martes, 13 de enero de 2026

La vida sin oropel


Ya pasó el torbellino navideño, dejando a su paso esa sensación de fugacidad y efervescencia de las burbujas del champán. A veces cuando deseas que un momento transcurra deprisa no reparas en que esa misma velocidad se imprimirá a sus facetas felices. Como cuando te quemas con el café  porque no has calibrado bien sus posibles riesgos. En cualquier caso tras the most beautiful time of the year queda un cóctel de desgaste, buenos recuerdos y días alterados.

El fin de fiesta (como la brillante novela de Carmen Rico Godoy) me suele producir una sensación ambivalente. Por una parte algo nostálgica. Me da pena quitar los adornos navideños y el fin de la iluminación callejera, aunque sé que su encanto radica en su componente efímero.

Sin embargo el retorno a la normalidad me trae paz. Soy organizada, tolero el bullicio pero en pequeñas dosis. El no haber abandonado del todo “la normalidad” hace que sea una rentrée menos abrupta. Este año no he tenido más de tres días libres seguidos, no es una auténtica “desconexión” como la de las vacaciones estivales.

Con el tiempo se añade un sentimiento cada vez más patente: la gratitud. El esfuerzo de algunos familiares, que ya van teniendo una edad, para organizar reuniones multitudinarias tiene un mérito monumental. Alojar visitantes, comprar, cocinar para un regimiento y recoger después los restos del naufragio. La figura del anfitrión está absolutamente infravalorada. Casi siempre es la entrega femenina la que permite la cohesión familiar (incido en esta realidad porque me parece fundamental). Al César lo que es del César.

Ha habido tradiciones inamovibles como reuniones en petit comité, una barbacoa campestre o algún tour albaicinero. Sobrinos durmiendo en mi casa (en mi cama, pequeños usurpadores), lo que me encanta aunque hagan alguna gamberrada. Un día en el que los invito a las atracciones navideñas y a tomar algo, que yo disfruto más que ellos. Y evidentemente, he sido reina maga con mayor o menor acierto.

Empezamos el año con nieve a pocos kilómetros de la ciudad y Sierra Nevada que parece Invernalia. Ya se sabe, Enero heladero. Y con liberaciones tiránicas falsamente altruistas. Por lo demás, con una resaca de agotamiento físico y emocional, alegría en el alma por los reencuentros y los brindis de corazón.

He recibido presentes orientales cual Sherezade (no me quejo, pero preferiría el don de contar historias). Entre ellos mi perfume favorito, algún pequeño electrodoméstico, unos calcetines para chicas lectoras (en la planta pone: “No molestar, estoy leyendo”), un libro que deseaba: “Érase una vez la taberna de Swan”, de Diane Setterfield. Y un regalazo inesperado que eleva a otro nivel mi pasión por el cine. Sin olvidar los infalibles autorregalos. Como me dice mi chico, me he (ha) convertido en una tecnócrata.

Los años te vuelven más escéptica, pero siempre me gusta echar un vistazo en las rebajas por si encuentro algo que valga la pena. Y quizás siento que a pesar de lo recibido me merezco algún capricho por haber sobrevivido a la Navidad. Excusas que se monta una para dar rienda suelta a su afición compradora y allanar un poco la cuesta de Enero. El otro día me encontré (o me encontró) un precioso librito sobre el antiguo Egipto que quise interpretar como la señal para no aplazar más ese viaje. Un excelente propósito de Año Nuevo.

 

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Caminos por los que deseo transitar


Más que recapitular o hacer balances, en este punto me apetece más recordarme esos aspectos en los que he logrado mejorar y aproximarme a mis objetivos. Que han sido inspiradores, hitos de un camino por el que deseo transitar. Por supuesto también ha habido errores, pecadillos de omisión y algún sentimiento negativo del que inmediatamente me arrepiento... Pero ni estoy ante un cura ni es ese el espíritu que pretendo imprimirle a esta reflexión.

No pienso sacar el látigo para fustigarme por lo que no hice bien, sino congratularme con las energías invertidas que dieron fruto para perpetuar esa dinámica. Prefiero centrarme en el estímulo positivo. Sin propósitos utópicos. Leer más, viajar más, pasar más tiempo con las personas a las que quiero... una declaración de intenciones bastante asequible.

Creo que de alguna forma he madurado. Que me conozco más a mí misma, que dispongo de más herramientas en mi mano. Hablo de autocontrol y disciplina. De marcar límites, de decir “no”, de ser lo más autónoma posible, de sentirme libre (dentro de las obligaciones a las que estoy sometida como cualquier mortal).

