martes, 17 de junio de 2025

Junio

Cuando llega el mes de Junio evoco invariablemente ciertos recuerdos y sensaciones. Será porque el verano ya se percibe en el aire, con todo lo que implica. Acuden a mi memoria los nervios y expectativas del fin de curso. Las anheladas vacaciones que me regalaban una suculenta recompensa: tiempo libre. Hace mucho que no son tres meses, pero esa perspectiva me sigue entusiasmando.

Durante mi infancia el gran acontecimiento era inauguración de la piscina comunitaria, un oasis en el que refugiarse de la canícula estival, fuente de infinitos placeres. 

Año tras año se repetían una serie de acontecimientos rituales, como rescatar la ropa veraniega y comprar unas sandalias nuevas porque las del verano anterior me quedaban pequeñas.

Más adelante la responsabilidad académica se agudizaba, con el incentivo de disfrutar de un verano libre de estudios. Las ganas locas de ir a la playa, la organización de algún viaje y la estancia en mi paraíso particular se perfilaban como un tentador reclamo que teñía esos días cálidos y luminosos.

En Junio Granada se engalana con las fiestas del Corpus Christi. Su feria me recuerda el sabor de las manzanas caramelizadas y el algodón dulce, aunque hace tiempo que me decanto por el rebujito. Con motivo de la procesión de la custodia de la catedral las calles se cubren con toldos para burlar al sol, el suelo se alfombra de aromáticas hojas de manzanilla y se instalan pequeños altares. La gente arroja pétalos de flores a su paso desde los balcones, un espectáculo precioso. Solo me la pierdo si me escapo aprovechando mis cinco maravillosos días libres, un aperitivo de lo que se aproxima.

Por eso los primeros calores vienen acompañados de promesas e ilusiones. Junio es sólo el comienzo de los momentos más deliciosos del año.

miércoles, 21 de mayo de 2025

No complain, no explain


Al parecer la icónica reina de Inglaterra seguía una consigna que por ende se extendía a toda la monarquía británica (o “The firm”, enfatizando su vocación empresarial): No complain, no explain. Es decir, no quejarse ni dar explicaciones.

Cuando surge una polémica (y las han tenido de todos los colores, algunas a pique de dinamitar la institución), cuando se les pregunta por cualquier asunto (sea escabroso o no), cuando cumplen con una obligación intrínseca al cargo que desempeñan, el protocolo dicta no mostrar desagrado ni justificarse de ninguna forma. Será por aquello de “el que se excusa se acusa”. O porque les debe parecer de mal gusto expresar malestar cuando siguen ahí a pesar de las controversias, simbolizando el imperialismo y la tradición que son su seña de identidad desde tiempos inmemoriales.

El caso es que siempre me ha parecido un comportamiento profundamente británico, que revela esa flema que los define. Parecer impasible, no exteriorizar emociones.

Tratándose de los Windsor, que hasta tuvieron que buscarse un nombre nuevo ante el desprestigio alemán tras la segunda guerra mundial (Mountbatten sonaba demasiado germánico), desde el que prefirió el amor a la corona, pasando por el trágico fallecimiento de la “Princesa del pueblo” hasta las impúdicas conversaciones telefónicas en torno a un objeto de higiene femenina y el “Megxit”, una entiende que con semejante panorama la actitud más prudente sea callar y no meterse en más jardines de los necesarios.

Pues lo que en su día consideré una conducta fría, más británica que el té de las cinco, lejos de la humanidad que debería manifestar la monarquía en los tiempos que corren (cada vez caminan más al borde del abismo), ahora no me parece una actitud tan censurable. No porque sean conscientes de su precariedad, sino porque es la mejor forma de blindarse y protegerse.

De hecho, considero que no es mala idea aplicarse ese lema. Alguna vez he tenido esa sensación de “qué buena ocasión de callarme he perdido”. Y es especialmente aplicable a aquellos que se encuentran en la palestra pública. Por la boca muere el pez, y las palabras no se las lleva el viento. A menudo el arte de la prudencia, virtud propia de sabios como señalaba Baltasar Gracián, brilla por su ausencia. Se nos olvida que valemos más por lo que callamos que por lo que decimos.

La queja en pequeñas dosis se puede tolerar, todos tenemos derecho a desahogarnos, pero nadie soporta a los que hacen de ella una forma de vida. Por lo tanto No complain, no explain bien podría haber sido una de las más acertadas meditaciones del emperador Marco Aurelio. Medir las consecuencias de nuestras acciones nos evitará innumerables quebraderos de cabeza. Y Lilibet lo sabía de buena tinta. 



jueves, 15 de mayo de 2025

Éramos felices y no lo sabíamos


Cuando echas la vista atrás reparas en la cantidad de veces en las que tocaste el cielo con los dedos y no fuiste consciente. La vida juega malas pasadas que te arrebatan la venda de los ojos, demostrándote que lo que dabas por sentado puede tambalearse en cualquier momento.

