A lo largo de mi vida he experimentado muchas veces la sensación de que estar en otoño en pleno verano. Esta sensación tiene que ver con mis viajes familiares estivales de infancia y juventud. Íbamos de camping a zonas de montaña, especialmente a los Pirineos y los Alpes. Mucho antes de que se pusiera de moda el turismo rural yo conocía el Valle de Ordesa, el Mont Blanc, la Selva Negra, Chamonix, el Valle de Arán o el Circo de Gavarnie.
Visité abadías y monasterios excavados en la roca, las primitivas pinturas al fresco de Tahull. El Valle de las 72 cascadas, que inspiró a Tolkien para crear Rivendel. El Castillo de Neuschwanstein, utilizado por Disney para “La Bella Durmiente”. Deslumbrantes glaciares como Mer de Glace. El Lago Leman, donde apuñalaron a Elizabeth de Baviera, emperatriz de Austria-Hungría. Muy cerca de Villa Diodati, en la que una noche tormentosa Mary Shelley ideó su Frankenstein. Pueblecitos medievales como Aínsa o Riquewihr, modelo de “La Bella y la Bestia”. La ciudadela medieval de Carcassonne. Annecy, la Venecia alpina. Grindelwald, Innsbruck, Interlaken. Cordilleras, cascadas, verdes praderas salpicadas de ríos y lagos. Cabañas de madera, iglesias con estilizados campanarios.
En esos parajes montañosos el clima es inestable, con gran oscilación térmica. De repente se nublaba y caía el diluvio. Cuando se ponía el sol las temperaturas descendían drásticamente. Había que llevar ropa de abrigo (y no existían prendas térmicas). Cuando el camping estaba cerca de un río, la humedad era brutal. Algunas noches llovía a mares. En una ocasión llegó mi tía con un edredón de plumón que había comprado en Dijon y nos vino como caído del cielo.
Recuerdo tomar un chocolate caliente en la cima de un puerto de montaña. Buscar en la maleta alguna prenda de abrigo porque el termómetro se había desplomado. Cenar una fondue de queso como la lava. Llegar a un precioso hotelito alpino cuando la lluvia impedía acampar, cuya calefacción te devolvía el alma al cuerpo. No es que prefiera el frío, pero en ese contexto tenía su encanto. Calzarse unas botas, la lluvia golpeando los cristales del coche. Una sudadera calentita. Huir de los 40º españoles constituía una escapada térmica deliciosa.
Visité ciudades históricas como Munich, Brujas, Salzburgo, Lucerna... en las que parecía de todo menos verano. También me vienen a la mente Burgos, Soria, Ávila o Valladolid, donde acecha la hipotermia. La Siberia comparadas con Andalucía. En Nueva York en Octubre he sentido un frío glacial. Y en Madrid ese airecillo gélido de la Sierra de Guadarrama.
Paradójicamente los otoños se han convertido en una prolongación del verano pero sin calores saharianos. Los días se van acortando y el dulce recuerdo de las vacaciones se aleja como las nubes tras el chaparrón. Cuando era niña, en Septiembre había que sacar “la rebequita”.
En los últimos años llegamos a Noviembre con casi treinta grados y días predominantemente soleados. El “veroño” al que ya estamos más que acostumbrados. Agradezco que el frío se retrase, porque el invierno se hace más largo que un día sin pan. El agua del mar está aún cálida, las casas no se han enfriado. Puedes disfrutar de un chiringuito de playa sin masificación.
En Granada refresca por la mañana temprano y al anochecer, pero el resto del día se está divinamente. La primavera y el otoño se van desdibujando. Apenas se usa la ropa de entretiempo. Llega la época de las castañas y no apetecen. Se aproxima el día de Todos los Santos y lo que era una noche con ambiente londinense es sólo un espejismo. Sin niebla, sin tormenta, sin ganas de chimenea. No hay hojas secas en el suelo. Te encuentras dulces de “Halloween” e incluso de Navidad en cualquier supermercado. Vas en manga corta mientras ves cómo instalan el alumbrado navideño y te explota el cerebro. Algo no encaja y hemos normalizado que así sea. Esa ansiedad por anticipar etapas con burda finalidad comercial.
En cualquier caso, lo disfruto mientras dure. Es un placer pasear sin frío ni calor. Alargar un poquito más el buen tiempo. Como dice Sabina, “que los otoños te doren la piel”.

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