Creo en el Karma, y en que somos los arquitectos de nuestro destino. No tienes que buscar la validación ajena, sino la tuya propia. No siempre será un estanque de aguas serenas, pero que no te falten los estímulos e ilusiones. La sensación de que hay un lugar para tus aficiones, sueños por los que luchar, afectos que te endulzen la vida. Y sobretodo, la conciencia tranquila. Quisiera tener la memoria y capacidad de trabajo de mi padre, la templanza y sensatez de mi madre. No todo se hereda, pero el ejemplo queda.

Ya estoy divagando, como todos los que disfrutamos escribiendo. Hay dos ámbitos en los que me siento particularmente orgullosa. Me han exigido sacrificio y dedicación, pero los resultados los compensan. La sensación de alcanzar un objetivo es  reconfortante.

Uno de ellos es el físico. Aunque llevo décadas llevando una vida sana, me había descuidado un poco y necesitaba reconducir mis hábitos. Sigo por ese camino, contenta del trecho recorrido.

El otro aspecto es el intelectual. Siempre han sido aguas en las que fluyo con una naturalidad innata. Pero en los últimos tiempos he invertido más dedicación en escritos profesionales y personales. Artículos, ponencias, novelas, relatos, pequeños textos que expresan mis inquietudes. Y todos ellos han sido reparadores. Algunas situaciones han supuesto un reto con su consiguiente aprendizaje. 

Por eso además de la tópica salud (cuantos más años cumples más consciente eres su valor), no le pido mucho más al nuevo año. Mantener las tendencias iniciadas, que no es poco. Y seguir rodeándome de todo aquello que me aporte paz, buscando esas gotas de felicidad que dan sentido a la vida. 

domingo, 21 de diciembre de 2025

Aquellas Navidades

 

No siempre cualquier tiempo pasado fue mejor, pero reconozco que tengo idealizadas mis Navidades de infancia. Para mí fueron las más felices y auténticas. Cada año las evoco con una mirada nostálgica en un intento de revivirlas y dotarlas de sentido. Apenas había ausencias de las que se acumulan con el paso de los años. La experiencia te revela que era precisamente ahí donde radicaba su verdadera magia.

El haber tenido una niñez bonita contribuye a romantizar mis recuerdos. En cualquier caso, tengo claro que el secreto de una Navidad entrañable es una familia unida. Sin renegar de los excesos paganos, supongo que cualquiera prefiere presencias a banquetes o regalos.

Rememoro la felicidad y la gratitud de la humilde familia de Bob Chatchit en “Canción de Navidad”, en la que la brillante pluma de Dickens (inspirado por Washington Irving) popularizó las tradiciones victorianas que exaltaban valores altruistas y el ánimo de celebración. Empiezo por preguntarme qué cosa es, de todo cuanto había en el árbol de Navidad de nuestras Navidades infantiles, aquella de que mejor nos acordamos, y que nos sirvió para encaramarnos a la vida real, escribió en uno de sus cuentos navideños.

O esas “Mujercitas”, asumiendo estoicamente las penurias inherentes a los tiempos de guerra, donando su desayuno navideño a una familia de  inmigrantes. Historias en las que la bondad y los vínculos familiares se imponen al consumismo y los ágapes pantagruélicos. Como en la atemporal fábula “Qué bello es vivir”, en la que la vida (o el cielo) premia a las buenas personas.

También sátiras castizas que remueven conciencias como “Plácido” de Berlanga, tocándote la fibra con la falsa caridad de la iniciativa “Siente a un pobre a su mesa”.

Mis Navidades estaban marcadas por las vacaciones escolares. En un colegio de monjas, el Adviento constituía toda una liturgia. Montando el Belén, ensayando villancicos para la función navideña y donando alimentos no perecederos en la llamada “operación kilo”.

Las calles irradiaban Navidad. Menos iluminadas y decoradas que ahora, pero repletas de elementos festivos. Vendían abetos en la Plaza de Mariana Pineda, zambombas y panderetas bajo los soportales de la Calle Ganivet, e incluso pavos vivos en la Plaza de la Trinidad.

El día 1 de Diciembre, San Eloy, celebrábamos el santo de mi abuelo y mi abuela nos deleitaba con los primeros mantecados de la temporada. Escribía la carta a los Reyes Magos semanas antes. Siendo honesta y comedida, porque había muchos niños en el mundo y la avaricia rompe el saco. Papá Noel no existía en el imaginario colectivo ni formaba parte de nuestra Navidad. Únicamente recibíamos regalos el día de Reyes, ajenos al tsunami de compras compulsivas que nos arrastra desde hace décadas.

