencia, me parecen lícitas. Constituyen nuestro sello, que nos hace únicos e irrepetibles.

Otoño a destiempo

  A lo largo de mi vida he experimentado muchas veces la sensación de estar en otoño en pleno verano. Esta sensación tiene que ver con mis v...