No creo que la felicidad esté sobrevalorada, sino que a veces nuestras expectativas son poco realistas y se ven defraudadas. Pero peor sería vivir sin ilusiones por temor a la decepción.

Es uno de esos conceptos etéreos que el tiempo te revela más tangible de lo que creías a pesar de su componente efímero. Sería absurdo pretender ser constantemente feliz. Para apreciar la luz hay que conocer la oscuridad.

Vas aprendiendo que más que ser un objetivo abstracto, hay que trabajársela cada día. Que no depende tanto de la suerte o las circunstancias como de tu actitud, aunque no siempre consigas que sea la adecuada. La experiencia te enseña que lo más importante no es lo que te sucede, sino cómo reaccionas ante ello. La certeza de su subjetividad resulta reconfortante aunque sea un arma de doble filo, pues la responsabilidad recae básicamente sobre ti. Depositarla en manos ajenas es demasiado arriesgado. Otra cosa es compartirla, pero para eso hay que tenerla. Y confiar hasta en la bondad de los desconocidos, como Blanche Dubois de “Un tranvía llamado deseo”.

En opinión del psiquiatra Enrique Rojas, a partir de cierta edad la felicidad es salud y paz mental. Afortunadamente no me falta lo primero, aunque va cobrando una importancia que antes no tenía. Con los años priorizas ese equilibrio emocional y sabes perfectamente lo que te lo proporciona y lo que te lo arrebata. Esa me parece una de las grandes conquistas de la madurez.

Dicen que el diablo está en los detalles. Juraría que la felicidad también. Para mí tiene mucho que ver con la libertad, con ser dueña de tu tiempo. La juventud será un divino tesoro, pero el tiempo también lo es. Un mal día se puede enderezar si te procuras la tranquilidad que requiere tu espíritu. Esos ratitos en los que disfrutas de la placidez doméstica y los que compartes con los afectos correspondidos, los lugares metafóricos o físicos en los que te sientes en casa, se convierten en mecanismos de supervivencia. Placeres asequibles, analgésicos para el alma.

Agradecer lo que tienes, no pedirle demasiado a la vida. Rodearte de esas personas y momentos que te hacen el camino más llevadero. Un poquito (o un muchito) de auto indulgencia, de quererte y valorarte. Y por supuesto, la esperanza de que algunos de tus deseos se materializarán, pues (no lo dudes) está en tus manos que así sea.

miércoles, 7 de mayo de 2025

Del profundo mar en calma

Ya sea el mar de Homero y Ulises, el querido Mare nostrum (“será porque mi niñez, sigue jugando en tu playa...”) por el que transitaron tantas civilizaciones que constituyen el sustrato cultural nuestra historia o la inmensidad del Atlántico que baña las costas de Andalucía Occidental y nos conecta con el continente americano (prefiero pensar que nos une a que nos separa), siempre me ha parecido un tesoro de esos que la vida te otorga sin esperar nada a cambio.

Sería un privilegio tenerlo más cerca, aunque me las suelo apañar  para disfrutarlo. Sobre todo la costa granadina y la gaditana, que son las que más frecuento. No es “el mismo mar de todos los veranos”, pues muta como el agua de los ríos. Sin embargo me devuelve sensaciones dulces como el almíbar.

Anhelo impaciente la primera escapada playera del año, que se produjo recientemente. Representa el pistoletazo de salida de la temporada, uno de los más valiosos regalos que trae la primavera. Me resetea, posee un componente terapéutico que me inyecta bienestar. Debería imponerse por prescripción médica. Apuesto mi biblioteca a que a la mayoría nos alegra el alma como un rayito de sol.

Me atraen las historias de piratas, los naufragios y mapas del tesoro, las aventuras náuticas. Conrad, Stevenson, Melville y otros tantos. Profeso particular devoción a “Los barcos se pierden en tierra”, esa compilación de artículos revertianos en los que plasmó su pasión marítima.

Entre mis antepasados se cuentan un buen número de marinos, como Manuel Montes de Oca o Pascual Cervera. Quizás las leyes de la genética tengan algo que ver, aunque nos separen varias generaciones.