El pistoletazo de salida era la llegada de mis primos de Madrid, para nosotros lo mejor de la Navidad. Tras la cena de Nochebuena íbamos a la Misa del Gallo sin rechistar, pues salir a esas horas constituía una licencia excepcional. Después cantábamos villancicos y comíamos turrón hasta que nos vencía el sueño.

Aunque suene a tópico, compartir esos momentos con tus seres queridos es lo que los hace especiales. Y constato cada año que las mujeres siguen siendo el alma de las reuniones y preparativos. Las reinas magas que decoran, compran, cocinan... haciendo posible el milagro navideño.

No diré que la Navidad ha perdido su esencia, porque cada cual la vive a su manera. Pero pienso en la que vivieron mis padres y mis abuelos de niños, más austeras y acordes con la tradición cristiana que las origina. Entorno a la chimenea o el brasero, en la intimidad del hogar. Con zambombas y botellas de anís, alegría e ilusión a raudales. Y me gustaría rescatar esa cita de Manuel Alcántara: Corrían muy malos tiempos, pero vistos a distancia quizás fueran los más nuestros

lunes, 1 de diciembre de 2025

Tempus fugit

 

Aunque en aspectos culturales fuera el Siglo de Oro, durante el siglo XVII España experimentó una profunda crisis. Sufrió epidemias, hambrunas y una decadencia generalizada. Pero como de toda adversidad se puede extraer un aprendizaje, los españoles de entonces aprendieron a valorar más la vida.

El concepto de Tempus fugit (el tiempo se escapa) que promulgaba el poeta Virgilio cobró vigencia. Advertía sobre la fugacidad de la vida con el mensaje “aprovecha el presente, porque el futuro es incierto”.

Por eso en la antigüedad clásica se representaba con una figura alada, el Chronos griego o el Saturno romano. En la iconografía medieval, con la muerte portando la guadaña, una analogía acorde con la peste que asoló Europa. Y posteriormente, con un reloj de arena con alas.

Las alegorías barrocas recordaban la naturaleza efímera del tiempo. Los géneros pictóricos “Memento Mori” (recuerda que morirás) y “Vanitas” expresaban lo inexorable de la muerte y la futilidad de los bienes terrenales. Como muestran “In ictu oculi” (en un abrir y cerrar de ojos) de Valdés Leal o “El sueño del caballero” de Pereda.

Aunque ahora las circunstancias sean distintas, son verdades universales. A medida que vas cumpliendo años, el tiempo pasa más rápido. Es tan perverso que se acelera cuando gozas y se ralentiza cuando sufres. Aprendes que es relativo y finito, que día que se va no vuelve. Entonces procuras hacer buen uso de él, que los momentos dulces compensen los amargos. Disfrutar del presente sin que el pasado sea un lastre ni el futuro una espada de Damocles.

Las expectativas van cambiando. Dejas de idealizar lo que puedes conseguir, consciente de que pocas posesiones superan el placer del tiempo libre.

Como escribió Manuel Vicent, “el tiempo sólo son las cosas que te pasan”. Durante la juventud parecía trascurrir más lento porque cada día estaba lleno de sensaciones nuevas. “La monotonía hace que los días resbalen sobre la vida a una velocidad increíble sin dejar huella”. La única fórmula para contrarrestarla son los cambios, sueños, deseos... que tiñen los días de colores bonitos. Lo excepcional, lo que escapa del yugo de la rutina, es lo te hace sentir vivo. Somos prisioneros del tiempo, como decía Fernando Fernán Gómez en la película “El abuelo”.

Ojalá la regla de los tres ochos (ocho horas de trabajo, ocho de sueño y ocho de descanso) no fuera una utopía. Me indigna la gente que no valora su tiempo, y aún más la que no valora el mío. Es un bien escaso, si te descuidas se escurre como agua entre los dedos.   

Reconforta entregarte sin remordimiento al dolce far niente de vez en cuando. No creo que sea perder el tiempo, sino paladearlo. Es lícito y necesario reiniciarse. Pero aburrirse no forma parte de mi vocabulario, pues me faltan horas del día para hacer todo lo que me gustaría y no permito que me las roben sin ofrecer a cambio algo que valga la pena.

