Siempre me ha intrigado el universo paranormal. Sus cuentos y leyendas, las anécdotas que erizan la piel. Probablemente tiene que ver con que creo en el “Más allá”. Llegaron las primeras lluvias, las omnipresentes calabacitas. Octubre es el mes de los muertos y admiro profundamente la tradición mexicana. Hay algo entrañable en la creencia mágica de que la Víspera de Todos los Santos regresan a la vida. “A veces el mundo de los muertos se mezcla con el de los vivos”, afirmaba un personaje de Amenábar. Me atrae ese ámbito sobrenatural en el que las leyes de la lógica no son aplicables.
Don Juan Manuel de Solórzano era un noble español que llegó en 1623 al Virreinato de Nueva España (actual México) en la comitiva Marqués de Guadalcázar. Las crónicas lo describen como un hombre inteligente, caritativo y devoto, que acudía todas las semanas a misa al Convento de San Francisco.
Su historia es ideal para escucharla la Noche de Difuntos al calor de una chimenea. Se cuenta que como Fausto vendió su alma al diablo al descubrir que su joven y bellísima esposa doña Mariana de Laguna le era infiel. Por lo visto tenía muchos pretendientes, así que no la dejaba salir a la calle. Además, no lograba concebir un hijo.
Presa de los celos, don Juan Manuel firmó un satánico contrato con sangre en el que se comprometía a apuñalar al primero que pasara por su puerta al dar las once de la noche a cambio de la identidad del amante de su esposa. Los muertos se acumulaban, pero el diablo no se la revelaba. Así se convirtió en el primer asesino en serie de México. Se llevó por delante a más de veinte almas. Con tantos crímenes, los vecinos pensaban que la calle estaba embrujada. Una masacre al estilo del Whitechapel victoriano.
Dicen que éste Hamlet mexicano se aparece envuelto en una capa negra y pregunta al primer caballero que pasa: “¿Qué hora son?”. Si responde: “Las once de la noche”, el espíritu replica: “Dichoso quien sabe la hora de su muerte”.
La versión más oficial sostiene que don Juan Manuel fue arrestado por el Alcalde del Crimen Francisco Gómez de Pereira, presunto amante de su esposa. Estando prisionero descubrió el pastel y cuando fue liberado se lo cargó a sangre fría. Menos fantasmagórica, pero igual de truculenta.
Su vivienda, un palacio colonial convertido en hotel, se ubica en el Centro Histórico de la Ciudad de México. La calle se llamó Don Juan Manuel, y actualmente República de Uruguay. En un azulejo junto a la fachada se lee: “Casa de los condes de la Torre de Cossío. A esta sobria residencia barroca, edificada en 1791, la envuelve una de las leyendas más antiguas de la ciudad: la de don Juan Manuel, a quien se acusa de asesinar a quien pasara de noche por esta calle”.
Otro relato cuenta que habiéndose retirado al Convento de San Francisco trajo a su sobrino de España para que administrara sus propiedades. El apuesto efebo sedujo a Mariana y don Juan Manuel sufrió un brote de celos. Un día le avisaron de que su sobrino había sido apuñalado a las once en punto de la noche, entonces cayó en la cuenta de que lo había matado él. Atormentado por la culpa, confesó sus crímenes a un cura del Convento de San Francisco. Éste le indicó que fuera a la Playa Mayor (el Zócalo) y rezara un rosario tres noches seguidas para obtener el perdón. La segunda noche asistió a su propio entierro como el estudiante de Salamanca de Espronceda. Al día siguiente apareció colgado en la horca, una ejecución que se atribuyó a los ángeles (no sería el de la guarda).
Diferentes teorías apuntan a que fue víctima de ambiciones políticas. Funcionarios de la Audiencia, envidiosos de su amistad con el virrey, difundieron el rumor de que su esposa lo engañaba. Entonces don Juan Manuel invocó al diablo y le vendió su alma a cambio del nombre de su amante.
En cualquier caso, la historia rezuma morbo. Como la de la Dama Blanca de Sanlúcar de Barrameda, emparedada viva por su marido tras engañarlo con un criado. Según dicen se aparece las noches de luna llena en el torreón del Palacio de Arizón, hoy reconvertido en hotel. Si las paredes de los edificios antiguos hablaran...
Leyendas aparte, la presencia de don Juan Manuel y su esposa Mariana está constatada desde 1623. Sus desavenencias con la Audiencia a causa del manejo de la Real Hacienda incitaron a los oidores a quejarse ante Felipe IV. Que estaría tan tranquilo cazando en El Pardo o posando para Velázquez. El Alcalde lo apresó y según las malas lenguas durante su presidio aprovechaba para verse con doña Mariana.
En todas las narrativas hay un elemento común: los celos y el asesinato. La del fantasma es sin duda la más novelera y fascinante. México cuenta con múltiples leyendas de aparecidos, como la de la monja del Café Tacuba (como las camareras van vestidas de monja igual me sirvió la cena un espíritu), la Pascualita de Chihuahua (un maniquí de escaparate que dicen que es la hija de la dueña embalsamada, como Eva Perón), la Malinche (que se aparece en lugares como la Casa Colorada de Coyoacán), la Planchada del Antiguo Hospital Juárez (una enfermera anacrónica que cura a los enfermos) o la de la Casa de los Azulejos de la Ciudad de México (en la que se ha visto al fantasma del noble Andrés Suárez de Peredo, quien fue apuñalado). Además de la famosa Llorona, que clama por sus hijos.
Los cuentos, cuentos son. Pero si yo fuera un caballero no pasaría por la puerta de don Juan Manuel a las once de la noche.

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