La mera contemplación del mar me resulta hipnótica y sedante. En mi ranking particular pocos momentos se pueden equiparar a esa hora mágica en la que el astro rey tiñe su superficie de reflejos dorados. Nunca he visto atardeceres como los gaditanos, en los que se va escondiendo tras el horizonte dejando una estela anaranjada.

Hace años empecé una novela con el mar como protagonista, pero la he interrumpido tantas veces que no sé si llegaré a acabarla algún día. Como decía Almudena Grandes, cuando te bloquees abandona esa historia y dedícate a otra. Y le hice caso. Tiempo atrás publiqué un relato corto titulado “Los secretos del mar”.

Me resulta inspirador, el summum de la desconexión. Es el lugar al que siempre deseo volver, pues la energía que me aporta no tiene rival.

Así que mi mente ya está fantaseando con la siguiente dosis, deseando que esa adicción jamás se extinga. 

lunes, 28 de abril de 2025

Primavera en Sevilla

Cuando pienso en Sevilla, la recuerdo en primavera. Será porque casi siempre he ido en esa estación del año. Es cuando florece, ofreciendo todo su esplendor. Cualquiera que se haya aventurado a visitarla en los meses estivales sabe que la canícula es lo más parecido a los Círculos del Infierno de Dante. Una vez tuve esa desafortunada idea y aprendí la lección.

El otro día Arturo Pérez-Reverte me trajo a la memoria esa hermosa cita de Antonio Burgos:

- ¿No hueles los jazmines?

- ¿Cuáles, si no hay jazmines?

- Los que estaban aquí antiguamente.

E inevitablemente sus “Habaneras de Sevilla”, que Carlos Cano cantó como nadie. La historia de Sevilla es dilatada como pocas. Siento debilidad por su Edad de Oro, cuando fue capital del comercio indiano y del mundo occidental. Por eso el triste relato de “la novia del embarcado que nunca la siesta dormía, sola en los corredores”, esperando  el regreso de su amor que “a Cuba se fue” me hace revivir esa época.


Sevilla es un patio andaluz cubierto de azulejos, repleto de flores, amenizado por el murmullo del agua de una una fuente. Callejuelas encaladas con olor a azahar, patios de naranjos. El Barrio de Santa Cruz, antigua judería, en el que el tiempo parece detenido. Su Hostería del Laurel, donde se alojó Zorrilla mientras escribía “Don Juan Tenorio”.

Es una ciudad coqueta y receptiva, cuna de artistas  como Velázquez. Con tabernas centenarias como “Bodegas Góngora” o “El Rinconcillo” (1670). Sin olvidar “El Garlochí”, una capilla barroca en la que la bebida estrella es la “Sangre de Cristo”. Ni el delicioso vino de naranja que sirven en las inmediaciones de la catedral. “Construyamos una catedral que el mundo nos tenga por locos”, proclamaron con chulería hispalense.

El carácter fiestero y exhibicionista de los sevillanos, hedonista incluso, tiene algo que ver con su fervor durante la Semana Santa. Del que pasan en un suspiro a la espléndida Feria de Abril, en la que lucen sus mejores galas y el rebujito corre como si no hubiera un mañana.

Imposible olvidar la “Librería Beta”, situada en el antiguo Teatro Álvarez Quintero. Lugares míticos como el Palacio de Dueñas, los Reales Alcázares, la Plaza de España o el florido Parque de María Luisa. La Calle Sierpes, en la que es un pecado no visitar la Confitería La Campana.

Espacios que frecuenté como el Archivo de Indias (antigua lonja de mercaderes), el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico y la Escuela de Estudios Hispanoamericanos. La ficticia Iglesia de Nuestra Señora de las Lágrimas, “que mata para defenderse” y me parece tan real como Macondo.

Una ciudad tan fascinante que no me pude resistir a ambientar en ella parte de mi novela “La luz de sus ojos”.

Y cuando vuelva a Sevilla en primavera, volveré a mis veinte años, recorriendo sus callejas… Y volveré, al olor de los naranjos, a vivir un Jueves Santo y una mañana de feria… Me embriagaré, de jazmines y azahares, y de tinto de Morales, manzanilla sanluqueña… 

miércoles, 23 de abril de 2025

La buena costumbre

Estaba yo rumiando una frase que leí recientemente que venía a decir algo así como “no infravalores los pequeños cambios, son el inicio de los grandes cambios”. Y la encuentro revestida de verdad. No como una sentencia dogmática, sino como una de esas reflexiones que destilan sensatez y todos hemos podido constatar en algún momento.