Como antídoto contra las obligaciones de las que somos rehenes, intento ser selectiva e invertir la cuota de tiempo que me pertenece en lo que me hace feliz. En ocasiones se revaloriza, convirtiéndose en un balón de oxígeno que te permite desconectar de lo que te desgasta para refugiarte en ese lugar cálido en el que recuperas la sonrisa. Espero que cuando arranque la última hoja del cuaderno pueda decir que llené sus páginas con alegrías, ilusiones y momentos memorables.

viernes, 21 de noviembre de 2025

Éxito


Viendo la magnífica serie “Yakarta” reflexionaba yo sobre el éxito y el fracaso. Hasta qué punto las decisiones personales y las circunstancias afectan nuestra trayectoria. Y los peajes que se pagan consciente o inconscientemente. Todo ello aderezado por el factor suerte.

Siempre he detestado las etiquetas de “triunfador” y “perdedor”. Las considero simplistas, con un sustrato esencialmente económico. Conceptos heredados de culturas más competitivas que más que alentarnos a alcanzar metas, nos deslumbran como el becerro de oro a los israelitas.

Por supuesto que valoro la “cultura del esfuerzo”, aunque a veces la línea que la separa de la ambición es muy fina. El mundo en el que vivimos tiende a arrastrarnos a una insatisfacción en la que siempre queremos más.

No comparto las pautas socialmente impuestas sobre la realización personal. Triunfar en la vida no debería medirse en términos materiales. El valor de una persona lo determinan más sus acciones que sus logros. Y si el éxito no va de la mano de la felicidad, de poco sirve.

El triunfo me parece tan polifacético como subjetivo. Mientras que para unos puede ser haber creado una familia, para otros es dedicarse a lo que les apasiona (y no son incompatibles). O gozar de tiempo libre, un bien escaso que condiciona la calidad de vida. O no renunciar a sus sueños (que no tienen por qué ser los de la mayoría)... Además, se puede tener una faceta profesional brillante pero una personal deficiente y viceversa.

Definir el éxito es limitarlo. Como decía Einstein, no se puede juzgar a un pez por su habilidad para subir a un árbol. Todos tenemos aptitudes e ineptitudes. La satisfacción personal se puede alcanzar por múltiples caminos.

Creo que es una obligación moral explotar los talentos que poseemos, pero sin sucumbir en el intento. No hay rosa sin espinas, un gran don conlleva una gran responsabilidad. No defiendo la mediocridad, sino el equilibrio entre obligaciones y aficiones. Una escala de valores basada en lo que a cada uno le compensa.


Lo ideal según los japoneses es encontrar el “Ikigai” : ese compendio perfecto entre lo que te apasiona, lo que se te da bien, lo que es útil y lo que te renta. Quizás algo utópico, pero sin duda tentador.

En cualquier caso puedes disfrutar de lo que haces, hallar la felicidad en las pequeñas cosas, no depender de la validación ajena, perseguir tus ilusiones sin aspiraciones quijotescas, priorizando siempre la paz mental. Diría que esa es la auténtica inteligencia emocional, y solo fracasa el que no lo intenta.

viernes, 14 de noviembre de 2025

Cuando el cielo se oscurece


En general prefiero el buen tiempo, pues los días grises me roban energía. No podría vivir en un país de esos en los que llueve un día sí y otro también. Sin embargo, en pequeñas dosis y en determinados escenarios, le encuentro su encanto a la lluvia.

Cuando era una niña me hacía feliz que amaneciera lloviendo para calzarme mis botas de agua, la única excepción que las monjas permitían con respecto al uniforme.

Más adelante los días lluviosos me trasmitían una incómoda melancolía. Pero en los últimos años mi relación con la lluvia ha cambiado. Supongo que tiene que ver con la circunstancia de que donde vivo es cada vez más excepcional.

Si no tengo obligación de salir de casa, disfruto mucho que llueva. Adoro el ruido de las gotas impactando contra los cristales. Ver una película por la noche cubierta con la mantita mientras llueve es una gozada. Y si estoy en la cama, mucho más. Me resulta tan sedante que tengo un pequeño artefacto electrónico que emite sonidos naturales y es un eficaz somnífero. Junto con las olas del mar, el de la lluvia es mi favorito.

Leer o escribir cuando fuera está cayendo el diluvio universal me parece una delicia. La lluvia fertiliza mi mente, es el aliado más inspirador para actividades intelectuales.

Rememoro aquello de “Que llueva, que llueva, la Virgen de la cueva...”. El cuento de Gabo “Isabel viendo llover en Macondo”: “En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos”. O “El año del diluvio” de Eduardo Mendoza (merecido premio Princesa de Asturias), y su adaptación cinematográfica protagonizada por Darío Grandinetti y Fanny Ardant. También “Día de lluvia en Nueva York”, aunque no la catalogo entre las mejores películas de Woody Allen. Me quedo con “También la lluvia” de Icíar Bollaín y “El mismo amor, la misma lluvia”, de Juan José Campanella. Además de su espléndida serie “Vientos de agua”. ¿Qué mejor plan para un día lluvioso que una sesión casera de cine con palomitas? La lluvia nos ha regalado escenas inolvidables, como la búsqueda del gato en “Desayuno con diamantes” entre otras muchas.