Resulta estimulante trazarse metas ambiciosas, aún a riesgo de no cumplir las expectativas con su consiguiente decepción. Pero el mero hecho de intentarlo ya es más que quedarse de brazos cruzados. Si quieres que algo cambie, no puedes seguir haciendo lo mismo.

Tópicos tan repletos de sabiduría como los dichos de Oscar Wilde. Sin duda hay que enmarcarlos en su contexto, entender ese toque de exageración y excentricidad que constituye su seña de identidad. Tan única que hasta se le permite la arrogancia de afirmar que lo mejor que tenía Inglaterra era el té, el whisky y él mismo. Con el matiz de que el té procedía de China, el whisky de Escocia y él de Irlanda.

No nos engañemos, los cambios demandan una fuerza de voluntad que no se prodiga. Es más fácil atrincherarse en la zona de confort, a nadie le gusta verse expuesto a la angustia o la incertidumbre. Se está demasiado bien controlando las coordenadas, nadando en aguas tranquilas.

Pero cuando tomas decisiones que prometen beneficios aunque sea a largo plazo, adviertes que merecen la pena. Te ayudan a crecer como ser humano, te reportan una satisfacción proporcional al esfuerzo que implican.

No solo me refiero a ser productivo y llevar una vida sana, sino más bien a una cuestión de actitud. A agradecer en lugar de quejarte, a aceptar planes que te dan pereza pero que sabes que te generarán bienestar. A los detalles en los que muestras humanidad y consigues, aunque sea durante un segundo, hacer feliz a alguien que te importa.

Yo soy la primera que a menudo elijo la opción fácil, que rechazo todo lo que me produce desasosiego y trastorno. Sin embargo he constatado que actitudes aparentemente insignificantes son granitos de arena que con la conveniente constancia  forman montañas. Y llega un punto en el que lo que se te antojaba escarpado se va transformando en una plácida llanura.

Creo en las carreras de fondo, en el poder de los pequeños gestos. De hecho me confieso adicta a ciertas rutinas que lejos de esclavizarme, me liberan. Pues más que las grandes hazañas, son los hábitos cotidianos son los que definen tu trayectoria. 





lunes, 14 de abril de 2025

Aquella Semana Santa


Las circunstancias que los envuelven propician que determinados acontecimientos queden impresos en nuestra caprichosa memoria.

Me declaro adicta los efluvios de flores e incienso que desprenden las calles granadinas durante la semana más fervorosa del año, a ese “cantar del pueblo andaluz que todas las primaveras anda poniendo escaleras para subir a la cruz”. Pero cuando el dios de la lluvia tiene a bien concedernos una tregua, suelo aprovechar mis cuatro días libres para pasarlos junto al mar que me alegra el alma.

Aquel año sin embargo todo fue diferente. Estaba recién aterrizada en México lindo con el ilusionante cometido de elaborar un catálogo de pintura colonial. Aún estaba integrándome en mi centro de trabajo, cuando me encontré con dos semanas de vacaciones.

Una querida amiga con la que solo había mantenido contacto escrito a través de un blog literario tuvo el detallazo de invitarme a pasar varios días en su casa, en la “Ciudad de las Rosas” (Guadalajara). Me acogió con una calidez que siempre agradeceré. Incluyendo comité de bienvenida, flores y una comida típica amenizada por mariachis. Pasé unos días inolvidables en los que ella y su familia se volcaron conmigo, demostrándome que la proverbial hospitalidad mexicana no es un mito.

La semana siguiente me aventuré a conocer Morelia, capital del estado de Michoacán en el que llevaría a cabo mi estancia posdoctoral. Disfruté de sus patios coloniales, de su imponente catedral, iglesias, conventos, museos... Con una cámara de fotos y un cuaderno en el que anotaba mis impresiones. Con más espíritu de viajera que de turista. Echando en falta algo de compañía en determinados momentos, pero sintiéndome como en casa a pesar de los más de 9.000 kilómetros que me separaban de mi país. No sólo por las raíces culturales comunes, sino por una amabilidad que no se prodiga en la vieja Europa.

También tuve ocasión de visitar el lago de Camécuaro, un paradisiaco ecosistema a pocos kilómetros del que sería mi lugar de residencia.


Por eso, muchas Semanas Santas se mezclan en mi memoria o cayeron en el olvido. Sin embargo esa (junto con otra que dejó una huella indeleble por motivos diametralmente opuestos) la recordaré siempre, con el corazón sonriente.

P.d. Descansa en paz, Mario Vargas Llosa. Nos queda tu legado inmortal.

La monja fraile

Hay noticias que siembran la intriga, incitándote a profundizar en ellas. Y una que es observadora, curiosa, narradora aficionada e historia...