En la Cornisa Cantábrica forma parte de su atractivo, al igual que en ambientes de montaña. El agua deslizándose por las ramas de los árboles, el olor a tierra mojada y esa frescura que se instala tras la lluvia, que parece que limpia el mundo, es un espectáculo sensorial. No he visto un verde tan verde como el de la campiña inglesa después de llover.

En lugares como Medina Sidonia (Cádiz) o Santiago de Compostela, un aguacero inesperado me empapó en cuestión de segundos cual monzón asiático. En algún pueblecito de la Alpujarra he visto sus cuestas convertidas en ríos. Recuerdo cómo en México el cielo se nublaba cada día a la misma hora en la temporada de lluvias y caía un chaparrón bíblico. Afortunadamente me pillaba trabajando o en mi apartamento.

El veneno está en la dosis, y ya sabemos que cuando llueve en exceso puede ser letal. Ahora las borrascas (y huracanes) se bautizan con nombre de mujer, como si las de mi género fuéramos la peste negra. La que ahora nos visita, “Claudia”, de momento es moderada. Sé que cuando tenga que salir sentiré envidia de los que se quedan en casita, pero en algún momento me tocará disfrutar de ese privilegio. Y un tropel de imágenes sugerentes acuden a mi mente.

jueves, 6 de noviembre de 2025

Remedios para el alma


Como decía Borges, leer es una forma de felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz. Es un placer que te atrapa cuando tienes la suerte de sucumbir a sus encantos, creándote una maravillosa adicción que hace tu vida más bonita. No pretendo convencer a nadie, ni de esto ni de nada... Cada cual que busque sus aficiones y las disfrute.

Cuando escuché en la película “Martín Hache” (genial Aristaráin) eso de que “el que no lee es un tarado” porque se pierde mundos maravillosos compartí su argumento aunque jamás lo expresaría de esa forma.

Recientemente una influencer suscitó una polémica mediática por decir que leer no te hace mejor persona. Evidentemente que no, pero sí te aporta infinidad de beneficios. Con esa desafortunada apología se metió ella solita en un jardín. Inmediatamente la tacharon de inculta, frívola y otras lindezas generalmente adjudicadas a quienes se ganan el pan con las redes sociales. No soy partidaria de linchar a nadie, pero creo que cuando estás en la palestra pública debes medir tus palabras.

Coincido con Pérez-Reverte cuando sostiene (como Pereira) que los libros te dan una mirada, una perspectiva sobre el mundo que te rodea. Que son un refugio, un mecanismo de supervivencia. Para mí lo han sido en muchas ocasiones. El faro de mis tormentas, parafraseando a Virginia Woolf. Una herramienta para soñar, un billete para viajar. Puertas y ventanas, amigos leales, balones de oxígeno, analgésicos para el dolor, antídotos contra el desconsuelo. Remedios para el alma, como los consideraban los antiguos egipcios. Infalibles compañeros cuando la vida no es de color de rosa. Un lugar confortable al que siempre puedes acudir.


Decir que te enseñan es una obviedad. Más allá de eso, algunos dejan huellas profundas, trasmutándose en talismanes. Son referencias inevitables en lugares remotos que crees conocer porque un día estuviste en ellos a través de las páginas de un libro. Hojas de ruta cuando viajas. Estando lejos siempre tuve a la mano una historia que me acompañó en un autobús, en un aeropuerto, en un bar al que acudí sola o en una casa que no era la mía.

El espacio físico se multiplica para albergarlos. No importa cuántos tengas, nunca te parecerán demasiados. Tu biblioteca es tu patrimonio. En cualquier librería te sientes como pez en el agua. Un día deseas releer los libros que leíste hace tiempo y lo haces con otra mirada, encontrando nuevos hallazgos. Tu Olimpo de autores queridos se consagra y amplía con el paso de los años. Anotas aquellos en los que anhelas sumergirte. Como quien tiene un tesoro oculto, te sientes afortunada sabiendo que ese portentoso recurso te acompañará de por vida.

La monja fraile

Hay noticias que siembran la intriga, incitándote a profundizar en ellas. Y una que es observadora, curiosa, narradora aficionada e historia...